Por otro lado, el estatismo ha frenado la producción en varios países. Por caso, debido a que el gobierno kirchnerista impuso toda clase de restricciones basadas en el poder represivo estatal (precios máximos, cupos a las exportaciones, retenciones, etc.), en los últimos diez años las exportaciones cárnicas argentinas aumentaron sólo 20%, cuando el comercio global creció 37% y ahora, con las prohibiciones, va para peor.
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Desde 2003, el valor del futuro de maíz en Chicago creció alrededor de 115%, el de soja 160% y el del trigo 212%. Por caso, en España la leche aumentó 25% durante 2007 y el pan 15%. En Colombia el precio de los alimentos se incrementó 35% durante 2007 y algo similar ocurrió en la Argentina. Para los chinos, la alimentación cuesta 18,2% más que en enero de 2007. El aumento del IPC en Singapur llegó al máximo en 25 años.
Según «The Economist», el índice de precios de los alimentos en el mercado global ha llegado a su mayor nivel desde 1845, cuando empezaron los registros. Desde octubre de 2007, los precios aumentaron 41% en el mundo.
A raíz de esto, la ONU advirtió seriamente acerca de una «crisis alimentaria», mientras que la Unión Europea señaló que las prohibiciones o trabas a la exportación de alimentos provocarían una suba en el precio y una hambruna en los países pobres.
Contrariando a Malthus, gracias al desarrollo tecnológico se produce mucho más, aun cuando se emplean menos personas (6% de los trabajadores contra 85% en 1850). La cosecha mundial de granos superó los 1.600 millones de toneladas en 2007, 90 millones más que el récord histórico de 2006. Es decir que la producción crece a más de 5% anual, cuando el crecimiento poblacional no llega a 2%.
Lo que sucede es que, al aumento poblacional, hay que sumarle que, en los últimos cinco años, el crecimiento del ingreso real per cápita global fue, en promedio, de 4,3% anual.
Por un lado, la apertura de países, como China, hacia la economía de mercado ha provocado que crezca más el poder adquisitivo, ergo, la demanda de alimentos, que la producción global, induciendo un desplazamiento de los alimentos de los países más pobres, los más cerrados a la economía de mercado, hacia China.
Carnes
Por otro lado, el estatismo ha frenado la producción en varios países. Por caso, debido a que el gobierno kirchnerista impuso toda clase de restricciones basadas en el poder represivo estatal (precios máximos, cupos a las exportaciones, retenciones, etc.), en los últimos diez años las exportaciones cárnicas argentinas aumentaron sólo 20%, cuando el comercio global creció 37% y ahora, con las prohibiciones, va para peor.
La Argentina es el octavo productor mundial de alimentos, gracias a que su sector agroalimentario es el más competitivo del mundo por su innovación, tecnología y productividad, a la par de EE.UU., cosa que el actual gobierno está destruyendo, rápidamente, gracias a una abusiva e inmoral política tributaria.
Sumado a un control policial de la economía, según datos oficiales (muy benévolos) la presión tributaria (coercitiva) subió 11 puntos (de 17% a 28%) desde 2001. Así, a pesar de que el gasto estatal (la «redistribución») entre 2003 y 2007 aumentó 123%, la pobreza creció y ya supera 30% de la población, 11.500.000 personas con ingresos promedio de $ 615 mensuales. El costo de la canasta básica para una familia tipo es de $ 1.435, según Equis.
La recaudación tributaria aumentó 52,4%, en abril, hasta llegar a los $ 20.240,7 millones. Si este dinero se repartiera entre los pobres, le tocaría a cada uno casi $ 1.800, con lo que dejaría de ser pobre y le sobraría para pagar salud, educación, infraestructura y seguridad. Pero la pobreza aumenta y, con ella, la mortalidad infantil a un ritmo de 7,6% anual en la provincia de Buenos Aires.
Lo que pasa es que, de lo que se les quita a los pobres, por vía de «derrame impositivo» (lo que nadie quiere pagar lo deriva, subiendo precios, bajando salarios, etc.), parte desaparece en corrupción, parte en ineficiencia y burocracia (en algunas provincias, la masa salarial llega a 70% del Presupuesto) y sólo una pequeña porción les vuelve, y en forma arbitraria.
El mercado, al contrario que el estatismo, se basa en el acuerdo (precios de por medio) pacífico y voluntario. De aquí la eficiencia porque, al ser voluntario, el comprador prefiere lo que compra al dinero que prioriza el vendedor, maximizando ambos su beneficio. Al ser voluntario, el mercado prefiere las necesidades más imperiosas: nadie pagaría impuestos (voluntariamente) si no tuviera para comer.
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