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25 de octubre 2026 - 00:00

El rebote que no fue

El deterioro del EMAE en julio y agosto confirma que el estancamiento no fue un bache pasajero, sino el síntoma de una profunda desarticulación macroeconómica.

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El ministro de Economía Luis Caputo.

Mariano Fuchila

La idea de que la actividad económica atravesaba un mero traspié estacional se desmoronó con la publicación de los datos oficiales. Tras la contracción del Producto Bruto Interno del 0,6% en el segundo trimestre, el Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) del INDEC encendió las alarmas al registrar en julio un desplome mensual del -2,8% (corregido desde el -2,9% inicial). Para hallar una magnitud de caída comparable en la serie histórica, resultaba indispensable remontarse a los momentos más agudos de la paralización por la pandemia.

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Frente a la contundencia de las cifras, la narrativa oficial apeló a explicaciones basadas en factores exógenos. Fue el propio ministro de Economía quien esbozó una justificación centrada en shocks de carácter estrictamente transitorio, atribuyendo la pérdida de dinamismo a inclemencias climáticas —como un régimen de lluvias inusual— y a la distracción de la demanda asociada a la agenda de los partidos del mundial. Desde las usinas gubernamentales y voceros afines se prometió un rápido rebote para el mes de agosto que absorbería gran parte de la caída. Sin embargo, los datos desmintieron esa hipótesis: agosto mostró una recuperación marginal de apenas el 0,1% mensual. La escasa magnitud del repunte anuló cualquier posibilidad de revertir el saldo del tercer trimestre, dejando a la economía al borde de ingresar formalmente en una nueva recesión.

El tercer trimestre

La importancia de este diagnóstico trasciende la coyuntura inmediata. A tres años del inicio del actual programa económico, la persistencia de la debilidad en los índices de actividad demuestra que el problema de fondo no reside en perturbaciones de oferta ni en factores climáticos, sino en una insuficiencia severa de la demanda agregada interna. Con una caída acumulada del -3,9% en lo que va del año y un registro interanual del -1,74$ en el que apenas 5 de los 16 sectores relevados por el INDEC muestran signos positivos, la economía enfrenta un cambio estructural de matriz productiva sin amortiguadores.

El diseño del esquema vigente dirigió los incentivos desde el primer día hacia las actividades volcadas al comercio exterior, priorizando la exportación de materias primas donde el país ostenta ventajas comparativas. Aunque la búsqueda de eficiencia externa no constituye un error conceptual en sí mismo, la estrategia adoleció de una falla crítica de gestión: abandonar a las actividades orientadas al mercado interno a un proceso de adaptación forzosa, sin programas de reconversión productiva ni incentivos que administren la transición.

La trampa de la oferta: el deterioro en el núcleo del mercado interno

La vulnerabilidad del modelo se manifiesta en el núcleo de la estructura económica urbana. A penas tres sectores —Construcción, Industria Manufacturera y Comercio— explican el 35% de la economía nacional y sostienen el 45% del empleo privado registrado. En la medición interanual, estas tres actividades registraron caídas del -2,5%, -3,5% y -3,2% respectivamente.

Cuando los sectores que generan la mayor parte del valor agregado doméstico y emplean a casi la mitad de los asalariados formales entran en terreno negativo, el flujo de ingresos de las familias se contrae en forma directa, realimentando el círculo vicioso de menor consumo y menor nivel de actividad.

La disociación del mercado de trabajo en tres bloques productivos

Al examinar la dinámica del empleo a lo largo de estos tres años de programa económico, queda al descubierto una profunda asimetría. La reactivación de los sectores "ganadores" no alcanza a compensar la destrucción de mano de obra en el resto de la estructura productiva. La economía argentina ha quedado configurada en tres bloques laborales claramente diferenciados:

El rubro de mejor desempeño en estos tres años ha sido el de Minería y Petróleo (+27,8%). Este crecimiento se explica en gran medida porque las inversiones que llevan más de una década en Vaca Muerta comenzaron a dar sus frutos, logrando revertir la balanza energética y consolidando un superávit comercial a través de fuertes exportaciones. Sin embargo, a pesar de este salto operativo, la plantilla del sector se redujo en 7.200 puestos de trabajo. Un fenómeno similar ocurrió en Servicios Financieros —sector que hoy ya no atraviesa su mejor momento— y en Hotelería y Restaurantes, los cuales, a pesar de expandirse un +21,4% y +19,5% respectivamente, perdieron 9.500 y 12.900 empleos.

La excepción dentro del mapa de ganadores se limita al sector de Agricultura y Pesca, que logró una mejora del +11,8% en su nivel de actividad y sumó 13.000 puestos laborales. A este grupo se añade el sector de Enseñanza, que mostró estabilidad al crecer un +0,4% y sumar 400 empleos.

En la otra orilla, las actividades vinculadas al mercado interno sufrieron la mayor sangría laboral. La Industria Manufacturera y la Construcción explican por sí solas la pérdida de 155.000 puestos de trabajo registrados, consolidando la destrucción neta de empleo formal en el país.

El dilema político y económico ante un horizonte sin motores de arranque

Hacia adelante, las perspectivas no muestran signos de aceleración. De acuerdo con proyecciones privadas de la consultora Equilibra, la actividad económica en septiembre registró un avance de apenas el 0,5% mensual, lo que dejaría una contracción acumulada para el tercer trimestre de -2,2%. De confirmarse estos números en la medición oficial, el PBI habrá anotado una nueva caída trimestral, ratificando el ingreso formal en una fase recesiva.

El consumo privado continúa paralizado por la pérdida de poder de compra y la precarización del mercado de trabajo. La inversión tampoco logra actuar como motor de arranque: si bien se anunciaron proyectos bajo el régimen del RIGI, los desembolsos se realizan por etapas y sus efectos en la economía real tardarán en materializarse. El esperado efecto derrame desde los sectores primarios exportadores hacia el resto de los rubros demuestra ser insuficiente para compensar el enfriamiento general.

Este escenario coloca al Gobierno frente a una decisión ineludible en vísperas de un año electoral. Con la economía real enviando señales de agotamiento, se abren dos interrogantes centrales para los agentes económicos: el primero es si el Poder Ejecutivo introducirá modificaciones tácticas en su programa para estimular la demanda interna; el segundo es si, en caso de implementarse, los resultados llegarán a tiempo antes de que los ciudadanos concurran a las urnas.

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