18 de mayo 2026 - 00:00

Motores de dólares, confianza pendiente en el peso

El desafío no pasa solo por generar divisas, sino por transformarlas en desarrollo real, empleo e integración productiva en un contexto de baja confianza en la moneda.

Argentina no puede conformarse con tener sectores que generen dólares si luego esos recursos no se integran al sistema productivo.

Argentina no puede conformarse con tener sectores que generen dólares si luego esos recursos no se integran al sistema productivo.

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Nadie duda de que la Argentina necesita generar divisas, y el RIGI puede ser una herramienta valiosa para atraer inversiones. Pero ningún régimen de incentivos, por ambicioso que sea, reemplaza la necesidad de transformar esos dólares en empleo registrado, crédito productivo y desarrollo federal. A eso se suma una dificultad estructural: una moneda con bajos niveles de confianza, un ahorro que muchas veces no se canaliza hacia el sistema financiero y una débil integración entre los grandes motores de inversión y la economía real. En esas condiciones, el crecimiento puede volverse sectorial, concentrado y asimétrico.

Como advirtió el economista Diego Coatz, “los recursos naturales no alcanzan para integrar a 50 millones de personas”. La frase resume un dilema central: no basta con tener energía, minería, agro, litio o Vaca Muerta si esos motores no se conectan con proveedores locales, empleo formal, infraestructura, innovación y desarrollo territorial.

Catamarca puede ser un ejemplo de cómo convertir recursos naturales en desarrollo. La minería y el litio no deben ser solo una fuente de ingreso de dólares. Las gestiones de Lucía Corpacci y Raúl Jalil marcan un camino: vincular estos proyectos con empleo local, proveedores, infraestructura y encadenamientos productivos. Si cada emprendimiento funciona como un enclave aislado, el país suma divisas, pero no construye desarrollo federal. En cambio, si integra trabajadores, pymes y servicios, los recursos naturales se transforman en una plataforma real de crecimiento.

A esta limitación de los motores económicos se suma otra fractura más profunda: la Argentina debe revertir décadas de desconfianza en el peso. El peso se usa para la cotidianeidad, pero rara vez es elegido como reserva de valor. Allí se corta el circuito entre ahorro, crédito, inversión y crecimiento.

No es un problema nuevo. La desconfianza en el peso atraviesa décadas de inflación, devaluaciones, crisis y cambios de reglas. Por eso el peso funciona como moneda de uso diario, pero no logra consolidarse como moneda de ahorro.

En el primer trimestre de 2026, los argentinos compraron en términos netos aproximadamente u$s8.168 millones en el mercado oficial. Ese dato expresa una conducta persistente: cuando el ciudadano argentino piensa en proteger su patrimonio, busca refugio en el dólar o en activos externos.

La moneda funciona sobre la base de la confianza. Cumple tres funciones: medio de intercambio, unidad de cuenta y depósito de valor. El problema argentino es que el peso cumple parcialmente las dos primeras, pero falla en la tercera. El peso circula, pero no descansa.

Cuando aparece la desconfianza, cae la demanda de dinero y el ahorro se vuelve defensivo. En lugar de alimentar el crédito, se transforma en dólares bajo el colchón o capital inmovilizado. Desde lo individual puede ser racional, pero desde lo macroeconómico es una señal preocupante: el ahorro existe, pero no se transforma en inversión.

Allí está una de las claves del crecimiento. Frenar la inflación era indispensable, pero el ajuste fiscal debe ser sustentable. Una economía no crece solo por ordenar sus cuentas, sino cuando logra transformar ahorro en inversión productiva y crédito en empleo.

En ese punto aparecen las tasas. Si la tasa pasiva queda por debajo de la inflación, el ahorrista se defiende y se va del sistema. Pero si sube demasiado, se encarece el crédito y se frena la inversión. El equilibrio es delicado: tasas bajas expulsan al ahorrista; tasas altas asfixian al productor.

Otro actor decisivo es el Estado. Cuando enfrenta déficit, compite por el ahorro disponible. Allí aparece el crowding out, donde el crédito se orienta al sector público en lugar de financiar al sector privado.

Por todo esto, la Argentina no puede conformarse con tener sectores que generen dólares si luego esos recursos no se integran al sistema productivo. En 2025, el PIB creció 4,4%, con fuerte impulso de sectores como la intermediación financiera y la minería, pero el empleo sigue concentrado en otras actividades.

El frente externo muestra ese contraste. En marzo de 2026, las exportaciones alcanzaron un récord de u$s8.645 millones y hubo superávit comercial, pero el desafío sigue siendo que esos dólares se conviertan en empleo, crédito y desarrollo territorial.

El RIGI puede ayudar a atraer inversiones, pero el problema aparece si esos motores funcionan como compartimentos estancos. Generan divisas, pero no integran proveedores ni expanden el empleo registrado.

La caída del empleo formal y de empleadores es una señal de alerta. En febrero de 2026 se registraron 9,5 millones de trabajadores formales, con una baja interanual, y casi 13 mil empleadores menos. Esto muestra que el problema no es solo macroeconómico: hay una base productiva más débil.

Agro, minería y energía son fundamentales, pero no alcanzan por sí solos. En una economía donde el consumo representa el 70% del PBI, el desarrollo requiere que el ingreso circule de manera federal. Si los dólares no se distribuyen, el crecimiento puede volverse concentrado y desigual.

La salida exige reconstruir el contrato monetario y productivo: una moneda confiable, un sistema financiero que canalice el ahorro y un Estado que no absorba todo el crédito.

Los dólares son condición necesaria, pero no suficiente. Si no se convierten en inversión, empleo y desarrollo, alivian la balanza de pagos, pero no resuelven el problema de fondo.

En definitiva, la Argentina necesita una matriz productiva capaz de transformar divisas en trabajo argentino. Porque el verdadero desarrollo no se mide solo por los dólares que entran, sino por las empresas que se sostienen y los empleos que se crean.

(*) Senador Nacional por Catamarca.

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