18 de septiembre 2026 - 00:00

El secreto detrás de Zuccardi: 16 puntajes perfectos y una apuesta por llevar el Valle de Uco al mundo

Los nuevos puntajes para Finca Piedra Infinita Supercal y Gravascal 2022 vuelven a poner a la bodega en la cima de la crítica internacional. Sebastián Zuccardi habla de terroir, negocios, pasión y del desafío de llevar la identidad del Valle de Uco a los principales mercados del mundo.

Sebastián Zuccardi, tercera generación de una familia dedicada al vino.

Sebastián Zuccardi, tercera generación de una familia dedicada al vino.

Los 100 puntos son una de las máximas distinciones que puede recibir un vino y, para una bodega, también pueden convertirse en una herramienta para ganar visibilidad en los mercados internacionales. Zuccardi Valle de Uco acaba de sumar dos nuevos puntajes perfectos, pero Sebastián Zuccardi evita mirar el reconocimiento como una meta alcanzada. Para él, lo importante es todo lo que hay detrás de esas botellas: el trabajo sobre el viñedo, la investigación de los distintos lugares del Valle de Uco y una estrategia familiar que se construye a varias generaciones.

Los nuevos reconocimientos corresponden a Finca Piedra Infinita Supercal 2022 y Finca Piedra Infinita Gravascal 2022, dos vinos provenientes de Paraje Altamira que recibieron 100 puntos de Matthew Luczy, crítico de Robert Parker Wine Advocate responsable de la cobertura de los vinos de Sudamérica. Las dos etiquetas ya habían obtenido la misma calificación de Virginie Boone en el informe 2026 de Jeb Dunnuck.

Con estas dos nuevas distinciones, Zuccardi Valle de Uco llega a 16 vinos con 100 puntos de críticos internacionales. Además, Finca Piedra Infinita se consolida como el viñedo argentino con mayor cantidad de vinos que alcanzaron esa calificación.

La cifra podría ser el centro de una historia sobre premios y prestigio. Sebastián, sin embargo, prefiere leerla desde otro lugar. “Primero, es un reconocimiento a la región”, dice. En su mirada, un puntaje de ese nivel no habla solamente de una botella o de un productor. También funciona como una validación del lugar donde fue elaborado y de la posibilidad de que una zona vitivinícola argentina se instale en la elite internacional.

Detrás de los nuevos reconocimientos aparece, entonces, una pregunta que atraviesa todo el segmento de alta gama: qué hace que un vino tenga un valor diferencial.

Cuando el lugar empieza a valer tanto como el vino

Para Zuccardi, la respuesta no está simplemente en el precio. “Caro no es mejor”, plantea. En un vino de alta gama intervienen el prestigio del lugar, el reconocimiento del productor, la calidad de una determinada cosecha y, especialmente, la posibilidad de elaborar algo que no pueda reproducirse fácilmente.

Ahí entra en juego la geografía. El Valle de Uco está dividido en pueblos, parajes, fincas y parcelas. La familia fue profundizando esa mirada hasta trabajar sobre diferencias cada vez más pequeñas dentro de un mismo territorio. En los vinos de mayor nivel, esa precisión también significa una escala limitada: algunas etiquetas se producen en apenas 1.000 o 2.000 botellas.

Los dos nuevos 100 puntos son un ejemplo de esa búsqueda. Finca Piedra Infinita está ubicada en Paraje Altamira, a unos 1.100 metros sobre el nivel del mar, y el trabajo de la bodega apunta a comprender las características particulares de los distintos suelos y ambientes que componen el viñedo.

En ese camino también cambió la manera de pensar el Malbec. “Cuando nos vamos a los niveles más altos, la variedad no alcanza”, sostiene Zuccardi. La cepa puede cultivarse en distintos lugares del mundo; lo que no puede trasladarse de una región a otra es la identidad de una parcela determinada.

Por eso, la estrategia de la bodega fue corriendo el foco desde la variedad hacia el origen. En etiquetas como Supercal y Gravascal, el nombre del lugar y de la parcela adquiere protagonismo y el Malbec queda en un segundo plano. “Después del Malbec viene más Malbec, pero comunicado a través de los lugares”, explica.

La lógica también modifica la manera de entender el lujo. “El lujo en el vino es muy particular porque a veces el lujo en el vino no es la bodega que más dinero genera o la más rentable. Es el productor que hace algo que es único, es particular”, dice.

En ese segmento, el valor de la botella no está solamente en lo que cuesta producirla. También está en la posibilidad de acceder a un vino ligado a un lugar específico, elaborado en una escala pequeña y difícil de repetir.

Sebastián Zuccardi, enólogo y referente de la bodega familiar.

Sebastián Zuccardi, enólogo y referente de la bodega familiar.

Tres generaciones detrás de una marca

Esa búsqueda de singularidad tiene detrás una empresa familiar que decidió construir el negocio con una perspectiva de largo plazo. La familia plantó su primer viñedo en Mendoza en 1963 y, con el paso de las generaciones, fue concentrando cada vez más su trabajo en los terroirs de montaña y en la búsqueda de vinos capaces de expresar la identidad de cada lugar.

Sebastián ubica 2013 como un momento importante, cuando la familia entendió que necesitaba una bodega en el Valle de Uco diseñada alrededor de la nueva manera en que estaba elaborando sus vinos. Los primeros 100 puntos llegarían con vinos de 2016.

Pero el reconocimiento internacional fue la parte visible de un proceso mucho más largo.

Esto es como un iceberg. Lo que se vio quizás fue muy rápido, pero debajo hay tres generaciones de trabajo que hicieron posible todo lo que hoy se ve”, explica.

También hubo una política concreta detrás de ese crecimiento: reinvertir las utilidades dentro de la empresa. “Nosotros no retiramos, por ejemplo, de la empresa. Nosotros reinvertimos todas las utilidades de la empresa como grupo familiar”, cuenta.

La lógica alcanza a las decisiones de inversión. En una actividad donde un viñedo necesita años para desarrollarse y donde conocer un lugar puede demandar mucho tiempo, no todo puede medirse con el retorno inmediato.

La rentabilidad para nosotros es una condición, no un fin”, resume Zuccardi. La compañía necesita ser rentable para sostenerse, pero el resultado económico no es el único criterio para decidir dónde invertir y qué proyectos desarrollar.

Por eso también puede tomar decisiones que no necesariamente tienen una lectura evidente en el corto plazo. “Podemos tomar decisiones más allá de una planilla de Excel”, dice.

La construcción de una marca de alta gama sigue la misma lógica. El prestigio no aparece de un día para otro ni se instala solamente a fuerza de comunicación. “No construís una marca en un año. No hacés una campaña publicitaria y lográs construir una marca”, sostiene.

En ese proceso, la familia trabaja sobre cuatro pilares que Sebastián identifica como centrales: calidad, innovación, sostenibilidad y desarrollo de las regiones donde trabajan. La idea es que el crecimiento de la compañía vaya acompañado por una mirada de largo plazo sobre los lugares donde produce.

El desafío de llevar una identidad argentina al mundo

El siguiente desafío está fuera de la bodega. Argentina representa alrededor del 3% del mercado mundial de vinos y exporta cerca del 25% de su producción, mientras que el resto se consume en el mercado interno.

Estados Unidos, Brasil, Inglaterra y Canadá están entre los principales destinos, aunque Sebastián considera que todavía existe espacio para crecer. En ese escenario, los reconocimientos internacionales funcionan como una herramienta para mostrar qué puede producir la Argentina.

Son reconocimientos para aprovechar y visibilizar lo que está pasando en Argentina”, sostiene.

El desafío, sin embargo, no pasa solamente por vender más botellas. También por construir una identidad internacional que no dependa exclusivamente del Malbec. En los segmentos más accesibles, la variedad funciona como una referencia para el consumidor. En los vinos de mayor nivel, la diferenciación pasa por aquello que resulta más difícil de replicar: el lugar.

Y cuando habla del lugar, Sebastián vuelve inevitablemente a la montaña.

“A mí me gusta decir que nosotros hacemos vinos de montaña, que la cordillera es lo que determina la identidad de nuestros vinos”, explica.

La altura, el clima, el agua y los materiales que descendieron de los Andes forman parte de ese paisaje. Pero también hay una dimensión humana en ese trabajo. El mercado mundial puede cambiar, el consumo puede caer y las tendencias pueden modificarse. La respuesta, para Sebastián, es seguir profundizando el conocimiento de los lugares y hacer vinos que puedan expresar esa identidad.

Nosotros trabajamos en una actividad que tiene un desafío constante, que es la naturaleza. Y nosotros tenemos una actividad donde la naturaleza te va moviendo la vara siempre”, cuenta.

El contexto internacional no es sencillo. El consumo global de vino cayó y existe una discusión creciente sobre el alcohol. Al mismo tiempo, observa Zuccardi, quienes continúan consumiendo tienden a buscar productos de mayor calidad. Es una transformación que puede favorecer a los segmentos superiores, aunque también deja un problema más amplio para una industria que tiene productores y superficie de viñedos sin destino comercial.

Para la bodega, mientras tanto, el trabajo continúa. Hay una nueva bodega en desarrollo, un centro de turismo, nuevas plantaciones de viñedos en el Valle de Uco y un nuevo olivar en Medrano. “Nosotros estamos siempre llenos de proyectos”, cuenta.

Los nuevos 100 puntos tampoco cambian el objetivo de fondo. Sebastián no los toma como una llegada sino como una consecuencia de un camino que todavía tiene mucho por recorrer. Y en esa forma de mirar el negocio aparece también una parte personal que atraviesa toda la conversación.

Yo vibro con el vino. Me levanto emocionado, energizado por lo que hago”, dice.

Es una pasión que, en su caso, no está separada de la estrategia empresarial. Es lo que sostiene la curiosidad por seguir estudiando un viñedo, plantar en un lugar nuevo, probar una elaboración diferente o intentar que una marca argentina gane reconocimiento en otro mercado.

Seguro que tener pasión por lo que uno hace, entusiasmo y energía, nos va a hacer poder transitar el camino”, afirma.

Al final, después de hablar de negocios, premios, exportaciones, terroirs y estrategia, Sebastián vuelve a una imagen mucho más concreta para explicar qué espera de sus vinos cuando salen de Mendoza.

Si alguien abre una botella de Zuccardi en Londres, Nueva York o París, le gustaría que algo de Argentina aparezca en esa copa. No solamente el nombre de la variedad o la marca, sino el paisaje.

Me encantaría que sienta que viajó un poquito al pie de la cordillera”, dice. Que pueda encontrar la energía de la luz, el frescor de la altura, los suelos de piedra y los aromas de la vegetación nativa que rodea los viñedos. Que durante un rato tenga la sensación de haber llegado hasta ese lugar, aunque esté a miles de kilómetros.

Y después de todo, que ocurra lo más importante. “Porque al final el vino es placer”, dice. Y detrás de todos esos años de trabajo, de los reconocimientos y de la búsqueda por llevar una parte del Valle de Uco al mundo, aparece también esa dimensión más simple del vino: llegar a una mesa, acompañar un momento, generar una conversación y, simplemente, disfrutarse.