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18 de septiembre 2026 - 00:00

De la calidad al prestigio global, el gran desafío del vino argentino de alta gama

Microterroirs, vinos de parcela, producciones limitadas y nuevas variedades forman parte de la estrategia para llevar al vino argentino al segmento de lujo. Ámbito habló con enólogos, especialistas y referentes del sector sobre la carrera por construir etiquetas capaces de competir en el mercado mudial de alta gama.

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El salto hacia la alta gama abre una carrera que va mucho más allá del precio de una botella.

Gentileza: Pexels

Durante décadas, el vino argentino construyó su reconocimiento internacional alrededor de una bandera indiscutida: el Malbec. Esa variedad fue la puerta de entrada a los principales mercados y permitió posicionar al país por la calidad de sus vinos y una relación precio-calidad competitiva. Pero la vitivinicultura local atraviesa una nueva etapa: el desafío ya no es solamente demostrar que Argentina puede hacer grandes vinos, sino lograr que algunos de ellos sean reconocidos, deseados y valorados como productos de lujo a escala global.

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El salto hacia la alta gama abre una carrera que va mucho más allá del precio de una botella. Microterroirs, vinos de parcela, producciones limitadas, variedades menos tradicionales y proyectos cada vez más personalizados forman parte de una búsqueda que apunta a diferenciar el vino argentino por su origen, identidad y singularidad. Enólogos y bodegueros coinciden en que Argentina tiene condiciones para competir en calidad con las grandes regiones vitivinícolas del mundo, aunque el desafío pasa por transformar esa calidad en prestigio, reconocimiento y valor internacional.

Ámbito habló con enólogos, especialistas y referentes del sector vitivinícola para conocer cómo se está construyendo esa nueva categoría. Allí contaron su experiencia, cómo es este camino de construcción de marca y el proceso de destaque de sus producos. Desde la consolidación de la identidad del país como productor de vinos de alta gama, hasta la mirada económica que hace foco en el contexto global del comercio internacional, con sus sobresaltos y efectos de volatilidad que impactan las materias primas de forma permanente. Es ahí donde se produce un avance sobre la expresión de parcelas, la diversidad de regiones y variedades y la construcción de marcas capaces de trascender al Malbec.

La discusión también pone en cuestión qué significa realmente tener un “gran vino” argentino. ¿Alcanza con obtener altos puntajes de críticos internacionales? ¿Es suficiente producir pocas botellas y venderlas a precios elevados? ¿O el verdadero salto hacia el lujo requiere décadas de historia, distribución internacional, consistencia, escasez y una marca capaz de generar deseo? Francia, Italia, España y algunas regiones de Estados Unidos construyeron durante generaciones ese capital simbólico alrededor de sus territorios y etiquetas. Argentina busca ahora desarrollar ese mismo activo, pero desde una identidad propia y sin limitarse a replicar modelos ajenos.

La pregunta de fondo, entonces, no es cuáles son los vinos más caros de la Argentina, sino cómo se fabrica el lujo en una industria que ya demostró tener calidad. El Malbec seguirá siendo una pieza central, pero Cabernet Franc, Cabernet Sauvignon, Chardonnay, blends y otras variedades comienzan a ampliar el mapa. Al mismo tiempo, Mendoza comparte protagonismo con nuevos territorios que buscan instalarse como referencias. El desafío es convertir esa diversidad en una historia reconocible en el mundo y conseguir que, detrás de cada botella argentina de alta gama, el consumidor no compre solamente vino, sino que alcance un producto que tranmita origen, territorio, identidad y prestigio.

Andeluna: “Tenemos que poner en valor que Argentina también produce vinos de alta gama”

Para Jimena López Campos, enóloga de Andeluna, el desafío de la vitivinicultura argentina ya no pasa solamente por demostrar que puede elaborar grandes vinos. Esa etapa, sostiene, está consolidada. El próximo paso es construir una marca país capaz de instalar a la Argentina en el mapa mundial de la alta gama y del lujo. “Lo primero que hay que construir es la marca Argentina, es decir, poner en el mundo que Argentina es un país que produce vinos”, explica.

La apuesta, según López Campos, debe ir más allá de la reconocida relación precio-calidad que durante décadas fue una de las principales cartas de presentación de las bodegas locales. “No solo producimos vinos de alta calidad y de una relación precio-calidad excelente, sino también una gran cantidad de vinos de alta gama, vinos gran reserva, vinos íconos y de un montón de variedades”, afirma. Recién después de consolidar esa identidad colectiva, considera, llega el turno de fortalecer el prestigio de cada etiqueta.

Jimena López Campos es enóloga de Andeluna.

En ese camino aparece además una transformación en los hábitos de consumo globales. La enóloga identifica a la premiumización como una de las tendencias que pueden abrir oportunidades para los productores argentinos. “Hay un sector de la población mundial que está consumiendo menos cantidad de vino, pero de mayor precio y de mayor calidad”, señala. Se trata, agrega, de un consumidor que busca productos de menor volumen, con características propias y una identidad diferencial.

Andeluna viene trabajando desde hace años para consolidarse dentro de ese segmento. Para López Campos, el desafío consiste en acompañar esa demanda sin perder de vista que el prestigio es una construcción de largo plazo. La diferenciación de cada bodega, sus fortalezas y las herramientas que utiliza para elaborar vinos de calidad son, en ese sentido, parte de una carrera que la industria argentina viene desarrollando desde hace tiempo.

La otra gran discusión pasa por la identidad. Para la enóloga, el Malbec seguirá siendo una pieza central de la vitivinicultura nacional, pero el futuro también exige mostrar una mayor diversidad. “La nueva generación de enólogos tenemos el desafío de poner a la Argentina en un escalón más alto”, sostiene. Cabernet Franc, Cabernet Sauvignon, vinos blancos y blends aparecen así como parte de una nueva etapa en la que la calidad ya no alcanza: también hay que construir prestigio y valor.

“Hay que transformar la identidad en prestigio”

Mauricio Ortiz, enólogo de Antucura, sostuvo que Argentina ya demostró que puede elaborar vinos de altísima calidad y que el desafío actual pasa por traducir esa calidad en mayor valor y prestigio internacional. Para el especialista, el posicionamiento del vino argentino de alta gama no depende únicamente de producir grandes etiquetas o establecer precios elevados, sino de construir una identidad reconocible alrededor de cada botella.

En ese proceso, considera fundamental contar las historias que hay detrás de los vinos y poner en valor los distintos territorios del país. “El prestigio no se construye solamente haciendo un gran vino o poniéndole un precio alto. Se construye con tiempo, con consistencia, con una historia y, sobre todo, con identidad”, planteó. En ese sentido, destaca la diversidad de alturas, suelos, climas y formas de interpretar el vino que existen en las distintas regiones argentinas.

Con experiencia en bodegas de Francia y Estados Unidos, Mauricio Ortiz es desde 2015 el Chief Winemaker de Bodega Antucura, donde trabaja sobre la expresión del terruño, la elegancia y el equilibrio.

El enólogo también pone el foco en la necesidad de que el consumidor conozca y valore esas diferencias geográficas. Allí encuentra una de las principales oportunidades para construir una categoría de lujo con identidad propia. “Tenemos lugares increíbles y muy distintos entre sí”, señala, y considera que Argentina todavía tiene mucho por desarrollar en torno al concepto de origen, territorio y singularidad.

Ortiz no duda de la capacidad de los vinos argentinos para competir con las grandes etiquetas internacionales. Incluso cuenta que, en degustaciones a ciegas realizadas entre colegas, vinos argentinos fueron comparados con etiquetas europeas de gran prestigio y en varias oportunidades quedaron mejor posicionados. “Desde la calidad, para mí Argentina ya puede competir con los grandes vinos del mundo”, afirma, y atribuye parte de esa fortaleza a los buenos viñedos y al conocimiento acumulado por los profesionales de la industria.

Desde hace más de dos décadas, Antucura construye en Vista Flores una identidad marcada por la elegancia, el equilibrio y una mirada profundamente sensible sobre el vino y el paisaje.

Sin embargo, advierte que la calidad por sí sola no alcanza para construir una categoría de lujo. “Cuando hablamos de lujo, la calidad es fundamental, pero también importan la historia, el origen, la escasez y el deseo que genera una botella”, explicó. Europa lleva siglos construyendo ese imaginario alrededor de sus regiones vitivinícolas, mientras que Argentina enfrenta ahora el desafío de desarrollar su propio camino: contar mejor sus historias, diferenciar sus territorios y convertir esa identidad en un nuevo atributo de prestigio.

COVIAR: “Argentina debe combinar una estrategia de valor con una de volumen”

Daniel Rada, director del Observatorio Vitivinícola Argentino, perteneciente a la Corporación Vitivinícola Argentina (COVIAR), planteó que el desarrollo de los vinos de alta gama puede ser una oportunidad para fortalecer el posicionamiento del vino argentino y construir mayor valor alrededor de la categoría. Sin embargo, considera que esa estrategia debe convivir con el desarrollo de segmentos de mayor escala. “La ventaja tiene que ver con la construcción de marca y tener una estrategia de valor”, señaló, aunque advirtió que “no se puede descuidar las estrategias de volumen, ya que en definitiva, son esos volúmenes quienes mantienen la industria del vino en Argentina”.

Para Rada, uno de los principales desafíos está en las dimensiones que todavía tiene el mercado interno para los vinos de mayor precio. Según datos elaborados sobre información de SCENTIA, el segmento de etiquetas de mayor valor representa aproximadamente entre el 3% y el 5% del mercado. “El 75% de los litros que se venden en el mercado interno se venden a $7.000 por litro o menos”, explica, mientras que “el 90% de los litros se consume a precios inferiores a $10.000 por litro”. En ese escenario, considera que existe espacio para desarrollar productos premium, aunque dentro de una estructura de consumo en la que los segmentos de mayor volumen continúan teniendo un peso determinante.

Daniel Rada es licenciado en Economía y profesor. Es director del Observatorio Vitivinícola Argentino, perteneciente a la Corporación Vitivinícola Argentina (COVIAR).

En el mercado internacional, el especialista observa una situación que también requiere una estrategia de posicionamiento gradual. “El vino argentino ha ganado prestigio, ha mejorado sustancialmente su calidad, y debe trabajar en la marca 'vino argentino' para mantener y mejorar su posicionamiento”, sostiene. Para Rada, avanzar hacia categorías de mayor precio puede contribuir a ese objetivo: “Buscar posicionarse en ese segmento de lujo ayudaría a la marca país”, aunque remarca la necesidad de contemplar “las restricciones de la demanda tanto doméstica como internacional”. Argentina tiene, además, una fuerte especialización en vino tinto fraccionado, que representa cerca del 80% de sus exportaciones de vino fraccionado, con Estados Unidos, Canadá y Reino Unido entre sus principales destinos.

El contexto mundial de menor consumo también plantea interrogantes sobre la estrategia de premiumización. Rada consideró que el mercado está atravesado tanto por cambios en los hábitos de los consumidores como por la evolución de los precios. “El menor consumo se debe, por supuesto, a cambios en los consumidores, pero también a un constante incremento de precios en los mercados, tanto domésticos como internacionales”, explicó. En este escenario, considera que las producciones más limitadas y las etiquetas de mayor valor pueden ser importantes para construir marca, pero no necesariamente constituyen una estrategia única para toda la industria: “Es una estrategia necesaria para la construcción de marca, pero complementaria de lo que debería ser la estrategia central, la de volumen”.

Para el especialista de COVIAR, Argentina tiene margen para crecer en vinos de mayor valor, pero la estrategia debe complementarse con el desarrollo de segmentos de mayor volumen.

Desde esa perspectiva, el desarrollo del vino de lujo aparece para Rada como una pieza dentro de una estrategia más amplia de valorización de la vitivinicultura argentina, resume, y el desafío pasa por profundizar ese reconocimiento y convertirlo en valor comercial. “Hay que trabajar en la marca ‘vino argentino’”, insiste. La apuesta por etiquetas de alta gama puede aportar diferenciación, prestigio y posicionamiento internacional, mientras que los segmentos de mayor volumen siguen siendo fundamentales para sostener la escala y la diversidad de una industria integrada por bodegas de distintas dimensiones. La propia COVIAR viene planteando la necesidad de diversificar mercados y ampliar el universo de empresas exportadoras como parte de su estrategia sectorial.

Bodega Atamisque: “Podemos competir con Francia e Italia, pero con nuestra propia identidad”

Para Philippe Caraguel, director y winemaker de Bodega Atamisque, Argentina tiene una ventaja difícil de replicar: la diversidad de sus territorios. Valles de altura, cordillera, Patagonia, regiones mesopotámicas y zonas cercanas al océano forman parte de una geografía que permite construir una oferta amplia y diferenciada. El desafío, sostiene, no es demostrar que existen buenos vinos argentinos, sino convertir esa diversidad en identidad y prestigio internacional.

El punto de partida es favorable. Caraguel recuerda el fuerte crecimiento exportador que tuvo la industria argentina desde comienzos de siglo y considera que el país cuenta con una imagen internacional que puede aprovechar mejor. Deportes, gastronomía, cultura y otros atributos de la marca Argentina pueden funcionar, según su mirada, como una plataforma para fortalecer la presencia del vino en el mundo. Pero para eso reclama una estrategia conjunta entre el sector privado y el Estado.

Philippe Caraguel es Ingeniero Agrónomo y enólogo (Universidad Nacional de Cuyo), Master Viticultura & Enología (Montpellier–Francia)

y Director & Winemaker Bodega Atamisque.

En la alta gama, la clave está en profundizar el vínculo entre vino y origen. “Las referencias a desarrollar corresponden a plasmar en el perfil de vinos identidad e interpretación del sitio geográfico que permita diferenciarse”, explica. En Atamisque, ese trabajo se traduce en viticultura y enología de precisión, estudio de suelos y una búsqueda cada vez más específica de las características de cada parcela.

El terroir ocupa un lugar central en esa estrategia. Desde San José, en Tupungato, en el Valle de Uco, la bodega trabaja sobre las condiciones de altura, amplitud térmica, composición mineral y características geológicas para construir vinos con una identidad propia. El objetivo, incluso, es avanzar hacia microvinificaciones que permitan descubrir “islas en las parcelas de viñedos” y exaltar al máximo las particularidades de cada lugar.

Bodega Atamisque es conocida como “la bodega de techo de piedra”, una construcción que se integra con el entorno natural que la rodea. La preservación del monte salvaje que acompaña al establecimiento es uno de sus principales diferenciales y se completa con más de 135 hectáreas de viñedos plantados a 1.300 metros de altura.

La bodega se destaca por la elaboración de vinos de alta gama, con una producción cercana al millón de litros anuales. Sus etiquetas llegan a más de 30 países y también tienen presencia en el mercado argentino.

La propuesta contempla una amplia diversidad de cepajes. Entre los blancos se encuentran Chardonnay, Viognier y Sauvignon Blanc, mientras que la oferta de tintos incluye Malbec, Cabernet Sauvignon, Cabernet Franc, Merlot, Pinot Noir y Petit Verdot. Estas variedades se distribuyen en tres líneas: Serbal, Catalpa y Atamisque.

Para Caraguel, Argentina ya tiene vinos capaces de competir “de igual a igual con los mejores del mundo”. La diferencia con Francia, Italia o España está en la trayectoria de sus marcas y mercados. “Podemos competir con Francia e Italia, con nuestra identidad sin emularlos”, sostiene. Y allí aparece uno de los puntos fuertes del país: una geografía diversa, recursos técnicos y condiciones productivas que pueden convertirse en un diferencial propio frente a las grandes potencias históricas del vino.

Cumehue: “El prestigio no se construye solamente con una buena botella”

Para María Inés Amato, de Cumehue, Argentina ya superó una primera etapa: demostrar que puede producir vinos de calidad internacional. “Argentina ya no tiene que demostrar que hace vinos de calidad. Eso está más que probado y el Malbec tuvo un papel fundamental en ese reconocimiento”, sostiene. El desafío actual, en cambio, pasa por conseguir que esa calidad se traduzca en mayor prestigio y valor. Durante años, explica, la relación entre calidad y precio fue una de las principales fortalezas del vino argentino, pero ahora aparece la necesidad de dar un paso más: “Tenemos vinos que pueden estar al nivel de grandes etiquetas internacionales, pero todavía tenemos que conseguir que el mercado los valore y esté dispuesto a pagar por ellos como tales”.

En esa búsqueda, Amato pone el foco en el origen como uno de los principales activos que todavía tiene margen para desarrollarse. “Detrás de una botella hay un lugar, un paisaje, un clima, un suelo, una historia y personas que trabajan todos los días para lograr ese vino”, afirmó. La Cordillera, la altura, el agua, los diferentes suelos y la diversidad regional pueden convertirse, según su mirada, en elementos centrales para construir una identidad propia y diferenciar a los vinos argentinos en el mundo. El objetivo es que el consumidor deje de identificar al país exclusivamente con una variedad y empiece a reconocer regiones, viñedos y productores.

María Inés Amato, sommelier y embajadora de Cumehue Wines, pone el foco en el territorio, la identidad y el prestigio del vino argentino.

Esa lógica atraviesa también el trabajo de Cumehue, que busca construir su identidad desde Alto Chapanay, en San Martín, Mendoza, y a partir de la Bonarda argentina. La línea Corbeau Noir, además, incorpora al vino una dimensión histórica vinculada con el Cruce de los Andes y el General José de San Martín. “La ubicación de nuestra bodega en el departamento de San Martín no es un dato más: forma parte del relato que queremos transmitir”, explicó Amato. De esta manera, la apuesta por la alta gama no se limita a elaborar una botella de calidad, sino a generar un vínculo entre vino, territorio e historia que permita diferenciarla.

Desde su experiencia vinculada al mundo de la sommellerie, Amato advierte además que todavía existe una brecha entre la calidad alcanzada por algunas etiquetas argentinas y el valor que el mercado internacional está dispuesto a reconocer. “Tenemos vinos de una enorme calidad, pero no siempre esa calidad se traduce en precio o en el nivel de prestigio que alcanzaron otras regiones del mundo”, señaló. Para cerrar esa distancia, consideró que no alcanza con buenos puntajes o premios: “Una bodega no puede pretender construir prestigio solamente a partir de una buena presentación o de un vino técnicamente impecable. Tiene que tener algo propio para contar”.

Con la Bonarda como emblema de San Martín, Cumehue busca construir una identidad propia y sumar valor al vino argentino.

El desafío, entonces, es construir una reputación que exceda a la botella y pueda sostenerse en el tiempo. Amato destaca en ese proceso el papel de los sommeliers, capaces de acercar al consumidor a regiones, productores y variedades todavía poco conocidas. “La calidad ya está; ahora necesitamos que el mundo conozca mejor nuestras historias, nuestros territorios y nuestros vinos, y que ese reconocimiento se traduzca también en valor”, resumió. Para la referente de Cumehue, Argentina no llegó todavía a la cima de la alta gama, sino que está construyendo ese camino: “El verdadero desafío es lograr que cuando se hable de un gran vino argentino no se piense solamente en que es un buen vino, sino en que es un vino con identidad, con origen y con un valor que merece ser reconocido”.

Chakana: “Pasar del precio-calidad al lujo exige un cambio radical en el negocio”

Leonardo Devia, enólogo de Chakana, planteó una diferencia fundamental entre hacer un gran vino y construir una marca prestigiosa. “Argentina está elaborando vinos de muy buena calidad, pero esto no se traduce literalmente como prestigio a nivel global”, advierte. Para llegar a ese reconocimiento hacen falta paciencia, consistencia, tiempo y, especialmente, capital para sostener una presencia permanente en los principales mercados y circuitos internacionales.

La construcción de prestigio, además, no puede quedar limitada a unas pocas etiquetas ícono. Devia considera que el verdadero desafío es lograr que la reputación de los vinos de alta gama impulse también a los segmentos medios, que son los que absorben gran parte del volumen que produce la industria argentina. “El camino siguiente es lograr que esta reputación traccione la competitividad en los segmentos medios”, explica.

El salto desde el modelo tradicional de precio-calidad hacia el lujo tampoco consiste simplemente en aumentar el valor de una botella. “Exige un cambio radical en el modelo del negocio”, sostiene Devia. Mientras los vinos de mayor volumen ofrecen una rotación más rápida y mayor liquidez, el segmento premium obliga a inmovilizar capital durante años, modificar las redes de distribución y contar con respaldo financiero para atravesar una transición más lenta.

Chakana atravesó ese proceso. La bodega pasó de un modelo competitivo basado en la exportación de volumen a una estrategia enfocada en el valor, con una reconversión de sus viñedos hacia la agricultura biodinámica, mayor estudio de los suelos y un trabajo de parcelización en Paraje Altamira. La decisión implicó, según Devia, “renunciar a los volúmenes masivos para priorizar más el margen y el valor de cada botella”.

En esa búsqueda de identidad, el Malbec sigue ocupando un lugar irremplazable. Para Devia, Argentina no debería abandonar su variedad insignia, sino utilizarla para mostrar las diferencias entre los distintos territorios. “El camino pasa por categorizar y que el Malbec sea el principal vector para explicar las diferencias que tienen los principales terroirs del país”, sostiene. La apuesta, entonces, no es dejar atrás al Malbec sino hablar de “los Malbecs argentinos”: utilizar la variedad que conquistó al mundo para revelar la diversidad de lugares que hoy busca convertir a la Argentina en un jugador del lujo global.

Valle de la Puerta: “El prestigio no se puede vender, hay que ganárselo”

En un mercado donde el consumidor tiene cada vez más información, el desafío para los vinos argentinos de alta gama ya no pasa solamente por demostrar calidad, sino por construir una identidad capaz de diferenciar cada botella. Para Andrew Roble, Export Manager de Bodega Valle de la Puerta, el prestigio no se puede imponer desde una etiqueta: se construye con credibilidad, experiencia y una historia detrás. “No podés comunicar algo que no existe”, consideró, al señalar que el consumidor actual quiere saber quién está detrás del vino, dónde se produce, cómo se trabaja el viñedo y, sobre todo, qué lo hace diferente.

La estrategia, explica, combina degustaciones, participación en ferias, capacitación de vendedores y el trabajo de sommeliers, distribuidores, restaurantes y periodistas. Pero también hay un cambio en el consumidor: ya no alcanza con una buena presentación. Primero observa la etiqueta, pero después quiere conocer el origen y finalmente busca una experiencia en la copa. “La gente prueba, degusta, pregunta y después tiene una sensación respecto de lo que está probando”, sostuvo. En ese recorrido, la diferenciación se vuelve el principal activo para una bodega que busca competir en los segmentos de mayor valor.

Javier Collovati es ingeniero agrónomo y enólogo. Trabaja en Valle de la Puerta desde los 18 años, acompañando a la bodega desde sus inicios. Hoy es Gerente de Finca & Winemaker.

Ese desafío adquiere una dimensión particular en La Rioja, una provincia que todavía busca ganar espacio en un mapa vitivinícola argentino históricamente dominado por Mendoza. Roble destaca el acompañamiento del gobierno provincial para participar en ferias internacionales, organizar encuentros con compradores y promover los productos riojanos en mercados externos. Pero la apuesta excede al vino: la provincia intenta construir una propuesta turística y productiva alrededor de sus paisajes, sus bodegas, el aceite de oliva y otros productos regionales. Para Valle de la Puerta, esa estrategia también significa convertir el origen en parte del relato comercial.

El otro gran desafío es romper con una asociación que durante más de una década funcionó casi como una marca país: Argentina es Malbec. Roble reconoce que esa construcción fue extraordinariamente exitosa, pero ahora puede convertirse en un límite. “Por haber hecho esta comunicación tan profunda desde Wines of Argentina y desde las bodegas, es muy difícil cambiar la mentalidad y que la gente acepte que además de Malbec somos otra cosa”, explicó. La salida, entiende, está en aprovechar la confianza construida por esa cepa para abrir la puerta a otras variedades.

En Chilecito, La Rioja, en el Valle de Famatina se encuentra La Puerta. La bodega está a una altura de 1.000 metros sobre el nivel del mar., con una finca con 100 hectáreas de viñedo y 770 de olivos.

Cabernet Franc, Petit Verdot, Syrah y otras cepas comienzan así a ganar protagonismo, mientras las bodegas buscan ampliar el abanico de etiquetas argentinas en los mercados internacionales. El fenómeno también responde a una cuestión comercial: en Estados Unidos, ejemplifica Roble, una vinoteca puede tener decenas de Malbec compitiendo por el mismo espacio, mientras otras variedades argentinas todavía tienen mucho terreno por conquistar. “Si estoy produciendo un buen Malbec, ¿por qué no puedo producir un buen Syrah, un buen Petit Verdot o un buen Cabernet Franc?”, planteó. Para el vino argentino de alta gama, el próximo salto podría estar justamente ahí: pasar de vender una cepa reconocida a vender origen, identidad y una historia que justifique el valor de cada botella.

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