Desde el año pasado, la oposición se debate entre la conveniencia de la unidad para enfrentar a Kirchner en la próxima elección presidencial y el mantenimiento de la individualidad de las respectivas fuerzas políticas entre las que se han producido, como es natural, algunas confluencias parciales.
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La sorpresiva derrota del oficialismo en la consulta de Misiones, el año pasado, se atribuye a la unidad de la oposición y ello refuerza las opiniones en pos de un acuerdo entre Macri, Carrió, Lavagna, López Murphy y Sobisch (los potenciales integrantes de la oposición).
Sin embargo, no puede omitirse que una cosa es un referéndum sobre la reelección indefinida frente al cual es muy fácil el acuerdo para oponerse y otra muy distinta el proyecto de hacerse cargo de la administración del país en un período que se avizora de fuertes turbulencias por el agotamiento del actual modelo (inflación, atrasos jubilatorios, salariales y tarifarios, etc.). El dramático recuerdo de la frágil Alianza para afrontar la crisis de 2001/2002 todavía causa escozor. ¿Cuánto durarían los acuerdos que pudieran lograrse para enfrentar a Kirchner?, ¿cuánto duraron los que se cerraron para enfrentar a Menem?
Por otra parte, las opiniones a favor de un acuerdo de la oposición no profundizan en el funcionamiento del extraño sistema de elección presidencial argentino. En mi opinión y a la práctica me remito, se trata de un sistema de ballottage de una sola vuelta. ¿A qué me quiero referir con ello? A que por no ser un típico sistema de doble vuelta, si ninguno de los candidatos llega a 50% de los votos, no funciona como lo diseñaran los franceses.
En el ballottage original la ciudadanía supone que es muy poco probable que algún candidato (sobre todo si hay más de dos) llegue a 50% de los votos y por eso puede sentirse libre de votar por sus convicciones en la primera elección y optar por el menos malo en la segunda vuelta.
En el sistema argentino, en cambio, sólo un mago puede saber si algún candidato obtendrá más de 45% o si, obteniendo más de 40%, tiene más de diez puntos porcentuales de diferencia con su inmediato perseguidor. En consecuencia, en una elección normal, como fueron la reelección de Menem y la elección de De la Rúa, la ciudadanía votó en la primera vuelta como si fuera la segunda: eligió al que consideraba menos malo en dichas circunstancias y no hubo segunda vuelta.
El único ejemplo de elección por las convicciones en la primera vuelta se dio en el año 2003, cuando ganó Menem pero estuvo muy lejos de alcanzar el piso mínimo para evitar la segunda vuelta. Sin embargo, entonces tampoco hubo segunda vuelta; pese a que Kirchner era un candidato poco conocido por gran parte de la población, el sentimiento anti-Menem que parecía prevalecer lo hizo desistir de la segunda vuelta y entonces se dio la paradoja de que asumiera un presidente que no había cumplido el requisito de ganar la primera vuelta con más de 45% de los votos o más de 40% con una diferencia superior a diez puntos con el segundo, ni haber ganado la segunda vuelta, que tampoco hubo.
No puede omitirse en el análisis que la decisión de Duhalde de que el peronismo no presentara candidatos y que sus tres precandidatos presidenciales fuesen directamente a la elección general fue la base de tal cuadro de situación. Sin duda insólito.
Ahora bien, si la oposición se uniera, le haría el máximo favor al gobierno ya que al polarizarse la elección le resultaría más fácil alcanzar el umbral de 45% o lograr 40% y una diferencia de diez puntos.
Por el contrario, si la oposición presentara muchos candidatos, le resultará más difícil al oficialismo convencer a la ciudadanía que debe adelantar su opción a la primera vuelta y abandonar sus convicciones, ya que entre muchos candidatos fuertes sería poco probable que uno de ellos supere 40%.
Si el oficialismo se ve a sí mismo como de centroizquierda, ¿en qué espectro están Carrió o Lavagna?, ¿a quién le sacarían votos si no al oficialismo?, ¿quién fue el artífice del actual modelo económico del que están tan orgullosos? Evidentemente, no son más que Kirchner y Lavagna quienes pueden aspirar a ese sitial y entre ellos dirimirían los votos de ese espacio. Por el contrario, si se unieran Macri y Lavagna, Kirchner se quedaría con su espacio intacto sin perder nada a manos de su ex ministro, excepto por lo que perdiera a favor de Carrió (no olvidemos que Ocaña, Timerman y varios funcionarios del oficialismo fueron del ARI), y si también Carrió se uniera al polo opositor, perdería muchos de sus votos potenciales a favor del oficialismo, entronizado a sí mismo como expresión del progresismo, ya que no hay duda de que para ese grupo de pensamiento una alianza de Carrió con Macri sería vista como una claudicación.
En síntesis, la única posibilidad de que esta vez haya segunda vuelta radica en que la oposición no caiga en la tentación del rejuntado y, por el contrario, afirme sus postulados y ofrezca a la ciudadanía propuestas diferentes entre las que pueda votar en una primera vuelta por convicción y no por conveniencia; de lo contrario, se ratificarán las razones para calificar a nuestro sistema electoral como un ballottage de primera vuelta.
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