¿Qué cambió el 27 de febrero que hizo estremecer a las Bolsas del mundo sin excepción? La respuesta, rápida y sorprendentemente uniforme, es nada fundamental. La indagatoria, sin embargo, no debería acabar allí. La Bolsa es, en esencia, anticipación. Visión penetrante. Sus razones -equivocadas o no- yacen delante; como un extraño juez, si se quiere, que emite veredictos aun antes de que sucedan los hechos.
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¿Qué es, entonces, lo que las Bolsas anticipan? ¿Qué cambió en el horizonte que motivó un estertor tan notorio, tan generalizado? ¿Cuál es el signo ominoso: problemas en China, una recesión en camino, el deterioro del crédito hipotecario subordinado, la tensión nuclear con Irán? ¿O, peor, una combinación de todos esos elementos? ¿Hay, quizás, algún protagonismo reservado para una inflación intransigente?
Visto en perspectiva, las Bolsas no han alterado su dictamen de fondo. El Dow Jones -por citar un emblema- atraviesa un mercado alcista de gran vigor. Tras supurar más de 4.400 puntos de enero de 2000 a marzo de 2003, se ha desplegado pujante desde los 7.300 puntos (unos días antes de la invasión a Irak) a sus máximos históricos absolutos de 12.800 la semana pasada.
Turbulencias
El ascenso no excluye ocasionales turbulencias. Y la confianza de los inversores se mece con la marea. De abril a junio de 2005 o de mayo a julio del año pasado, sendos temporales desgarraron jirones de 1.000 puntos cada uno sin conseguir que la nave zozobre. Nadie debería extrañarse de una tormenta que se repite: es la estación. De hecho, el Dow Jones trepó 2.200 puntos desde mediados de 2006 (20,5%) en un embate que no reconoció descanso ni pareció reparar demasiado en la larga lista de argumentos delicadosque se expuso líneas arriba. Le bastó como brújula la decisión de la Fed de suspender la suba de tasas de interés.
Que la predisposición a tomar riesgos sea estacional no es lo que la teoría predice, pero es en efecto lo que se advierte y, en esa lógica, éste es el tiempo inconfundible de tornarse reticente. El único cambio fundamental que se advierte, si no antes, después del shock de las Bolsas, es un aumento de la aversión al riesgo. No hay otra grúa, después de todo, capaz de levantar al yen (o al franco suizo) en un mundo obsesionado por obtener un diezmilésimo más de rendimiento.
Temor
Una recesión en los EE.UU. no constituye, por dar un ejemplo, un prospecto novedoso. Cuando la Fed decidió interrumpir la suba de tasas de interés -con la inflación por encima de su rango aceptable y en alza y el petróleo en cotizaciones récord y un vigor, hasta entonces, indominabletemía una recesión no a fines de 2007 (como ve posible pero poco probable Alan Greenspan), sino tan pronto como a principios de año. Es verdad que el entusiasmo por una rápida recuperación -que sobrevino a partir de diciembreha vuelto a disiparse y que los datos recientes sobre la inversión no residencial son motivo de desaliento, pero aun así la recesión norteamericana parece hoy menos amenazante que cuando se ignoraba cómo iba a digerir la economía el impacto directo de la crisis inmobiliaria.
Si, pese a todo, la recesión fuera a producirse, cabe esperar que la Bolsa lo advierta antes que los economistas. De hecho, no ha habido recesión en los EE.UU. desde la posguerra que no haya sido anticipada por un mercado bajista de las acciones, entendiendo tal como un recorte de sus cotizaciones -contabilizado desde los máximos- de por lo menos 20%. Esa simple aritmética es la que arroja luz sobre el nivel de su actual preocupación: el Dow Jones ha resignado 500 puntos (que no es poco para tres ruedas complicadas cuando estas tormentas suelen estirarse por un par de meses) pero todavía faltan más de 2.000 para encender la luz roja.
Relectura
Bajo esta óptica, más que una detección de nuevos problemas, la Bolsa parecería estar haciendo una relectura -con una lupa más potente- de tópicos conocidos. No hay duda que hay excesos recientes que limpiar. Y no hace falta ir a Shanghai para encontrarlos. Los préstamos hipotecarios subordinados concedidos los últimos seis meses -bajo estándares increíblemente laxos-están revelando, en tiempo récord, un altísimo grado de irregularidad en los EE.UU. Pero el grifo que los originaba ya se ha cerrado; resta sí digerir el saldo en circulación, lo que llevará un tiempo hasta calibrar su impacto. Las propias convulsiones de la Bolsa, además, acentúan el riesgo de crédito. Así el default ruso de 1998 y su correlato de súbita iliquidez fueron lo que dejó al Fondo Long Term Capital fuera de combate y a los mercados de capitales al borde de una inesperada fisura medular (gracias a la no linealidad propia del mundo de los derivados).
Se sabe por último -si la caída de las acciones recrudeciera más allá de lo que fueron sus antecedentes en 2005 y 2006- que la Bolsa ha señalado más recesiones que las que efectivamente ocurrieron («ha predicho 6 recesiones de las 9 últimas» dice la remanida frase de Paul Samuelson). Una argumento para torcer el oráculo es la política monetaria. La Fed está pertrechada con 525 puntos base de munición por si la situación se saliese de madre. Y si bien no hay motivo ninguno para utilizarlos en el momento, siempre es bueno saber que están disponibles.
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