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10 de octubre 2008 - 00:00

¿Terminará la crisis con una inédita estatización mundial?

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¿Cómo atajar un alud que se precipita y, fuera de control, arrasa todo a su paso? ¿Cómo contener la crisis financiera internacional? El recurso más valioso disponible es, fuera de toda discusión, el archivo de la experiencia. Una ventaja de la que no gozaron, por cierto, las autoridades en los años 30. Los errores en cadena que convirtieron una recesión en la Gran Depresión no necesitan repetirse. De hecho, instituciones establecidas en aquellos tiempos lejanos juegan hoy un rol de importancia. La garantía de los depósitos es el mejor ejemplo de una creación de la época dotada de plena vigencia. Y, precisamente, por su idoneidad en momentos críticos, se la reforzó tanto en EE.UU. como en Europa. En paralelo, para calmar las aguas de los fondos comunes de money market, el secretario del Tesoro, Henry Paulson, debió echar mano a los recursos del Fondo de Estabilización Cambiaria. El mismo canal expeditivo que el presidente Clinton utilizó para auxiliar a México tras el estallido del tequila (cuando advirtió que el Congreso no lo acompañaría). Fue una ley de 1934 -la Gold Reserve Act- la que estipuló su existencia. Sus 50 mil millones de dólares constituyen el respaldo de la garantía estatal sobre los fondos de money market en los EE.UU. ¿No alcanza? Hay que hurgar más profundo en la caja de herramientas. Los instrumentos no se agotaron. Están allí, sólo hay que quitarles el polvo.

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Así, el anuncio ayer de que el Tesoro tomará participaciones directas en el capital en los bancos estadounidenses (a la manera del paquete lanzado por Gran Bretaña un día antes) refresca añosos antecedentes. La Reconstruction Finance Corporation (RFC), fundada por el presidente Hoover en 1932, apuntaló los patrimonios de 6.800 entidades (mayoritariamente a través de la compra de acciones preferidas) entre 1933 y 1935. Amén de conceder préstamos a largo plazo. El plan TARP que aprobó el Congreso hace siete días permite tomar ambos caminos. Y el secretario Paulson, ayer confirmó que no desechará la receta. ¿Que su mensaje cayó en saco roto, desairado como su multimillonario paquete, ante el derrumbe vertical de las acciones en Wall Street? No debería extrañar. Paulson ponía el acento en la compra de activos en problemas. La recapitalización es la mejor decisión cuando son los bancos -ya no una parte de su cartera- los que están en dificultades. Este giro, a buen entendedor, es evidencia de que la falta de capital aprieta. Y es obvio que la estrechez se realimenta con la acelerada declinación de todos los activos de riesgo.

La nacionalización parcial de la banca -en curso en Gran Bretaña, Europa continental y EE.UU.- puede parecer un movimiento extremo. Y lo es. Si el paladar de la economía de mercado lo digiere sin protesto es porque la historia lo avala como una solución viable. En la medida en que la calidad de crédito de los gobiernos del G-7 sea reputada como impecable es el atajo más expeditivo para cerrar la fractura de credibilidad que paraliza al sistema financiero y a los mercados de capitales. Si los privados huyen de los activos de riesgo a refugiarse en los bonos del Tesoro del G-7, triturando, en su corrida, todo cuanto se cruza a su paso, el problema así estilizado goza de una solución sencilla.

  • Temporario

  • El Tesoro debe reemplazarlos y ocupar, transitoriamente, la trinchera que abandonaron. Y lo mismo vale para los bancos centrales del G-7. La estatización voluntaria de los ahorros empujará a una estatización temporaria de la economía. Y si la crisis, aun así no descansa, su penetración llegará a rincones impensables en aras de evitar un colapso masivo. Como quien mucho abarca, poco aprieta, la decisión clave será trazar la línea en la arena que determine qué bancos serán viables y cuáles no, qué daños estarán a cubierto y cuáles quedarán a la intemperie. Lo más relevante, con todo, será evitar los destrozosinnecesarios (y todavía no producidos) que un colapso generaría.

    Desde ya, ningún legado resulta más trascendente que las enseñanzas de política económica que dejó la Gran Depresión. No hay banquero central que desconozca las lecciones de Milton Friedman sobre sus causas. La prescripción del dinero elástico -la respuesta automática que un novato Alan Greenspan descerrajó tras el lunes negro de octubre 87- es un clásico en el bagaje de conocimientos de la profesión. La explosión de pases y redescuentos que adorna los balances de los bancos centrales del G-7 y el empeño en evitar una contracción de la oferta monetaria abreva en esas fuentes. Es un azar valioso que Ben Bernanke -otra autoridad de primera mano en la materia- conduzca el timón de la Reserva Federal. Como académico, Bernanke trabajó a fondo en el análisis comparado de la época. Sus conclusiones: la depresión se hizo grande por la deflación, la transmisión internacional y las políticas cambiarias rígidas. Pero Bernanke también exploró -en combinación con Alan Blinder - el rol decisivo de los canales de crédito en las fluctuaciones económicas. Lo que no deja de ser otra coincidencia afortunada. La crisis actual crece porque tapona esas arterias vitales; bancos, empresas, Estados provinciales y municipalidades encuentran restringido al máximo su acceso al financiamiento. Como todo tejido sin irrigación -aunque no padezca enfermedadnecrosarán si no se logra establecer un by-pass. Así, el martes hubo que rescatar con un paquete de emergencia por mil millones de dólares al condado de Jefferson (Alabama) para sortear su bancarrota. Nombres mucho más importantes están en danza.

    No sorprende, pues, el empeño con que Bernanke batalla en cada uno de esos frentes. Con clara determinación, monta ventanilla tras ventanilla de asistencia para suplir los portazos que la crisis cierra en el rostro de la banca de inversión, AIG o los fideicomisos en cartera de los fondos de money market. Tras el vuelco de Lehman, amplió sin titubeos la hoja de balance de la Fed y disparó la oferta total de reservas. Y esta semana no dudó en calzarse el mameluco de trabajo y habilitar la compra de pagarés de corporaciones (tengan o no un activo colateral como respaldo). ¿Qué banco central atiende directamente a las empresas? Es una pregunta para National Geographic. Sólo ocurre en países ignotos. Que uno pueda dar testimonio: el Banco Central de Bolivia durante la hiperinflación de la UDP de Hernán Siles Suazo en los años 80.

    La Fed se convirtió, en los hechos, en un banco comercial más. Mejor dicho: no uno más, sino el único que presta. De la misma manera, si no funciona el mercado interbancario, la Fed deberá jugar el rol de cámara compensadora y convertirse en la contraparte de todas las transacciones. Y que la crisis no amaine no significa, por cierto, que este empeño deba abandonarse.

    Alternativamente, una garantía sábana del Estado podría replicar los mismos efectos.

    Una crisis desbocada llevará a pisar estos caminos. Como el espanto es mejor aglutinante que el amor, la coordinación internacional acudirá puntual.

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