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6 de junio 2008 - 00:00

Cuidado con el fuego amigo

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La crisis de liquidez que ha arrasado en el mes de mayo con 5 por ciento de los depósitos del sistema, no es sólo responsabilidad de la conducción política y económica argentina, sino de la inoperancia del Parlamento que está aterrado por hacer cumplir con la Constitución en lo que se refiere a impuestos. Si lo que buscaba era «enfriar» la economía para actuar sobre los índices de consumo, ha logrado lo contrario, que es el camino a la inflación con recesión.

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Desde hace semanas, las principales entidades no desembolsan operaciones que no sean autoliquidables en un plazo de un mes, y la tasa promedio de captación de fondos del sistema se ha duplicado, agregando a ello la caída de fondos en cuenta corriente que bajan la tasa de interés del sistema en el crédito comercial de muy corto plazo.

El problema no se refiere sólo al incremento del costo de captación, sino al riesgo que asumen los bancos al prestar a altas tasas de interés, excusa que utilizara Kirchner para acusar a los fondos del exterior de usureros y repudiar la deuda argentina. Cuando se incrementa el costo de captación exponencialmente, las entidades ignoran la tasa de interés a la cual podrían renovar sus depósitos al día siguiente.

Mientras la tasa BADLAR (referencia de cualquier préstamo a tasa variable) de ayer alcanzaba 18,13%, era hace un mes de 8,25%. Cualquier empresa mediana que estaba fondeada a BADLAR más 8% y pagaba una tasa de 16%, paga hoy casi 25% anual, y se limita a devengarlo en sus libros al caer sus ingresos. Como los bancos están obligados a refinanciar los intereses dentro de normas para no castigar sus balances, pero deben pagar los intereses cada vez que les retiran depósitos, ello tiene un impacto en el «rate gap» de las entidades que atemoriza a cualquier tesorería.

El «rate gap» de un banco se representa en un eje x que mide el tiempo, sobre un eje y que representa una tasa pasiva (el costo de absorción de fondos), y una tasa activa (la rentabilidad por prestarlos). Como la curva de la tasa activa corta a la curva de la pasiva, la diferencia (en la ordenada al origen) es el gasto y las previsiones por el riesgo de incobrabilidad de sus préstamos. Para mantener el « calce», el corte de las curvas sobre el eje x debe ocurrir en un plazo del orden de dos años, en que cualquier banco sólido debería poder devolver los depósitos, si actuó bajo las normas prudenciales Standard.

Cuando existe una corrida, los bancos pueden echar mano en primera instancia a sus reservas líquidas, los encajes. Pero es risueño pensar en que un banco podría esperar hasta consumir todas sus reservas, antes de echar mano a otros recursos de liquidez; a nadie le gusta quebrar. Mucho antes necesita buscar liquidez suplementaria, para que las colas en las ventanillas no aumenten y sus clientes vuelvan a depositar los fondos en el sistema, que se autorregula de esta manera. Por el grado de peligrosidad de las regulaciones argentinas, no existe posibilidad de sustituir los requisitos de liquidez por préstamos contingentes de bancos internacionales, que están condicionados casi siempre a cierto uso de garantías del Banco Mundial y del BID. Para cambiar un activo (préstamos) por otro activo (caja), no existe un programa contingente de pases donde el BCRA haga swaps sobre obligaciones emitidas sobre su propia cartera, y se limita a efectuar pases contra Lebac o títulos públicos nacionales, con un magro resultado de 60 millones de dólares diarios en promedio desde que se iniciara la operatoria.

La política de liquidez sistémica de los bancos centrales tiene por objeto atenuar el impacto sobre la oferta de crédito doméstico de las fluctuaciones de corto plazo de los depósitos y otros pasivos de los bancos. Para ello obligan a las entidades a mantener requisitos mínimos de liquidez, asumiendo cada banco central el rol de prestamista de última instancia. De «última instancia» quiere decir nada más que existe siempre un prestamista «de primera instancia», que es el mercado de capitales, que está localizado en el mundo entero, no sólo en la Bolsa de Comercio. Pero las normas cambiarias dificultan el movimiento de capitales a través de la frontera para efectuar operaciones de regulación con entidades del exterior, y el terror de cualquier funcionario de bancos extranjeros es operar con cualquier cosa que esté cerca del gobierno argentino. No quiero poner en duda la responsabilidad del Banco Central argentino, pero cualquiera puede poner en duda la resistencia de un barco contra un iceberg después del Titanic. Las lapiceras de los reguladores argentinos pueden causar mucho daño, como lo demuestra la actual crisis con el sector agropecuario.

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