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18 de septiembre 2026 - 00:00

Después del Malbec: la carrera argentina por crear vinos de culto

Francisco Evangelista creó CrowdFarming.Wine con una premisa disruptiva: abrir una industria históricamente reservada a quienes tenían tierra, capital y conocimiento. Ahora, una nueva generación de proyectos busca capturar valor a través de vinos de autor, microterroirs y producciones limitadas.

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Ingeniero agrónomo, productor y fundador de CrowdFarming.Wine, Evangelista detectó una falla estructural en una industria intensiva en capital y conocimiento: para crear una marca había que asumir una infraestructura millonaria. Su respuesta fue convertir esa estructura en una plataforma compartida.

CrowdFarming.Wine

Crear una marca de vino parece, a primera vista, una decisión creativa. Elegir una etiqueta, imaginar un nombre, pensar un blend. En la práctica, durante décadas fue algo bastante más complejo: acceder a la tierra, construir o alquilar una bodega, conseguir enólogos, agrónomos, logística, canales comerciales y capital suficiente para sostener una estructura que muchas veces debía funcionar incluso antes de vender la primera botella.

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El vino argentino construyó buena parte de su historia sobre esa lógica. Pero el negocio está cambiando. Mientras el consumidor busca vinos de especialidad, proyectos de autor y marcas con una historia propia, la industria empieza a preguntarse si para crear una botella de alta gama todavía es necesario construir toda una empresa alrededor de ella.

Francisco Evangelista detectó esa tensión hace años. Ingeniero agrónomo mendocino y fundador de CrowdFarming.Wine (CFW), convirtió una de las principales barreras de entrada de la industria en el centro de su modelo de negocios: compartir estructura, conocimiento y capacidad productiva para que otros puedan crear sus propias marcas.

De Mendoza al origen de una idea

Argentina tiene una ventaja difícil de replicar: diversidad de suelos y climas, conocimiento técnico y una industria capaz de producir vinos de alta calidad. El problema aparece cuando esa calidad debe transformarse en escala, nuevas marcas y mayor valor. El país representa alrededor del 2,3% del mercado mundial del vino. Llevar esa participación apenas un punto más arriba implicaría, según Evangelista, sumar unas 30.000 hectáreas productivas: prácticamente otro Valle de Uco.

La discusión, entonces, no pasa solamente por vender más. También por encontrar nuevas formas de crear valor. “Estamos muy bien posicionados respecto de la calidad y ya estamos catalogados como un país productor de vinos de alta calidad”, señaló Evangelista. El desafío es qué hacer con ese reconocimiento.

CrowdFarming.Wine nació en 2018 a partir de una experiencia anterior en The Vines of Mendoza, donde Evangelista trabajó con cientos de hectáreas y proyectos de vinos personalizados. Allí encontró una industria con enorme conocimiento, pero también con estructuras costosas y un acceso todavía restringido.

Compartir estructura para bajar la barrera de entrada

El modelo parte de una idea sencilla: no todos los que quieren tener una marca de vino necesitan tener una bodega. CFW funciona como una plataforma que reúne agronomía, elaboración, desarrollo de producto, identidad, aspectos legales, logística y comercialización. El cliente aporta una idea y capital; la estructura existente hace el resto.

“El cliente aporta su visión y su capital, y nosotros ayudamos a darle forma”, resumió Evangelista. La intención es que el emprendedor pueda involucrarse en el proceso sin tener que convertirse en dueño de una infraestructura industrial.

La diferencia está en los costos. Una bodega tradicional necesita dimensionar su estructura para una producción potencial. En este modelo, en cambio, los recursos se utilizan según cada proyecto. “La inversión necesaria para crear el vino se aplica directamente a cada proyecto y a cada botella”, explicó.

De este modo, el costo deja de estar atado a una estructura permanente y pasa a ser, en buena medida, variable. Para una industria intensiva en capital, esa diferencia cambia la ecuación. También atomiza el riesgo: si un proyecto deja de producir, no queda detrás una estructura fija que sostener.

El nuevo negocio del vino de alta gama

La transformación no ocurre solamente del lado de la oferta. También cambió el consumidor. Durante años, buena parte de las bodegas argentinas trabajó sobre una lógica relativamente previsible: recibir pedidos, producir y despachar. Ahora la competencia por el consumidor exige otra cosa.

“Antes, los productores de vino gestionábamos pedidos. Ahora tenemos que salir a vender y convencer al comprador”, plantea Evangelista. En ese contexto ganan espacio los vinos boutique, las marcas privadas y los proyectos de autor. La botella empieza a funcionar como algo más que un producto: es una historia, una identidad y, en los segmentos superiores, una pieza de pertenencia.

Ahí aparece una oportunidad para Argentina. Si el Malbec ya consiguió instalar al país en el mapa internacional, el siguiente paso puede consistir en multiplicar las razones por las que un consumidor quiera comprar un vino argentino.

Mientras el Malbec consolidó la identidad internacional del país, una nueva generación de productores apuesta por otra lógica: menos escala, más diferenciación. Microterroirs, variedades alternativas, etiquetas limitadas y consumidores que buscan historias detrás de cada botella.

La irrupción de los outsiders

Una de las consecuencias menos evidentes del modelo es quiénes pueden entrar ahora al negocio. Evangelista planteó una pregunta que rompe con una tradición: “¿Por qué los vinos tienen que ser elaborados únicamente por enólogos y técnicos?”. Su respuesta abre el juego a artistas, músicos, inversores y personas provenientes de disciplinas ajenas al mundo vitivinícola.

El caso de Akasha, desarrollado junto a Pedro Aznar, funciona como experimento. El proyecto está orientado a recrear y homenajear los vinos del Mediterráneo "pero dándoles la impronta del suelo mendocino", enfatizó Evangelista. El producto final muestra vinos más elegantes, con un poco menos de potencia y aspereza, mayor suavidad en el paladar y, sobre todo, "más alma y profundidad".

Pedro Aznar y Francisco Evangelista.

En el caso de Akasha, "Aznar aportó su sensibilidad, lenguaje y una mirada artística; el equipo técnico transforma esas intuiciones en variedades, terroir, cortes y decisiones de elaboración", precisó el fundador de CWF, quien describió las sesiones de trabajo como una "sala de ensayo": probar, combinar y volver a empezar hasta encontrar una determinada sensación. Es una manera distinta de pensar una botella. No necesariamente como resultado de una receta, sino como resultado de una búsqueda. "Creo que abrirle la puerta a personas que vienen de otras disciplinas, que aportan su color y su impronta artística, es algo que el mundo del vino necesita", consideró Evangelista.

Más allá del Malbec

El Malbec fue durante décadas la gran puerta de entrada del vino argentino al mundo. Pero también puede convertirse en el punto de partida para algo más ambicioso.

Cabernet Franc, Cabernet Sauvignon, Chardonnay y otras variedades comienzan a construir sus propios territorios. Los nuevos proyectos exploran alturas, suelos, micro terroirs y formas de elaboración que buscan diferenciarse en un mercado donde competir únicamente por precio resulta cada vez más difícil. “Seguimos siendo conocidos principalmente por el Malbec”, dijo Evangelista.

“¿Qué va a pasar cuando el mundo descubra nuestros Cabernet Franc? ¿Qué va a pasar cuando descubra los blancos que elaboramos?”. La pregunta contiene una hipótesis de negocios: el próximo salto del vino argentino puede no depender de producir mucho más, sino de conseguir que cada botella tenga una razón más poderosa para existir. En una industria acostumbrada a pensar en hectáreas, litros y cajas, el futuro puede medirse en otra unidad: valor por botella.

Y ahí está, quizás, la apuesta de Evangelista. Tomar una industria tradicional, intensiva en capital y conocimiento, y convertir parte de esa infraestructura en una plataforma de acceso. No para fabricar más vino indistinto, sino para permitir que aparezcan más marcas, más identidades y más proyectos capaces de disputar un lugar en la alta gama mundial.

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