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1 de mayo 2020 - 10:25

Seguros: "Los trabajadores son el nervio necesario de cualquier plan económico"

La mesa de decisiones donde se amasará la recuperación económica, sanitaria, laboral y social deberá incluir con poder de decisión al Estado, las organizaciones sociales y sindicales y al trabajador.

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 Las organizaciones sindicales que batallan contra las falencias del sistema en pos de dar mejores derechos e ingresos, hoy están ante la crisis de la caída del trabajo.
Sonido Gremial

El futuro, ese no-lugar al que la humanidad en forma persistente encamina sus sueños y sus proyectos, ya ni siquiera es una búsqueda. Tal y como estaba pensado, dejó de existir. Y, como toda cuestión fáctica que esta por suceder, solo es mientras persista en la mente de los humanos. Cuando se hace realidad efectiva ya no es lo que se ansiaba en ese por-venir, sino que es presente y por lo tanto asequible. Tangible. Disfrutable. Sufrible. O desaparece porque nuevos paradigmas ocupan esa búsqueda. Ese futuro que ansiaba ser, y que tantos historiadores, filósofos, sociólogos, predecían de tantos modos como ideologías existen, ha dejado de ser tal.

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Su muerte fue dada a conocer apenas se inició el siglo XXI. Que no lo hizo allá, como cronológicamente es, por el año 2000.

Su inicio, como toda era que se precie de marcar un hito en la historia de la humanidad, se ha concretado con un hecho que marca a la sociedad en su conjunto.

Los comienzos de siglos en la historia lo marcaron hechos importante: fue la caída de Constantinopla, también la invención de la maquina a vapor, la primer guerra mundial, la caída del muro de Berlín, entre otros. Hoy estamos viviendo el nacimiento del Siglo XXI con la aparición de un virus que mata. Y cambia. No solo a si mismo por sus propias mutaciones. Sino que hace transformar a la sociedad. Transitamos un nuevo presente, que ni por asomo se parece a aquel pensado como futuro hace un tiempo atrás. Habrá que buscar un nuevo no-lugar. Un nuevo futuro.

La sociedad en su conjunto ha comenzado un cambio dramático y angustiante. El desconocimiento de lo que sucede y de la solución a esa sucesión de hechos que ponen en jaque a “normalidades” cotidianas, produce angustia. De lo mucho que se espera que acontezca requiere de la intervención humana para solucionar el problema sanitario: la imprescindible búsqueda de una cura para el Covid-19, y la vacuna que tranquilice y dome esa sensación de inestabilidad, de inseguridad, de muerte agazapada detrás de un barbijo.

Sin embargo, de las nuevas cuestiones que enfrenta la humanidad, ésta, más temprano que tarde, sucederá. Un laboratorio, o dos, o varios, encontraran el remedio a ello. De todas las arquitecturas a realizar esa parece ser la más cercana, aunque para los mortales que atravesamos este tiempo nos parezca eterno. Pero la “normalidad” a la que regresemos luego de este aislamiento que abarca a casi la totalidad de los países, regresará sobre otros parámetros que incluyen al sanitario como uno más de ellos y se engloban en una nueva Cuestión Social. Y ésta, como toda interacción humana donde priman intereses, poder, geopolítica, derechos y obligaciones, será la estructura más difícil de re-armar. ¿Re-Armar? No.

No va a volver armarse lo que ya no será, como cualquier pasado que queremos recuperar es imposible hacerlo. Para bien, y también para mal. En ese desafío de una sociedad que amanece a un nuevo siglo, temerosa de haber sido golpeada no por sus armas atómicas creadas por sí misma, sino por una estructura tan diminuta como enorme es su poder de destrucción de vidas y su acción de metamorfosear sociedades. Millones de personas vieron trastocadas su habitualidades en un encierro como única defensa ante “un fantasma que recorre el mundo”. Es increíble pero el hombre, atiborrado de medicamentos, de curas sanitarias, de inteligencia artificial, de dinero, tuvo que regresar a la reacción primigenia de la raza humana: esconderse en la cueva para que el peligro no lo descubra y entonces poder sobrevivir. Y esperar que pase.

Y entonces, cuando salgamos de nuestros resguardos seguros, deberemos enfrentar los problemas sociales. Muchos y diferentes. Una nueva economía. Otra modalidad de acercamientos personales, otro modo de interacción. Un nuevo mercado de trabajo. La Cuestión Social en toda su nueva y extraña dimensión. Encontraremos casi todo en peores condiciones que cuando ingresamos a la cueva.

Los países han comenzado a sufrir la caída de su Producto Bruto Interno a tasa mayores que las de la Gran Depresión, las empresas ven desmoronarse sus acciones en la bolsa, los títulos de deuda solo son compromisos lejanos de los firmados originalmente, el petróleo (el oro negro) baja a valores impredecibles porque ya no hay donde acumular la extracción. En fin, el concierto mundial de países se mira a sí mismo y empieza a mirar la economía post-pandemia.

Avizoro, como ensayo de solución económica mundial, una suerte de Plan Marshall, como aquel de la salida de la Segunda Guerra Mundial. Un modo, nuevo y experimental, de revisar cada empréstito dado, de distribuir un poco mejor el capital circulante y de revisar que el capitalismo se reinvente en estas circunstancias. Porque creo que, invariablemente, (y quizás con otras características) el Capital seguirá reinando.

En ese dominio, un poco golpeado al principio y quizás debilitado, aparecen signos de fortalecimiento de actores que, en la histórica lucha despareja contra el neoliberalismo, han recuperado un aggiornado protagonismo esperanzador.

Los tres actores para enfrentar viejas prácticas

La primera virtud que han tenido ha sido la de permanecer a pesar de tantos ataques por parte del “libre mercado” para su desaparición o, en el peor de los casos, de su “disciplinamiento”. El capitalismo domestica por aniquilamiento, por sojuzgamiento, o por convencimiento. Esos actores de uno u otro modo han enfrentado esas prácticas y sus obstinadas permanencias han sido una victoria a la hora de enfrentar el Covid-19. El primer actor es el Estado.

La organización estadual se ha re significado en aquellos lugares (Argentina es un claro ejemplo) en donde la salud pública tiene una presencia fuerte para la atención de todos. Ingresando también en un modo de ayuda fiscal a la hora de atender los sectores productivos, de ayuda social allí donde el hambre y la pobreza golpea. Y, vitalmente, en organizar comunitariamente un aislamiento que, de haber sido lema de campaña, hubiera contado con el rechazo de muchos. Sin embargo, hoy todos estamos convencidos que es el mejor camino.

Otro actor son las organizaciones sociales y sindicales. Estructuras con mayor o menor antigüedad en la historia argentina están arropando las necesidades de las clases más necesitadas con ayudas económicas, sociales, alimentarias, sanitarias y de vivienda. Con los mismos principios rectores con las que fueron creadas y donde la gran virtud moderna que todos aplauden desde sus balcones reina y gobierna: la solidaridad y el trabajo en la trinchera.

El tercer actor que adquiere relevancia es el trabajador. Paradójicamente lo hace desde su ausencia. La producción del dinero y de la ganancia se cae a pedazos si no existe la mano y la mente de quien lleva adelante las tareas. Una mercancía tal como es el dinero, no puede reproducirse a sí mismo en las bolsas de valores y en los bancos, si no existe la productividad del ser humano que convalide ese valor ficticio. Wall Street ha perdido importancia en relación al cordón industrial del conurbano bonaerense. Hoy éste es más imprescindible que la sede financiera mundial. Se ha vuelto, indispensable diría, que cada industria, cada comercio, cada servicio se provea de la fuerza del trabajo para que el mundo, tal como lo conocemos adquiera vigor. Y sin trabajadores esta pandemia ha demostrado que no se puede. Son el nervio necesario de cualquier plan económico. Las organizaciones sindicales que batallan contra las falencias del sistema en pos de dar mejores derechos e ingresos, hoy están ante la crisis de la caída del trabajo. Millones de hombres y mujeres sin una tarea remunerada en ese futuro a pensar. Es una angustia. Una tragedia. Y una oportunidad.

La mesa de decisiones donde se amasará la recuperación económica, sanitaria, laboral y social, y el armado de ese futuro que se vislumbre asequible y promisorio, y que nos ayude a pelear contra la angustia de lo no conocido por venir, deberá incluir con poder de decisión a estos actores. Y esa es la oportunidad.

El siglo XXI ha comenzado. Lo ha hecho con la caída de unos cuantos paradigmas, la refutación de muchas teorías y al amparo de un hecho tan natural como tremendo. Lo que viene no tiene por qué ser igual a lo que dejamos atrás. De hecho no lo será ya que nadie bebe el agua dos veces del mismo río. Es claro que dependerá de los líderes sociales armar un entramado que aprenda de lo sucedido, que recupere protagonismo la igualdad de oportunidades, que rija un estado de revisión de distribución equitativa de la riqueza y un protagonismo de los trabajadores. Que nada de esto es nuevo es cierto. Pero la situación se ha tornado inmejorable para reclamarlo.

(*) Abogado – Diplomado en Cs Políticas y Sociología en FLACSO. Secretario de Prensa y Comunicación de CGT y secretario gremial del Sindicato de Seguro.

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