29 de septiembre 2022 - 00:00

Lado B: no soy de aquí, ni soy de allá

Está comprobado que la mayoría de las personas somos o descendemos de alguna familia migrante. En mi caso, mis abuelos llegaron a la Argentina desde distintos lugares de Italia luego de la Primera Guerra Mundial y aquí formaron una familia que concluyó en la persona que soy. Una sola bala perdida de la guerra, que hubiese hecho blanco en alguno de mis antepasados, habría cambiado la historia, en principio mi historia. Porque somos el producto de una sucesión encadenada de hechos casuales o causales. Los migrantes son personas que en algún momento no son de aquí, ni son de allá y muchos de los ellos, como mis abuelos, jamás retornarán a sus hogares, sus orígenes, sus olores y sus circunstancias.

Un migrante es una persona que se traslada a un lugar distinto de donde nació y que residen en un país extranjero durante más de un año, independientemente de las causas que lo llevaron hasta allí. Un refugiado, en cambio, es un tipo de migrante que escapa de su país por razones de guerra o por persecuciones y lo hace por trayectos peligrosos o clandestinos.

Según un informe de las Naciones Unidas de 2020 (previo al conflicto entre Ucrania y Rusia), 281 millones de personas no viven en el país donde nacieron, o sea migraron y constituyen el 3,6% de la población mundial, el doble de los migrantes que había en 1990. Ahora bien, el número de refugiados en el mundo superó los 70 millones, la cifra más alta de los últimos 50 años registrada por la oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) y, además, 28.5 millones de ellos son niños en edad escolar primaria que no asisten a la escuela. En la Argentina existen 2,3 millones de migrantes, que representan solo el 5% de la población, más allá de cualquier argumento xenofóbico. Los migrantes además del desarraigo y la tristeza de dejar su hogar sufren frecuentemente rechazo, falta de oportunidades, reducción a servidumbre, maltrato y discriminación.

En 2015, en las Naciones Unidas se firmaron los 17 objetivos de desarrollo sostenible como metas para el año 2030 y, por lo menos, diez de ellos impactan directa o indirectamente en las políticas migratorias de los países. Si realmente queremos cumplirlas, o al menos intentar mitigar los problemas que sufren las personas expatriadas, sigamos el lema de esos objetivos: no dejar a nadie atrás y garantizar los derechos humanos para todos. Para todos.

El planeta no tiene escritura, pertenece a la naturaleza y a todas sus especies, por eso, tendamos una mano al migrante que toma la decisión (por la razón que fuera) de vivir en otro lugar distinto al que nació, porque a pesar de tanta melancolía, tanta pena y tanta herida, SOLO SE TRATA DE VIVIR.

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