A dos semanas de conocer los detalles de la oferta de reestructuración, el equipo económico argentino mantiene la dureza de la negociación. “Pagar lo que se pueda” y “Argentina hoy no puede pagar nada”, repite el ministro de Economía, Martín Guzmán. La posición inflexible del Gobierno y el rechazo de los bonistas, parece empujar al país hacia un noveno default en su dolorosa novela crediticia.
Está claro, que la oferta de Guzmán se ciñe a los parámetros de sostenibilidad de la deuda. El cambio en el perfil de vencimientos e intereses representa un ahorro de más de u$s50.000 millones para los próximos diez años. Sin embargo, la poda es exagerada. Suavizar el castigo y mejorar así el valor de recupero de los instrumentos soberanos es posible y sin la necesidad de arriesgar la sostenibilidad de la deuda.
Gran parte de la negociación depende de la famosa “exit yield”, pero también responde a la evolución futura de dicha tasa. Basta observar Jamaica 2008, Grecia 2012 o Ucrania 2015 para encontrar ejemplos de este fenómeno. Después de una suba inicial de tasa (ventas post-canje), un país con problemas de liquidez (y solvencia) que repentinamente despeja su perfil de deuda y acuerda un servicio de intereses menor debería iniciar un sendero descendente de tasas. En otras palabras, proveería ganancias de capital para los tenedores de los nuevos papeles. De hecho, no hace falta viajar demasiado para comprobarlo. Cruzando el charco, Uruguay logró una notable reducción en el rendimiento de sus instrumentos a partir del reperfilamiento de plazos que efectuó en 2003.
Ahora eso sí, todos ellos tuvieron como rasgo en común el compromiso de respetar los equilibrios fiscales y de plantearse una agenda seria de reformas estructurales. La ausencia de un plan macroeconómico serio y el exiguo esfuerzo que Argentina se propone cumplir no permite asegurar un horizonte muy positivo a futuro. Ello se convierte en la práctica en una mayor prima de riesgo esperada, y una peor valuación de los instrumentos del canje.
Ampararse en la crisis económica del Covid-19 no es una buena estrategia para la Argentina. El shock empobrecedor de la enfermedad vapuleó a las economías de todo el mundo, pero la liquidez provista por los principales bancos centrales del mundo es abrumadora. La Argentina trata de hacer lo mismo, pero mientras que una extensa porción del stock de deuda soberana en el mundo cotiza bajo rendimiento negativo, nosotros estamos al borde del default.
Tampoco es necesario buscar ejemplos rebuscados. Paraguay colocó u$s1.000 millones a un plazo de 11 años a una tasa del 4,95% hace pocos días. No fue el único en Sudamérica. Perú encontró una fuerte demanda por sus Globales 2026 y 2031, y emitió u$s3.000 millones a tasas mínimas históricas de 2,39% y 2,78%, respectivamente. En resumen, el 11% de “exit yield” que el mercado adjudica de base para la valuación del canje, refleja la gran desconfianza que genera el país.
Hagamos el esfuerzo de pensar en un escenario para la Argentina dentro de dos años. Una reducción de dos puntos en la prima de riesgo esperada, producto de un plan fiscal más ambicioso significaría significativas ganancias (entre +10/18%) para los bonistas que apuesten por el país.
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La tasa “exit yield” de los nuevos bonos permite calcular qué valor tiene hoy una promesa de pago de Argentina en el futuro.
PPI
Estabilidad política, seguridad jurídica, reformas estructurales, equilibrio fiscal y una mayor participación del componente transable en el PBI aliviarían el costo de nuestro endeudamiento. Dicho de otro modo, si Argentina fuera creíble no haría falta mejorar en demasía la estructura de los bonos para satisfacer la exigencia de los acreedores.
¿Será tan difícil que nuestro país pueda recortar el enorme spread de riesgo que paga por su financiamiento? ¿O será que somos incorregibles y el único éxito al que estamos condenados es a la acumulación de un derrotero interminable de defaults?
En la Revista Sur, hace ya 74 años, Jorge Luis Borges escribía que el argentino descree de las circunstancias. Quizás allí yace la razón del alto costo de nuestra propia desidia.
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