Escuchas revelaron una trama ilícita asombrosamente amplia
El escándalo que sacude al fútbol italiano en vísperas del Mundial de Alemania (que comenzará en 16 días) derivará, muy probablemente, en el descenso del último campeón, Juventus, y duras sanciones a otros clubes. Un interesante artículo del periodista Enric González, publicado por el diario madrileño «El País», detalla la magnitud del fraude montado por el ex hombre fuerte de la Juve Luciano Moggi, que alcanza a dirigentes, árbitros, bancos, la TV, futbolistas y hasta policías. La caída en desgracia de la Juve (cuyas acciones descendieron a la mitad desde el inicio del caso) obligaría al poderoso club a desprenderse de todo su plantel y enfrentar pérdidas por cientos de millones de euros. A continuación, los principales tramos del artículo.
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Silvio Berlusconi, que retomará la presidencia del club Milan, ayer en un programa de TV. En la pantalla gigante, al fondo, Luciano Moggi, el eje del escándalo de corrupción que ha puesto en crisis al «calcio».
El delegado de Moggi en el colectivo arbitral era un hombre «con una aguda capacidad delictiva y una gran habilidad para borrar pistas y pruebas», según los informes preliminares de la fiscalía de Nápoles. El hombre en cuestión, Massimo de Santis, era, tras la jubilación de Pierluigi Collina, el árbitro más prestigioso de Italia y habría participado en la Copa del Mundo si los fiscales no lo hubieran inscrito en la lista de investigados.
Los interrogatorios han permitido descubrir que De Santis instruía a los colegiados desde que empezaban y promocionaba a los más dóciles. Quienes se equivocaban, como Paparesta, que hizo perder un partido a la Juve, eran humillados -Moggi lo encerró en el vestuario tras el partido- y obligados a pedir perdón a don Luciano. Quienes no se sometían al sistema impuesto por De Santis y el dúo encargado de asignar los colegiados, Bergamo y Pairetto, dejaban de arbitrar.
De Santis, que conducía un Jaguar y dirigía los encuentros más delicados, se encargó personalmente de un Livorno-Siena que concluyó 3-6 -había que castigar al presidente livornés, Aldo Spinelli, por oponerse al sistema Moggi- y un Lecce-Juventus que concluyó 0-1 y en el que el Lecce fue masacrado: 55 faltas. Tras el lance, la Juve le regaló 23 camisetas oficiales.
Además de De Santis, han sido suspendidos otros ocho árbitros de máximo nivel. Las grabaciones dejan claro que la conspiración no se limitaba a asegurar arbitrajes favorables al Juventus y otras sociedades amigas, como el Lazio o el Messina, o a asegurarse del descenso de las enemigas, como el Bolonia. También se mostraban abundantes tarjetas -establecidas al margen de lo que ocurriera en el campo- a los equipos que la semana siguiente debían enfrentarse a la Juve para que, al menos, uno de sus jugadores importantes estuviera sancionado.
Luciano Moggi tenía aliados excelentes en el sector financiero. Entre los miembros de la sociedad General Athletics World (GEA), dirigida por su hijo, Alessandro, figuraba Chiara, hija de Cesare Geronzi, gran patrón de Capitalia, uno de los mayores bancos italianos. Según la Fiscalía de Nápoles, esa conexión fue utilizada en 2004 para desmantelar al Roma, competitivo -había ganado el scudetto en 2001- y que se negaba a plegarse a Moggi.
En la primavera (boreal) de 2004, el Roma, propiedad del magnate petrolero Franco Sensi, había acumulado con Capitalia una deuda de 154,3 millones de euros. El Juventus quería a su técnico, Fabio Capello, y al centrocampista brasileño Emerson. Moggi pretendía, además, que el Roma entrara en el redil de los dóciles. Para ello utilizó a Capitalia, que hizo saber a Sensi que toda resistencia a los deseos del Juventus provocaría un corte del flujo crediticio y complicaría las negociaciones con Sky sobre los derechos televisivos.
Abrumado, Sensi cedió. El 23 de octubre de 2004, Moggi habló por teléfono con Claudio Lotito, presidente del Lazio, el gran rival del Roma. «Has puesto el pie en el cuello de [Franco] Sensi, ¿eh? ¡Qué ganas de reír! Has hecho bien», dice Lotito en la conversación grabada por la policía. «Ese pobrecillo ha quedado totalmente fuera de juego», responde Moggi.
Los aficionados tienden a creer que la repetición de jugadas por TV no miente. Sí, puede mentir. En una llamada al técnico del popular programa «El proceso de Biscardi», en el que cada lunes se analizaban las jugadas dudosas, se escuchaba a Moggi dar instrucciones para que un clarísimo fuera de juego del Juventus, que no se pitó y fue gol, se convirtiera «en algo de unos 20 centímetros, dudoso, un error arbitral comprensible». El canal Sette ha cancelado el programa de Biscardi.
Eran simples peones. Hacían lo imposible para que los representara GEA por razones obvias: en esa sociedad, dirigida por Alessandro Moggi, trabajaban, además de Chiara Geronzi, hija del patrón de Capitalia, Davide, hijo del seleccionador nacional, Marcello Lippi. GEA tenía en su escudería a más de 200 futbolistas, muchos de ellos convencidos de que pagar una comisión a la firma de los Moggi les abriría la puerta de la internacionalidad.
GEA, que en los últimos cinco años obtuvo unos beneficios cercanos a los seis millones de euros, ostentaba una situación casi monopolística en el mercado italiano y podía decidir quién compraba, quién vendía y a qué precios. Cuando un club insumiso se negaba a vender al Juventus,aconsejaban al futbolistaen cuestión que jugaramal y alegara depresión:eso ocurrió con Emerson (Roma), Ibrahimovic (Ajax) y Cannavaro (Inter). En el caso de Ibrahimovic y de Cannavaro, la fiscalía sospecha que parte de sus contratos se pagaba en dinero negro.
Don Luciano conocía con antelación los pasos de la Justicia porque contaba con la cooperación de un grupo de policías en las fiscalías de Nápoles, Turín y Roma.
Esos agentes les procuraban escolta a él y a sus amigas -para tareas tan peligrosas como ir de compras o al dentista- y atendían hasta el más mínimo de sus deseos. Incluso un general de la Guardia de Finanzas, supuestamente encargado de evitar la corrupción en el fútbol, estaba a sus órdenes. Moggi pagaba un precio muy barato por todo eso: los policías recibían entradas, tenían acceso a los futbolistas y se veían con pequeños regalos.




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