Hay palabras a las cuales les tenemos miedo. Algunas de esas palabras son longevidad, vejez y envejecimiento. ¿Por qué? Porque las asociamos con la finitud, cuando en realidad hablan de la vida y la vitalidad. Si alguien envejece y llega a la vejez es porque ha vivido muchas décadas y a esa larga existencia se la denomina longevidad.
Dejar sorprendernos por el entorno y por los otros, eso es vivir, en cambio frases tales como “se feliz”, “Viví tu vida”, son formas de referirse a la muerte sin nombrarla por ello a veces tienen un efecto contrario al esperado.
Lo que observamos con el aumento de la prospectiva de vida, es que hay más factores que pueden tener como consecuencia la depresión y la nostalgia.
Es verdad que vivimos una época en la cual todos desean ser jóvenes y parecerlo; eso se debe a una mala relación con el propio devenir, con las decisiones tomadas por lo cual se siente nostalgia por lo no acaecido. En cambio, la depresión es fruto de la pérdida de aquello si tenido como propio.
Ser joven no garantiza ni vitalidad ni entusiasmo al punto que muchos jóvenes hoy viven deprimidos por su falta de proyectos.
¿Por qué razón alguien satisfecho con lo que ha vivido desearía ser joven?, ¿Por qué alguien que sigue creativo y entusiasta desearía volver al pasado?
Hay una idealización social de la juventud sin entender lo difícil que puede ser la juventud para los jóvenes que dudan sobre su destino, su vocación, su elección sexual.
Una vez que nacemos no solo la vida nos arroja al crecimiento y la maduración, sino también al envejecimiento. Por lo tanto, el miedo a envejecer debería surgir en los primeros meses de vida y sin embargo surge hacia la mitad de la vida cuando se empiezan a observar las marcas de lo que la juventud ocultaba: por ejemplo, toda nuestra vida cambiamos de piel y nadie lo nota hasta que aparece el resecamiento de la misma; siempre se nos cae el cabello, pero nos damos cuenta cuando el espejo muestra la calvicie.
Esto lleva a que mucha gente se vuelva adicta del consumo de cremas y cosméticos como si éstos garantizaran la juventud eterna.
Con la prolongación de la vida muchos prejuicios cayeron, y hoy a los 60 se encaran nuevos proyectos de vida.
Hoy gran número de personas en el mundo continúan su actividad social, laboral y sexual aun hasta entrados los 90 años. Con lo cual no existe una sola vejez, sino que cada envejecimiento es singular y propio de cada persona en relación con su deseo de vivir y su potencialidad de hacer y no aislarse.
En general todos queremos ser longevos, pero aquellos que sufren de enfermedades y de dolor crónico y de estados depresivos buscan maneras de vivir poco, por ejemplo, no cuidando su salud física y mental. Y si bien algunas dolencias son propias de la vejez, no siempre esto es así, ya que el dolor y la enfermedad pueden aparecer en cualquier momento de la vida, es por ello que los seres humanos somos vulnerables desde el mismo momento de nuestra gestación.
Veamos otro aspecto: la recomendación de tomar ciertas hierbas, ciertas vitaminas, comer algunos alimentos y no otros como un modo de detener el tiempo y de sostener la actividad cerebral. Es innegable el efecto beneficioso de estas recomendaciones, pero no dan cuenta de lo que denominamos el ánimo, el humor, el deseo de vivir que son factores singulares de cada persona y se conservan con lo que para Freud motivaba el sentimiento vital: el trabajo y el amor.
¿Qué ocurre cuando ya no hay ni trabajo, ni vocación, ni amor? Cae el ideal de la pareja, la amistad y la profesión “para toda la vida”. Aparece la vivencia de lo transitorio.
Por eso son más felices aquellas personas que no se aferran in eternum a una persona o actividad, sino que, al elaborar las pérdidas como la viudez, pueden buscar acompañantes permanentes o transitorios. Aceptar lo transitorio es también aceptar que las personas van y vienen en la vida y que muchas veces ocurre que una novia perdida en la juventud termina siendo una compañera de la vejez o que un vecino en el parque puede ser alguien con quien hablar largas horas.
Entonces cuando hablamos de longevidad principalmente hablamos del significado que adquiere la vida para cada uno de nosotros.
Hay varios fenómenos sociales que se desprenden de los cambios en las familias. Por ejemplo, la soledad y el aislamiento. Cuando las familias vivían juntas con los abuelos, éstos estaban acompañados, hoy los departamentos pequeños y el ritmo del trabajo hacen que los ancianos vivan solos o requieran estar atendidos en viviendas protegidas.
Una de las ventajas de las viviendas protegidas es la socialización, la posibilidad de hablar con otros o simplemente de no comer solos.
Otra manera de acompañarse y tener la responsabilidad sobre una vida son las mascotas. A las mascotas se las alimenta, se las baña, se las atiende y eso hace sentir que se sigue siendo importante para alguien a la vez que a los animales se los acaricia, se lo abraza y hasta se duerme con ellos.
No quiero dejar de lado los aspectos psicológicos de la longevidad. Uno de los traumas de la longevidad es el espejo que devuelve una imagen que no se siente como propia. Alguien se siente joven, pero se mira al espejo y no se reconoce. Es frecuente escuchar: ese no soy yo.
Obviamente que nuestro cuerpo cambia constantemente por eso tenemos conflictos con el cuerpo en la adolescencia, en la menopausia y andropausia y también en la vejez. Así como un adolescente siente que sus piernas se estiran, así un anciano siente que su cuerpo se achica.
Ahora bien, me gustaría distinguir lo que acaece a los 50, a los 60, a los 70 y de ahí en adelante.
Porque el envejecimiento se comienza a percibir hacia los 50 y de ahí en más se modifican algunas posiciones vitales.
Los 50 marcan el fin de la juventud, marcan el crecimiento de los hijos si los hay y las modificaciones que esto produce en las relaciones de la pareja. Los cumpleaños de 15 o el ingreso a la facultad de los hijos visibilizan los cambios en el sí mismo y en las generaciones venideras.
Con la declinación del deseo suelen aparecer los “amantes” que sirven para restaurarlo y para no concientizar los cambios individuales y en la familia.
A los 60 se empieza a pensar en el retiro y a los 70 se decide si seguir o no trabajando.
A estas situaciones se suman dolencias, separaciones, viudez y en muchos casos pérdida de amigos. Por estos motivos el tránsito entre los 70 y 80 años es más difícil. Sin embargo, aquellos que se mantienen activos e interesados se sienten partícipes de la sociedad. Hoy muchas personas transitan los noventa años y en muchos casos con alegría y vitalidad.
Presidente de la Asociación Psicoanalítica Argentina.
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