Había una vez un mundo con muchas plazas, y cada plaza tenía una calesita. Había calesitas nuevas, pero también las había viejísimas, de más de 100 años, de siglos pasados. Calesitas de diversos tamaños y formas, con decoraciones variadas, coloridas, y siempre con una caja musical interna para convocar más visitantes. Las plazas, además de ser el espacio para que las calesitas funcionaran, eran sitios de reunión para debatir grandes controversias y para expresar diferentes gustos y opiniones. Placeros y calesiteros llevaban las riendas de las sociedades.
La calesita de esta historia, única en su especie, tenía como ornamentos animales de juguete, personajes de películas y cuentos, medios de transporte en miniatura y otras cosas más. Para que la calesita se mantuviera en funcionamiento, cubriendo sus gastos y reparándose cada cierto tiempo, era necesario que la venta de tickets se incrementara constantemente, o por lo menos que nunca mermara. Cuantos más ingresos tuviera, mayor atractivo y un movimiento más estable y placentero para todos.
Lo curioso del caso es que los visitantes de esta calesita –que eran todos los que frecuentaban la plaza– conseguían su pase, la usaban, se divertían, incluso algunos saltaban por demás sobre los delicados dispositivos que subían y bajaban, pero a nadie, nunca, le importaba en qué estado de mantenimiento se encontraba el juego, si podría funcionar al día siguiente o si podrían cooperar para que los que vinieran detrás pudieran disfrutar de la misma manera que ellos. Qué preguntas eran esas, la calesita funcionaba, giraba todos los días, para todos, era un hecho.
Para el que no sabe, la sortija es un anillo de metal colocado en la punta de un mango que el calesitero sacude de un lado al otro frente a los visitantes de la calesita para que estos intenten agarrarlo. Quien logre atraparlo tendrá ventajas frente a los demás para él y su grupo: vueltas gratis, como primera medida. Normalmente, agarrar la sortija cuesta, pero no es imposible. Es un desafío, una ilusión, una herramienta de marketing. El truco de la sortija es avivar la llama de la expectativa y de la competencia entre los pasajeros de la calesita, para que vuelvan.
Ocurrió que un día, en nuestro lugar del cuento, la calesita comenzó a girar a una velocidad extrema e impredecible. Los caballitos, más móviles que los otros aparatos, subían y bajaban con gran frenesí –algunos incluso se soltaron, se fueron lejos—; los aviones, autos y barcos, que solían moverse apenas y eran los preferidos de los que odiaban el vértigo, temblaban y oscilaban en cualquier dirección. La música dejó de ser agradable y pasó a ser ensordecedora.
En la plaza, muchos se quejaban de los desperfectos y del peligro que podía provocar ese juego. Los ancianos, desde los bancos y a la sombra, aseguraban que todo aquello ya había pasado tres o cuatro veces –¡o más!–, que podía empeorar y que, por más que se arreglara, volvería a pasar. Otros que se sentían muy despabilados, aun con hijos y familiares subidos a la tromba, soltaban frases como “yo no me subiría”, “yo no confío”, “no pondría ningún esfuerzo y menos dinero en algo defectuoso”, “prefiero mirar para otro lado, tiene que haber otro juego”.
El placero y el calesitero –o sortijero, como todos lo llamaban–, por fuerza, cambiaron. Los nuevos vinieron con nuevas ideas y eso atrajo la mirada de placeros foráneos. Prometieron transformar la calesita barrial en un Carrusel, con mayúscula, con tres pisos, como son las mejores calesitas en otras partes del mundo, con música en otros idiomas, y promociones para toda la familia.
El proyecto no avanzó, pero algo había que hacer. En reiteradas oportunidades llamaron a técnicos de esas mismas otras partes del mundo para que arreglaran la calesita averiada. Con lo que sabían sobre carruseles, les sería muy sencillo, una pavada. Pero en las sucesivas inspecciones, los carruseleros resolvieron que esta calesita era inentendible: muchos engranajes que nada mueven, correas que no empujan, piezas faltantes o rotas, arreglos con alambre provisorios para siempre.
Ninguno supo explicar cómo seguía girando. Pero giraba.
Y siguió girando tal como era, algunos días más enloquecida que otros. Y como era previsible, empezó a vender cada vez menos tickets. La plaza se fue vaciando y sobre el ruido de fondo de la música se oyeron las críticas. Para unos, el problema era justamente esa maldita música, que mareaba más que las vueltas; para otros, la raíz del asunto estaba en el calesitero y en su maldita forma de ofrecer la sortija. Así pensaba la mayoría, también con diferencias internas. “La sortija hay que dársela al que no puede pagar otra vuelta porque no tiene”, se escuchaba, idea que coincidía con el comportamiento del último calesitero. “Esas vueltas gratis no son nada gratis, las pagamos todos y encima representan menos tickets vendidos y gente de otras plazas, que vienen a divertirse de arriba”, decían otros. El nuevo placero fomentaba la opinión de que las vueltas libres eran para los que trabajaban y se esforzaban para poder subir. Los que tenían trabajo y se esforzaban para poder subir festejaban esa claridad de miras.
Placero y calesitero trabajaban codo a codo. El primero daba las órdenes, y el segundo compartía las ganancias de la calesita para embellecer la plaza. En los días que cuenta esta historia, la plaza, en rigor de verdad, se veía renovada: canteros nuevos, árboles y flores, senderos, monumentos restaurados. ¿Cómo podía ser, si la calesita funcionaba cada vez peor? Sencillo, había otros placeros que se ofrecían a colaborar con dinero, poniendo algunas simples condiciones. El pase de la calesita debía subir el precio y la gente que no pudiera pagarlo, bueno, esa gente no podría acercarse. Y si se iban de la plaza, mejor.
Y así los visitantes fueron todas caras conocidas, compinches del placero y del sortijero, amigos de siempre, y aquellos colaboradores, que cada vez compartían menos y exigían más. El valor del pase trepó hasta las nubes, un día se atascó la caja musical y dejó de sonar (“¡qué alivio”, decía la gente), y, como nadie mantenía la parte mecánica del juego, aunque por fuera siempre estuviera recién pintado, el paso del tiempo hizo lo suyo y los engranajes empezaron a oxidarse. Hubo días en que la calesita no arrancó y todos maldijeron su suerte, al aparato, al placero y al calesitero que les había tocado. En ninguna otra plaza del mundo pasaba lo mismo. Sin ir muy lejos, en las plazas vecinas, las calesitas nunca paraban, giraban tranquilamente y nadie estaba alterado.
De este modo llegamos al clímax del relato: el día que la calesita de la plaza apareció dada vuelta. Sí, dada vuelta, invertida, patas para arriba. Nadie sabe cómo, de la noche a la mañana, la que giraba sobre su base en el sentido de las agujas del reloj se volteó sobre sí misma y ahí quedó, girando todavía, ¡con personas adentro!, como un trompo. Los caballitos cayeron precipitadamente y quedaron colgando, los aviones y autos se desencajaron y algunos dijeron que si no los cambiaban por otros, nunca iban a volver a funcionar. Nadie creyó que la calesita pudiera seguir andando de esa manera mucho tiempo más. Aunque la música repentinamente había regresado, era evidente que los engranajes trabajaban forzados y que todo el mecanismo podría romperse para siempre.
“¿Cómo hacer para estabilizarla ahora?”. “La culpa la tiene el nuevo placero”. “No, el nuevo calesitero”. “No, el sortijero”. “¿No son lo mismo...?”. Así discutían los de afuera. Las personas que quedaron atrapadas no podían bajarse. “Aférrense a lo primero firme que encuentren, no se muevan demasiado”, “Al contrario, acomódense en los mejores lugares que esto se resuelve en cualquier momento y ahí sí no los para nadie”, fueron los consejos, que se oyeron intermitentemente hasta el final de los días.
El cuento no tiene un cierre con platillos, termina más o menos así. Pero podemos recordar qué sucedió con los protagonistas: los que tenían tickets comprados quisieron devolverlos. Si algo le quedaba de alegre a la principal atracción de la plaza, ya pocos podían verlo. Se hicieron apuestas acerca del futuro de la calesita. Corrieron rumores de que las plazas vecinas le habían bajado el pulgar y que ya estaba sentenciada. Los visitantes antiguos y los nuevos añoraron por siempre los tiempos maravillosos de la plaza, cuando la calesita giraba en todo su esplendor y era un ejemplo, y atraía suspiros, y despertaba pasiones, y se podía pagar. ¿Y el placero y el sortijero?
Al placero lo vieron tres meses deambulando por la plaza, perdido, sin tener muy claro si se iba o se quedaba. El calesitero siguió custodiando la calesita otro tanto, regalándole la sortija al primero que estirara la mano, a ver si de esa manera, mágicamente, todo volvía a su lugar...
(*) Analista de mercados - #ellobobuenodelacity
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