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La negociación unilateral que el gobierno planteó desde setiembre de 2002 en Dubai poco tiene que ver con el éxito con el que aparentemente ha finalizado la transacción de la deuda por más que así se lo muestre para un consumo político interno ávido de aventuras gauchescas de endeudamientos feroces primero y brutales estafas después. El factor fundamental ha sido el desplome del rendimiento de los Fondos Federales de los EE.UU. desde principios de 2001 y la reciente amorfia constituida por una tasa de interés de largo plazo que caía a medida que la corta subía. Tan shockeante e inexplicable ha sido este fenómeno que hasta el propio Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal de los EE.UU., reconoció hace un par de semanas que no tenía argumentos para racionalizarlo. Si la tasa de interés internacional no hubiera hecho la parábola que hizo, la dureza argentina en la negociación se hubiera derretido rápidamente o nos hubiera dejado en cesación de pagos por un largo rato más. Obviamente que el oficialismo gobernante con un porcentaje de adhesión de casi 80% saldrá a decir que se superó en 30% el límite que se había fijado de 50% para declarar a la Argentina fuera de default. Pero esto no cuenta para nada. No es el deudor de una carga de u$s 100.000 millones hasta hace un par de días en situación irregular quien decide si se salió o no del default sino el «juez» que entiende en la reestructuración, o sea, el FMI (aunque hasta ahora haya proclamado su prescindencia), o sea, el G-7 que reúne a los países más poderosos de la Tierra.
Un porcentaje de adhesión de casi 80% está en el límite de hacer que el G-7 acompañe la declaración de la Argentina de que salimos del default y comenzar negociaciones con el FMI para lograr el refinanciamiento de más de u$s 14.000 millones de capital que vencen desde aquí hasta 2007 (sólo en 2005 son u$s 5.000 millones) o de empujarnos a que nuestro país reabra el canje y mejore la propuesta para ampliar el porcentaje de aceptación. Los próximos días serán clave para conocer el desarrollo de los acontecimientos.
Lo que sí se puede decir hoy con alguna cuota de seriedad es que el caso argentino debe ser un dolor de cabeza mayúsculo para los grandes popes de las finanzas internacionales. Aunque sea por un fenómeno tan poco común como encontrar un círculo cuadrado (la caídaen el diferencial de tasas en EE.UU. entre la tasa larga y la corta a medida que se endurecía la política monetaria en ese país) lo cierto es que la Argentina ha logrado casi 80% de adhesiones a una quita monumental de 70% sobre una deuda homérica de u$s 100.000 millones, sin negociar con los acreedores y sin acuerdo con el FMI. Como dijo el presidente Kirchner, para el «Libro Guinness de los récord». Y es más, las marcas se pueden seguir batiendo si además el G-7 a partir de ahora comienza negociaciones en el seno del FMI con la Argentina.
Tal vez sea demasiado lindo para que sea cierto ¿La razón? Los países que podrían «prenderse» del experimento argentino en algún momento en el que los zapatos «aprieten» no serían ni poco ni nada relevantes en el mundo. Por ejemplo, Brasil, segundo deudor del FMI, que fue capaz de ir a una recesión en 2003 por hacer un ajuste fiscal para servir regularmente la deuda, no debe sentirse muy contento con el hasta ahora exitoso final de la reestructuración argentina. Y eso seguramente deber estar haciendo perder el sueño a más de un miembro del G-7.
De todas maneras, no deberíamos engañarnos y prestarnos al juego perverso que algunas plumas y bocas cercanas al oficialismo ya nos proponen desde ahora. Como que gracias al default y al no acuerdo con el FMI estamos creciendo a tasas impensables y que gracias a la actitud patoteril que el gobierno llevó durante la negociación de la deuda hemos logrado un porcentaje de adhesión muy alto.
Nada está tan lejos de la realidad. La devaluación, la pesificación y el default aplaudido por nuestro Congreso nos hicieron perder 25% del PBI per cápita que todavía está 10% debajo de 1998 a pesar de la espectacular recuperación que hemos tenido desde el piso de 2002. La ortodoxia fiscal y monetaria aplicada por Kirchner que está en el acuerdo con el FMI es la que evitó la hiperinflación y la que nos ha hecho crecer a casi 9% anual durante 2003 y 2004. Finalmente, si salimos del default el viernes pasado ha sido por pura fortuna externa que ni siquiera Alan Greenspan se explica.
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