Rezaba el Manifiesto del 18 que la juventud de Córdoba se levantó contra una universidad donde «...las funciones públicas se ejercitaban en beneficio de determinadas camarillas...»; donde «...no se reformaban planes ni reglamentos por temor de que alguien en los cambios pudiera perder su empleo...»; contra un sistema en que «...la consigna de 'hoy para ti, mañana para mí' corría de boca en boca y asumía la preeminencia de estatuto universitario...». Hoy la Federación Universitaria de Buenos Aires repite más o menos un reclamo similar, paradójicamente cuando rige en pleno la misma reforma que vendría a solucionar los males que se denuncian. ¿Habrá que asumir que la «reforma» fracasó?
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También en Córdoba se decía querer más ciencia, pero en realidad el fondo del reclamo estudiantil, igual que hoy, era moral. La ciencia, razón de ser de la misma universidad, está ausente del reclamo.Y hoy como hace cien años el problema sustancial de la universidad argentina espera ser resuelto.
Evidentemente la universidad argentina es chica. Hasta 2005 contábamos con 858.222 profesionales matriculados, lo que equivale a 2,4% de nuestra población. En total, menos de 17% de los adultos en la Argentina estudió algo luego del secundario, contra 52% en Estados Unidos. Cualquier país desarrollado triplica nuestros números, y aquellos que pretenden desarrollarse invariablemente se ocupan por extender la educación superior. Sin embargo la «reforma» fracasó en este aspecto, al menos en los últimos 30 años. Dos censos muestran que la inclusión universitaria en este período fue muy pobre, a pesar de los extraordinarios esfuerzos de universidades del conurbano y el interior del país.
Pero no sólo la universidad es poca, sino que funciona mal. Alemania contaba en 2005 con 133.113 abogados y la Argentina con 148.000. Uno de cada cinco profesionales en la Argentina es médico. Los ingenieros representan únicamente 8% de los profesionales mientras que tenemos 154 psicólogos cada 100.000 habitantes, contra 65 en el resto del mundo.
Deterioro
También se fracasó en la inclusión social. Siguen estudiando más los ricos. Además, desde lo pedagógico, que sólo uno de cada cinco alumnos se gradúe parece no importarle a nadie. Todo esto viene sucediendo hace por lo menos 90 años (Houssay lo denuncia en 1921). Por otro lado, la calidad de nuestra universidad cuanto menos viene sufriendo un serio deterioro.
Entre 1999 y 2004 publicamos tan sólo 45 trabajos originales en las diez revistas más importantes de biomedicina del mundo (0,27% del total). La Argentina produce menos que la mitad de ciencia que Brasil; nuestra producción científica no aumenta desde hace cuatro años, tiempo durante el cual en Brasil se duplicó; ningún argentino figura entre los cincuenta investigadores médicos más citados del mundo (y nos llenamos la boca con el «nivel de la medicina argentina»); nuestros aportes científicos son escasamente citados por colegas de la comunidad global, y por cada investigador viviendo en el país hay dos en el exterior.
La FUBA corporativiza la universidad, y eso es entendible. La raíz misma del fenómeno universitario es gremial. En el latín medieval la palabra «universitas» venía a significar algo así como «la totalidad de...» o «todos los...», o «la suma de...». Podía hablarse de la universitas de panaderos, o la universitas de carpinteros, o de la «universidad de maestros» de París, que no fue otra cosa que la corporación de los maestros y alumnos de filosofía, lógica y teología, que enseñaban en tabernas y departamentitos del pobre «barrio latino».
El gremio medieval era una institución profundamente docente con autoridades elegidas en forma bastante democrática. De hecho el rector de la universidad de París era un alumno y los mismos estudiantes se encargaban de los programas y la disciplina. Luego, el gobierno estudiantil no es nada extraño al espíritu universitario. Lo que sí es extraño es el reclamo moralino y la falta de diálogo. Con esto muere el propio gremialismo, lo que podemos constatar de manera experimental en nuestro territorio nacional.
FUBA y Consejo equivocaron los fundamentos de la misión política de lo universitario. Cuando los pensadores del Iluminismo demostraron que el progreso del conocimiento va de la mano del progreso en la política, allí nació la universidad moderna. El Iluminismo intentó reestructurar la vida política e intelectual de manera que cayese bajo la supervisión de la filosofía y la ciencia. Así, la educación superior proveyó los fundamentos para la democracia liberal y fue reservorio de sus principios. Pero esto a condición de comprometerse con la verdad científica, cosa que, según las afirmaciones de nuestros investigadores más relevantes, aquí se olvida. El principal aporte de la universidad a la vida política nacional viene de su misión científica y no de su «piqueterización».
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