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19 de septiembre 2026 - 00:00

La economía frena su marcha: qué esconde la caída del 0,6% del PBI en el segundo trimestre

El desplome de la inversión y el gasto de los hogares revelan un freno estructural. El dogma del déficit cero enfrenta su prueba más ácida.

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Sin un incremento estructural de la competitividad sistémica, no habrá incentivos para la creación de nuevas empresas. Y sin inversión del sector privado, la generación de empleo de calidad y la recuperación del salario real son quimeras.

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Los recientes datos publicados por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) sobre el nivel de actividad del segundo trimestre del año exponen una radiografía inequívoca de la macroeconomía argentina. Lejos del optimismo retórico, las cifras de las cuentas nacionales marcan un retroceso trimestral del Producto Bruto Interno (PBI) del 0,6%. El desglose de esta caída es aún más elocuente: el consumo privado retrocedió un 2,4%; el consumo público, un 2,3%; la inversión cedió un 0,8%; y las importaciones se contrajeron un 3,5%. El único vector con signo positivo fue el frente exportador, con un alza del 2,5%.

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En un contexto en el que la administración central ensaya narrativas de reactivación basadas en evidencias anecdóticas —como el tránsito peatonal en la avenida Corrientes un sábado por la noche o la concurrencia a centros comerciales durante un fin de semana con bajas temperaturas—, los fríos números imponen un baño de realidad. Este retroceso no es un mero bache estadístico, sino la confirmación de una dinámica recesiva adelantada por indicadores sectoriales y por el propio Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE). De cara al próximo calendario electoral, el Gobierno se enfrenta a un desafío estructural: la economía real no tracciona, el ancla fiscal impide el estímulo clásico y el deterioro del ingreso disponible esteriliza cualquier intento de reactivación.

El colapso del ingreso disponible y el fin del efecto rebote

El dato más alarmante del informe es, sin dudas, el desplome del 2,4% en el consumo privado. Para comprender la gravedad de esta cifra, es imperativo analizar la serie histórica reciente. En los cuatro trimestres previos, este componente mostraba variaciones positivas del 1,8%, 0,4%, 0,9% y 0,5%, respectivamente. La caída del segundo trimestre borra de un plumazo el tenue crecimiento acumulado en los tres períodos anteriores, devolviendo el nivel de consumo de los hogares a los valores registrados en el segundo trimestre del año pasado.

Desde la teoría macroeconómica, el consumo privado representa históricamente más de dos tercios de la demanda agregada en la Argentina. Su severa contracción refleja un impacto altamente regresivo: cuando la inflación erosiona los salarios reales, son los deciles de menores ingresos —con mayor propensión marginal a consumir— los que se retiran del mercado. La economía se encuentra frente a un estrangulamiento del poder adquisitivo que no puede ser enmascarado por mediciones de sentimiento. Si bien en la medición interanual el PBI aún exhibe un crecimiento del 2%, la tendencia es de una desaceleración implacable: la evolución de los últimos trimestres —6,5%, 3,2%, 2,2%, 2,4% y 2%— confirma que el freno de mano está puesto.

La inversión paralizada y el diagnóstico equivocado del crédito

El panorama de la Formación Bruta de Capital Fijo no ofrece mayor consuelo. La inversión anotó su quinto trimestre consecutivo de caída. Aunque la velocidad de esta baja trimestral se desaceleró marginalmente —0,8%—, en términos interanuales el desplome se mantiene en un crudo 11,1%. Las empresas no amplían su capacidad instalada frente a un mercado interno deprimido y una incertidumbre macroeconómica que eleva las tasas de descuento de cualquier proyecto de expansión.

Frente a esta parálisis, la reacción del Gobierno ha sido apelar a herramientas financieras. Se ha instado a las entidades bancarias a renegociar las carteras con deudores morosos; se intentó dinamizar el mercado inmobiliario mediante la licitación de fondos del Fondo de Garantía de Sustentabilidad (FGS) para créditos hipotecarios; y la banca pública —liderada por el Banco Nación— lanzó líneas para la adquisición de vehículos. Sin embargo, estas medidas adolecen de un error de diagnóstico fundamental: atacan la oferta en un mercado en el que el problema radica en la demanda.

Las líneas de crédito para consumo y automotores resultan extremadamente caras en términos de tasas de interés reales positivas. El estancamiento en la originación de nuevos créditos hipotecarios no obedece a una falta de liquidez en el sistema financiero ni a la ausencia de recursos en los bancos. La barrera es la solvencia del tomador. Ofrecer refinanciación a morosos es una medida prudencial razonable para limpiar los balances bancarios, pero no inyecta nuevos flujos de caja en la calle. No existe ingeniería financiera capaz de suplir la destrucción del ingreso disponible de las familias.

La trampa del equilibrio fiscal ante la recesión

El dogma del déficit cero, pilar innegociable del actual programa económico, comienza a mostrar los costos ocultos de su implementación en medio de una contracción. Desde la órbita de las finanzas públicas, la decisión ideológica y contable de no impulsar la demanda agregada implica el desmantelamiento de la obra pública y la licuación de partidas, lo que explica, en gran medida, la caída del 2,3% en el consumo público.

No obstante, la recesión está comenzando a pasarle factura a la recaudación de la Agencia de Recaudación y Control Aduanero (ARCA). La curva de ingresos fiscales en términos reales exhibe un severo sesgo contractivo. Aunque en agosto el Tesoro logró mostrar un superávit financiero, la foto del acumulado anual revela una dinámica preocupante: los ingresos del Estado cayeron 0,6 puntos porcentuales del PBI, mientras que los gastos se redujeron 0,4 puntos porcentuales. Este diferencial provocó una reducción nominal del superávit financiero del orden de los $980.252 millones. En términos llanos, la caída de la actividad está canibalizando el esfuerzo del ajuste fiscal.

Un frente externo hostil y el riesgo de la recesión técnica

La histórica dependencia de la economía argentina del contexto internacional añade un factor de presión adicional. Si bien la balanza comercial aporta la única métrica positiva del PBI —impulsada por un alza del 2,5% en las exportaciones— y los términos de intercambio se mantienen en niveles aceptables, el clima financiero global ha comenzado a virar. La persistencia de los índices de inflación en Estados Unidos ha forzado nuevas subas de tasas de interés por parte de la Reserva Federal esta semana, mientras el mercado descuenta ajustes adicionales antes de fin de año.

Este endurecimiento de la política monetaria estadounidense tiene un doble efecto pernicioso para la Argentina. En lo financiero, presiona sobre los rendimientos de la deuda soberana y eleva el riesgo país, alejando aún más la posibilidad de retornar a los mercados voluntarios de crédito. En la economía real, un dólar global fortalecido impacta directamente a la baja en la cotización de los commodities agrícolas, amenazando la rentabilidad del sector exportador y limitando el ingreso futuro de divisas vitales para sostener la estabilidad cambiaria.

De cara al tercer trimestre, los indicadores adelantados anticipan una profundización del escenario contractivo. Los despachos de la industria, los índices de la construcción, la producción minera y el consumo de servicios públicos mantienen trayectorias a la baja. Técnicamente, dos trimestres consecutivos de caída del PBI desestacionalizado configuran una recesión. Dado el flojo arranque del período actual, es altamente probable que la economía cierre el año oficializando este estatus y prolongando una tendencia declinante iniciada en 2023.

La encrucijada es clara: sin un incremento estructural de la competitividad sistémica, no habrá incentivos para la creación de nuevas empresas. Y sin inversión del sector privado, la generación de empleo de calidad y la recuperación del salario real son quimeras. El Gobierno deberá decidir si confía su capital político a un rebote autónomo que los datos duros desmienten o si ajusta su instrumental de política económica antes de que la recesión técnica dicte la agenda del próximo año electoral.

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