Ya decía la escolástica aristotélico tomista que la violencia (la coacción, la coerción) es siempre destructiva.
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Muchos dicen que esta crisis en los mercados financieros está enraizada en los hábitos prestamistas del pequeño ahorrista y en rasgos estructurales del mercado. Lo que podría terminar en un ciclo recesivo, tras cinco años de crecimiento global a 5%, y podría perjudicar seriamente a la Argentina, cuyo «crecimiento» resultó de la bonanza exterior y no de las mediocres políticas locales.
Pero los verdaderos culpables son los bancos centrales, que no son sino agencias estatales surgidas de la coacción estatal (curso forzado, regulaciones, cobro de impuestos, etc.). El dinero fácil invita al gasto y al consumo, que acentúa el «crecimiento» económico a costa de la capacidad futura de pago. La Fed de la era Greenspan mantuvo una tasa artificial (no surgida naturalmente del mercado) e irresponsable a niveles tan bajos como 1%, provocando esta burbuja inmobiliaria.
Como señala Jaime Pozuelo Monfor, la euforia vivida por la banca de inversión provocó que Wall Street y la city londinense lanzaran credit default obligations (CDO), vehículos que compran hipotecas ( muchas veces «subprime»), las empaquetan y estructuran, y venden troceadas en bandas de distinto nivel de riesgo y rentabilidad, contagiando a buena parte del mercado con el riesgo hipotecario.
Luego la Fed comenzó, también artificialmente, a aumentar esta tasa hasta 5,25%. Los bancos restringieron los créditos, las ventas bajaron y las hipotecas de riesgo aumentaron la morosidad. Las solicitudes hipotecarias disminuyeron 0,3% en la semana terminada el 27 de julio, el nivel más bajo en cinco meses. El consumo en EE.UU., responsable de más de 70% del PBI, se desaceleró en junio.
Extensión
Como señala David Cano, director de Análisis Económico de AFI, la recesión del mercado inmobiliario comenzó hace dos años, pero estas distorsiones ahora se intensificaron, lo que se extendió a otros mercados.
Milton Friedman decía que solemos asignar a la política monetaria una capacidad de solucionar problemas económicos que no tiene. La semana anterior los bancos centrales, particularmente en Europa, inyectaron una cantidad de dinero récord. La crisis se profundizó. El anuncio del viernes 17, por parte de la Fed, de bajar en 50 puntos básicos la tasa interbancaria trajo otra euforia que, como toda euforia, promete ser fugaz.
Por cierto, estas crisis financieras no son pavadas. El volumen mundial de capital (acciones, bonos y depósitos bancarios) llegaría en 2010 a la friolera de u$s 214 billones, 53% sobre su nivel de 2005 de u$s 140 billones, que ya triplicaba el PBI mundial. En 2006, la venta de acciones y de instrumentos bursátiles llegó al récord de u$s 680 mil millones, 28% sobre 2005, mientras que el capital de riesgo captó u$s 322 mil millones en Europa y EE.UU., y la venta de bonos internacionales llegó a u$s 2,86 billones, 13% sobre 2005.
Un país sin banco central es una realidad en Panamá, que, desde 1970, ha ocupado el primer o segundo lugar mundial en el índice del Instituto Fraser, en Fortaleza Monetaria. Su inflación promedio desde 1986 habría sido de 1%. Según su Constitución, desde 1904, «No habrá... papel moneda de curso forzado». O sea que la moneda que se utilice, el dólar por caso, queda determinada por el mercado.
Sin banco central no hay prestamista de última instancia, ni seguro de depósitos, ni se manipulan las tasas de interés; ergo, los bancos deben actuar responsablemente al otorgar créditos para subsistir. La macroeconomía panameña es la única en Latinoamérica que nunca sufrió colapsos financieros. En esta crisis global, la Bolsa de Panamá, entre el 10 de julio y el 16 de agosto, subió 0,35%.
Según David Saied Torrijos, director en el Ministerio de Economía de Panamá, los países que siguen sosteniendo bancos centrales y la moneda de curso forzado deberían estudiar el caso panameño que, por más de 100 años, ha producido una macroeconomía extremadamente estable.
(*) Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California.
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