El trabajo emocional que demanda una transición laboral no empieza cuando se toma una decisión, sino mucho antes. Cuando las personas llegan a la consulta me cuentan que hace años que están “dándole vueltas” al asunto. A grandes rasgos comprobamos las siguientes tres etapas:
Malestar laboral e inteligencia emocional: de la voz interna a la decisión de cambiar de trabajo
Descubre cómo la inteligencia emocional te ayuda a transitar el malestar laboral y a tomar decisiones clave, incluso ante la posibilidad de despidos.
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Una transición laboral ordenada debe ser acompañada por un profesional que maneje las emociones.
La primera es un “runrun en la cabeza”, un leve malestar, un pensamiento que cada tanto aparece diciendo que algo no marcha bien pero que se logra administrar y minimizar internamente. “No me puedo quejar”, “Ya va a mejorar” son las frases que pueden aparecer.
Progresivamente ese manejo del malestar acumula desgaste afectivo y es más evidente. Dolores de cabeza, digestivos, ansiedad. Hay una voz interna que dice lo que pasa, de hecho en este estadio se conversa el tema con otros. Para este momento ya es claro que algo en el ámbito laboral es pesado y aunque haya actividades placenteras fuera del ámbito laboral (donde se puede disfrutar mucho) el malestar de lunes a viernes no disminuye. El domingo a la noche es oscuro. “Ojalá pudiera irme”, “Ojala pudiera pedir una licencia”.
Por último, aparece con claridad la necesidad de hacer un cambio, el vínculo con ese trabajo está definitivamente roto. El desgaste es total y la problemática se volvió central. Acá se juega el partido más difícil, porque una vez que se arriba a esta verdad interna, se hace muy trabajoso -en términos psíquicos y físicos- no buscar soluciones. “Ya no sé qué hacer para irme”, “No lo soporto”.
En el mejor de los casos se busca ayuda profesional: un coach, un psicólogo, un asesor de carrera. Alguien con quien conversar sobre este tema en particular, alguien con objetividad, herramientas y con perspectiva que ofrezca alternativas de pensamiento. Trabajar aquí los temores, por lo general vinculados al dinero, a la edad, al nivel de formación, a la experiencia acumulada, al mercado, al contexto, entender los mandatos, revisar las creencias limitantes, identificar los sesgos cognitivos es la tarea emocional que va a permitir diseñar las mejores alternativas de cambio. Cuanto más breve sea esta última etapa, menos desgaste emocional y físico habrá. Así se llega al momento concreto de transición: renunciar, cambiar de puesto, separarse de un socio, cerrar un negocio, iniciar una formación. Ese acto no será un impulso ni un salto al vacío, sino la consecuencia de un proceso emocional que transformó el malestar y la incertidumbre en una posibilidad concreta de cambio.
Hacer este proceso de manera ordenada y acompañado es menos costoso en términos emocionales porque se sostiene como un objetivo personal y eso hace que la tolerancia ante situaciones frustrantes sea mucho más alta. Hay elección, ilusión, hay expectativas, hay un reposicionamiento y revalorización de la historia laboral previa. Hay elaboración de lo que se deja, hay tiempo de despedirse.
¿Pero qué pasa si no se pide ayuda y se prolonga este periodo de tensión? El aparato psíquico va a estar sosteniendo cierta “incoherencia” interna las 24 hs del día. Esa persona ya sabe que no quiere estar allí y sin embargo pasa la mayor parte de su día en ese espacio, con esas personas, ejecutando esas tareas. La exigencia y cansancio emocional aquí son altísimos, sobre todo si esa persona sostiene la permanencia considerando que no tiene ninguna opción. Rumiar constantemente, queja crónica sin acción, conductas pasivo-agresivas y la permanente fantasía de “algún día me voy”. Aquí suele haber un alto riesgo físico, emocional y en concreto, de despido.
¿Qué pasa si no existe este tiempo de preparación? A veces es el contexto el que determina el cambio: si es un despido, un cierre, una fusión, una jubilación anticipada o un negocio que no tiene más margen por ejemplo.
En esos casos el impacto emocional es mucho más alto. Perder un trabajo es muy doloroso, es en lo concreto dejar una tarea y en lo simbólico perder un rol, soltar una identidad y preguntarse quién se es sin ese apellido laboral. Implica reconfigurar el mundo interno para poder seguir viviendo con esa falta, con lo que antes estaba y ya no. Hay alto riesgo de depresión, ansiedad, retraimiento y pérdida de sentido. Lo fundamental inicialmente es buscar apoyo psicoterapéutico que apuntale el Yo de la persona afectada para preservar al máximo sus recursos.
El enojo, la desvalorización, la sensación de injusticia necesitan tener su espacio de elaboración para poder elaborar esa pérdida y comenzar a planificar alternativas de reinserción: hay salidas para trabajar por cuenta propia, además de la posibilidad de armar emprendimientos, iniciar una búsqueda en relación de dependencia, etc.
En cualquier caso: salida planificada o no, siempre el acompañamiento de un profesional idóneo que brinde un dispositivo de contención y creatividad será una ayuda muy valiosa, indispensable.
Psicóloga, especialista en reinvenciones laborales. Es fundadora de glimar.com.ar y autora del libro "Cómo rediseñar tu trabajo en un mundo cambiante" (Paidós, 2026).
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