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Fue una lluvia bendita para Moyano, quien debe haberse puesto nervioso ayer al enterarse que se pasaba para el lunes la cumbre sindical que hoy debía confirmarlo. Es que la dilación anunciada tenía nombre y apellido: Armando Cavalieri. El dirigente mercantil, quien nunca imaginó la premura con que se armó la candidatura de Moyano, trató de desperezarse luego de haber sido madrugado. Justo a él que inventó el reloj sindical. Su operación resultó tardía, aunque recogía a su lado a Carlos West Ocampo (Sanidad) y, con menor intensidad, a Oscar Lescano (Luz y Fuerza). En su pregón anti-Moyano, Cavalieri sostenía que hombres de la Administración Kirchner le habían transmitido la inconveniencia de que al frente de la CGT fuera un dirigente tan combativo. Tal vez no mentía: Carlos Tomada, el ministro de Trabajo, no observa con buenos ojos al camionero, quien puede proponer un cambio en esa cartera. El dato de Cavalieri, sin embargo, se cayó al piso al divulgarse la opinión del Presidente; además, casi todos lo sospechaban: nadie le reconoce comunicación fluida con el gobierno (más bien es repelido), mientras sí se sabe que Moyano tiene acceso directo al celular presidencial y comparte con su gremio responsabilidades en el área de Transporte (por lo menos).
Si los peronistas suelen tragarse sapos, una condición para permanecer en el partido, ayer Kirchner digirió de un bocado al dulce (para él) Moyano y al indigesto Barrionuevo.
Menuda función. Casi innecesario su gesto porque ya se conocía que Cavalieri no había podido convencer a la UOCRA (Gerardo Martínez) ni a UPCN (Andrés Rodríguez) para que negaran a Moyano. Más bien, ellos le arruinaron su operación: necesitaba esos respaldos (léase congresales en la central obrera) para bloquear la llegada del camionero.
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