En rigor, la renuncia de ayer del juez Juan José Galeano debió producirse mucho antes: el 25 de julio de 1994 cuando, en Olivos, luego de regresar de Venezuela, anticipó que "se van a caer de espaldas cuando se enteren quiénes hicieron el atentado a la AMIA". Por supuesto, él era la cabeza de la investigación y se entrevistaba con Carlos Menem para anunciarle sus éxitos presuntos, producto de una entrevista con un testigo protegido de origen musulmán que obviamente le habían promovido servicios de inteligencia de otro país. Demasiada facilidad en el magistrado para creer y cierta ingenuidad para suponer que podía ser protagonista en el complejo mundo del espionaje internacional. Al poco tiempo advirtió su fiasco público, no dimitió y, por el contrario, habría de persistir en una tarea de pesquisa voluntarista y casi amateur frente a una actividad profesional en la que participan y guerrean grandes potencias. Allí mismo inició su propio derrumbe, el que selló con desvíos procesales y administrativos en la investigación de la "conexión local", capítulo en el que encontró responsables y en alguna medida no supo inculpar. Nada más previsible.
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