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20 de septiembre 2007 - 00:00

El recorte de la Fed: ¿demasiado para nada?

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Carl Von Clausewitz decía que «un salto corto es, sin duda, más sencillo que uno largo. Pero nadie que quisiera cruzar un foso ancho empezaría por saltar hacia su centro». Está claro que la Reserva Federal decidió dar un «salto largo» aun siendo más difícil. Está claro, además, que la cuestión central es alejar cualquier riesgo de recesión en Estados Unidos y restaurar la confianza en los mercados de capitales. Para muchos ha sido «too much, too early», preocupados por la inflación, la debilidad del dólar y, adicionalmente, «el riesgo moral» de salvar siempre a Wall Street de sus malas percepciones de riesgo. Para otros, a los que sigo con atención, más que «demasiado muy temprano» es «demasiado para nada».

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Esta crisis financiera no tiene a los bancos en el epicentro del terremoto. Es cierto que algunos bancos están en problemas. Pero los problemas se derivan de una crisis en el hiperlíquido mercado de capitales. Me explico. El boom de liquidez de los últimos años por su origen y mecanismos asociados aceleró el proceso de « desintermediación» del sistema financiero mundial. En realidad, de «destintermediación» del riesgo. Los bancos internacionales se transformaron en «grandes supermercados» que colocaban préstamos diversos, en especial hipotecarios, pero no exclusivamente hipotecarios, cuya materia prima central no surgía de los depositantes, sino de los grandes fondos de inversión, de pensión, de cobertura, etc. que les compraban sus carteras de préstamos, transformadas en bonos y otros complejos instrumentos ideados por los nuevos «muchachitos» de la película. Unos jóvenes Ph, en Matemáticas, que modelizaban riesgo y diseñaban instrumentos para atomizarlo y distribuirlo «a prueba de default». Dicho de otra manera, y generalizando, por supuesto, el dinero llegaba a los fondos. Estos, para colocarlo y obtener alta rentabilidad, se lo pasaban a los bancos. Con esas hipotecas, los Ph en Matemáticas diseñaban instrumentos que se reciclaban en el mercado de capitales. Salvando las distancias, la plata no iba a los Carrefour o los Wal-Mart, sino que iba a los Unilever, Coca-Cola o Nestlé. Pero los Unilever con esos fondos pueden producir más productos, hacer marketing, publicidad, etc. pero, finalmente, necesitan de los Carrefour o los Wal-Mart para vender los productos y hacer las ganancias.

Obviamente, como los bancos están sujetos a mayores regulaciones que los fondos, también ellos «derivaron» su propio dinero y el de algunos de sus depositantes al negocio de los instrumentos que se habían inventado. La crisis empezó, entonces, cuando los grandes fondos que se dedicaban a este negocio indicaron que estaban ganando menos de lo esperado, e incluso algunos estaban perdiendo plata, dada la suba de la morosidad en el mercado de hipotecas subprime, y el freno al crecimiento del precio de los inmuebles en Estados Unidos (el valor de los activos inmobiliarios se triplicó entre 1997 y 2006). Allí, los que alimentaban esos fondos decidieron retirar y, por contagio e ignorancia respecto de quién tenía estos instrumentos, y por qué montos, todos sufrieron el castigo y el crédito se cortó. El problema, entonces, no está en los bancos. Al menos, no en los bancos que tienen gran diversidad de productos y que, siguiendo con el símil, fabrican su «marca propia». El problema está en los fondos, en los proveedores, y en los bancos que se fondeaban, principalmente, con estos fondos. Y aquí surgen las preguntas: ¿ bajar las tasas de interés y asegurarles liquidez a los bancos alcanza cuando el problema está afuera de los bancos? ¿Será suficiente enviar una señal a los supermercados, para que los que financian a sus proveedores vuelvan a la tranquilidad? ¿No estará la Reserva Federal usando un instrumento que servía para una corrida bancaria, pero que no sirve para una corrida contra los fondos? Si el problema era de falta de información respecto de quién tiene los «bonos malditos» y cuánto han perdido, ¿alcanza con asegurar liquidez para despejar la incertidumbre de los grandes inversores? Si todas las respuestas a estos interrogantes son positivas, veremos una mejora en las condiciones financieras internacionales, tasas bajando y, probablemente, la «nueva burbuja» en algún otro mercado surgiendo, y las pérdidas en el mercado inmobiliario absorbiéndose lentamente. Con menor crecimiento y el ansiado «aterrizaje suave». ¿Pero si las respuestas a estas preguntas son negativas? Más allá de la euforia de estos días, todavía falta mucho para superar la crisis. Y bajar tasas puede no ser la solución para evitar una recesión en Estados Unidos, con sus consecuencias en el mercado global. ¿Mi opinión? Me extraña, ya sabe que eso... es otro precio.

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