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Cáritas es un ejemplo excepcional de solidaridad activa. Tuve muchas ocasiones -las más excepcionales de mi vida pública-de unir mi voz a la del Santo Padre para defender la vida desde el momento de la concepción, repudiar el aborto y la manipulación genética, y defender la honra y el futuro de bebés, niños y mujeres grávidas. Soy muy consciente -acaso por haber sido criado en una de las más pobres provincias del país-de que la Iglesia está allí donde la gente humilde la precisa, con la mano tendida para dar.
Es muy cierto que deben condenarse las acciones criminales que cometan laicos y sacerdotes, y en este último caso con más fuerza moral por estar ungidos de una representación vicarial. Pero no es menos cierto que el modo en que se han montado escándalos sobre hechos no probados -en la Argentina y en el mundo-pone en duda la veracidad de los mismos. El propio papa Juan Pablo y nuestro cardenal Estanislao Karlic han clamado por lo que, entienden, es un montado espectáculo que tiende al desprestigio, el cínico escarmiento y la degradación de la imagen.
No me parece casual que el Estado argentino -que está constitucionalmente obligado a sostener el culto católicohaya enmudecido ante hechos tan aberrantes. Quien sostiene un culto debe hacerlo con convicción y defenderlo en todo trance, so pena de complicarse con sus detractores. Podría ser extraño que la Secretaría de Culto fuera, con su silencio, un activo cómplice del demérito eclesiástico en campaña. Pero otras fueron las épocas de quienes honraban esa alta dependencia del Estado con su probidad y juicio intachable. El mensaje parece indicar que si un sacerdote da de comer dignamente a más de seis mil niños, puede terminar preso por delito no probado. Esa causa atravesó ya a un juez y a un fiscal, y sigue el repugnante curso mediático que todos vemos. El sacerdote está preso y su dignidad está licuada.
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