Tal vez no fue el mejor destino el que eligió Cristina Kirchner para realizar un viaje preliminar al que la llevará, el 16 de setiembre, a Nueva York, una de sus ciudades preferidas. La primera dama voló hacia Caracas, para representar al gobierno en la «III Reunión de la Comisión Estratégica de Reflexión» sobre el proceso de integración sudamericano.
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Nada más adecuado al rol que ejerce la senadora dentro del gobierno de su esposo. Ella se encarga de los aspectos discursivos e institucionales del proyecto de poder de Kirchner. Para el machismo exacerbado que suele caracterizar al grupo patagónico que preside el santacruceño, «cosas de mujeres». O de intelectuales, que es lo mismo. Entre las bromas privadas que cultiva la pareja, siempre hay una de Cristina sobre la falta de afición por la lectura de su marido.
Hasta aquí, nada que pueda ser tomado como riesgoso. Salvo que en el otro viaje, el que hará a Manhattan para participar con el Presidente en la Asamblea General de Naciones Unidas, la primera dama deberá exponer delante de los 10 principales dirigentes de la comunidad judía en los Estados Unidos.
Peligros
Esa presentación será uno de los momentos culminantes del viaje de los Kirchner. Pero cobija algunos peligros. Jorge Taiana, encargado con su staff de organizar los argumentos oficiales para las preguntas que puedan surgir en esa entrevista, está puliendo las definiciones de su jefa sobre tres cuestiones delicadas. Todas están referidas, de modo más o menos directo, al principal interrogante de buena parte de los observadores internacionales y, sobre todo, los de la comunidad judía: las relaciones entre Kirchner y Hugo Chávez. De allí que el viaje a Caracas no será el mejor antecedente para la ocasión. En el Palacio San Martín especulan con que la influencia de Chávez en el gobierno argentino aparecerá de modo problemático en la visita a Nueva York. El bolivariano está señalado por la comunidad judía por varias razones. Por un lado, se lo acusa de persecución sobre la dirigencia venezolana de ese origen (se allanaron algunas sedes comunitarias señalando a sus jefes como partícipes de un complot nunca demostrado). Por otro, se miran con espanto sus declaraciones contra el Estado de Israel. El entredicho escaló hasta el retiro del embajador de Venezuela en Tel Aviv. En rigor, Chávez viene de realizar una gira por Medio Oriente, con escalas principales en Irán y Siria, países en los que se refirió al gobierno israelí como «criminal y ladrón».
Cristina podría aducir que no existe contaminación alguna entre estas descalificaciones y la política de su esposo, quien se empeñó en acercar a Chávez con los líderes del Congreso Judío Mundial (entrevista del presidente venezolano con el rabino Israel Singer, quien seguramente estará en el encuentro), hace poco más de un mes, en Buenos Aires. Pero es probable que los dirigentes que visiten a la senadora en Nueva York quieran conocer cuestiones más precisas de la política exterior de la Argentina. ¿Por qué apoyará el país la candidatura de Venezuela para integrar como miembro no permanente el Consejo de Seguridad?
¿Alcanzará con explicar que no se le puede negar el apoyo a un socio del Mercosur? Es posible que los dirigentes judíos quieran saber si existe algún mandato especial junto con ese voto, sobre todo para cuando se traten en el Consejo cuestiones tan sensibles como el plan nuclear iraní (hay que recordar que hoy vence el plazo dado por las Naciones Unidas al régimen de Teherán para que suspenda el proceso de enriquecimiento de uranio).
Las inquietudes que esta escena introduce en la comunidad judía están alimentadas, en el caso argentino, por las expresiones también radicalmente anti-Estado de Israel de dirigentes como Hebe de Bonafini. Además, el 13 del mes que viene representantes del gobierno asistirán a la Cumbre del Movimiento de Países No Alineados, que se celebrará en Cuba, en calidad de invitados (y, casi seguramente, como un paso previo a la solicitud de reincorporación del país a ese club, tal como adelantó este diario). En esa asamblea de La Habana uno de los puntos del orden del día es el respaldo a Irán en su política atómica. ¿También deberá Cristina explicar este regreso a un club abandonado en 1991?
Taiana ha ordenado preparar los términos de esta interlocución con las autoridades de las principales agrupaciones judías de los Estados Unidos. Como siempre, la Cancillería cuenta con el soporte político de dirigentes comunitarios locales, además del más previsible del cónsul Héctor Timerman, de empresarios que integran el directorio de algunas de esas entidades y de personas más que vinculadas con esa red neoyorquina, como Saúl Rosztein, un hombre por lo general clave en estas entrevistas. Todos ellos presumen, según se comenta en la cercanía de Taiana, que esta vez será el nexo bolivariano el que puede opacar la charla de Cristina y no la política respecto de las investigaciones de los atentados a la Embajada de Israel y la AMIA, como en otras ocasiones.
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