Cada tanto, como en estos días, viene José María Aznar a la Argentina y se pueden mantener diálogos de gran calidad política. Y cada tanto viene Felipe González, y es lo mismo. Y uno se queda maravillado de cómo puede haber un país donde los líderes políticos se pelean igual o peor que aquí, pero al final del día se las arreglan para que las cosas importantes, los procesos de fondo, continúen por décadas aunque cambien los gobiernos. En este octubre se cumplen treinta años de que, después de una guerra intestina mucho peor que la nuestra y de casi cuarenta años de la dictadura de Francisco Franco, los españoles firmaron los pactos de La Moncloa. A partir de entonces, reina la democracia, y la derecha y la izquierda se las han arreglado para establecer políticas de Estado que llevaron a España adonde se encuentra hoy. En ese lapso, de la mano de un gobierno socialista, España ingresó a la OTAN y a la Unión Europea y desde entonces no hace sino progresar en la integración con sus vecinos y en la inserción en el mundo.
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El ingreso a la UE y la aceptación de sus regulaciones económicas -mucho más severas que las del FMI- les permitió aprovechar la globalización, maximizando sus beneficios y minimizando sus costados más perjudiciales. Todo eso lo consiguieron aplicando políticas semejantes a las de, por ejemplo, el Japón o la Italia devastados por la guerra, o Canadá, Australia o Irlanda, que no hace mucho tenían economías comparables a la de la Argentina. Las mismas políticas que, acá nomás, practican exitosamente Brasil, Chile o Uruguay, hasta hace poco nuestros mejores amigos en el mundo.
Nosotros no tuvimos un pacto de La Moncloa formal, pero en 1983 inauguramos una profunda política de Estado con el «Nunca más» a gobiernos fuera de la Constitución. Y empezamos a integrarnos con los vecinos e insertarnos rápidamente en el mundo. Pero no tuvimos los mismos éxitos que España. Nuestra democracia atraviesa un cono de sombras, nuestros vecinos ya no son nuestros mejores amigos, el Mercosur languidece en estado terminal y nuestros nuevos aliados internacionales proclaman un retorno al mismo socialismo que el mundo y Felipe González descartaron en los setenta. Hasta la tragedia nos pone en desventaja.
Mientras nuestro gobierno regresa a la misma política de treinta años atrás, los ingleses se aprestan a celebrar, a la vista de todo el mundo, los veinticinco años de su victoria militar sobre la Argentina, ante la sorda impotencia de nosotros, los argentinos de hoy, mientras España ya discute con Gran Bretaña la administración compartida en Gibraltar.
Integración
Los dirigentes españoles han conseguido ganarse la confianza de la gente con políticas de largo plazo que todos respetan. En España, cuando llega un nuevo gobierno no dice que lo que hizo el anterior estuvo todo absolutamente mal, si puede los mete presos, inventa la rueda otra vez y a empezar todo desde cero.
La gente lo percibe: miran al mundo y se integran todo el tiempo, no se aíslan cada día un escalón más. En España los ex presidentes pueden caminar por la calle y no existe, como aquí, un desprecio generalizado por quienes se dedican a la política. Hace cincuenta años decenas de miles de españoles vinieron a estas tierras corridos por la inestabilidad y la miseria. Hoy, decenas de miles de argentinos se han ido a España por el mismo motivo.
Ortega escribió sobre la Argentina páginas inolvidables, que no por casualidad coinciden con Alberdi: lo que nos falta es la inteligencia de nuestros propios intereses. España podría ser un espejo, un ejemplo al que nosotros podemos mirar el día en que, de una vez por todas, empecemos a ejercer la inteligencia de nuestros propios intereses.
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