Se cierra hoy un ciclo en la Curia Romana y, por añadidura, en las relaciones entre esa sede y la Iglesia argentina: termina el gobierno de Angelo Sodano en la Secretaría de Estado para dejar paso al de Tarcisio Bertone, un salesiano de la mayor confianza de Benedicto XVI a quien ya secundó como secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe.
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Con Sodano, es lo más probable, se marchará también Leonardo Sandri, el argentino que lo secundó durante los últimos años como secretario sustituto. Sandri tendrá, se presume, un destino cardenalicio pero ya no gravitará en la conducción política del Vaticano como lo hizo hasta ahora.
Son noticias de la Iglesia universal, con significado para toda esa comunidad religiosa. Sin embargo, para la Argentina, tienen una modulación especial. El reinado de Sodano significó una alianza entre el Papado y la administración de Carlos Menem que terminó por irritar a la mayoría del episcopado con ese cardenal y su estilo de gobierno. Sodano y Sandri tuvieron una relación de inusual intimidad con figuras encumbradas del peronismo. Con Francisco Trusso, primer embajador en el Vaticano de Menem, padrino y benefactor de Gustavo Béliz, titular del Banco de Crédito Provincial: una entidad que quebró llevando a Francisco Trusso (h) a la cárcel, de donde salió liberado gracias una fianza que aportó el arzobispo de La Plata, Héctor Aguer (al parecer por una orden recibida desde el «terzo piano» del Palacio Apostólico y emanada de Sandri, cuyo hermano supo ser un buen anfitrión del heredero de Trusso en Miramar).
Sin embargo la confianza con Trusso no fue ni la sombra de la amistad que tanto Sodano como Sandri desarrollaron con el otro embajador de Menem en la Curia y posterior secretario de Culto de Eduardo Duhalde: Esteban «Cacho» Caselli. La fortaleza de ese vínculo y las consecuencias que tuvo a nivel local provocaron más de un conflicto con los obispos argentinos. Acaso el primer episodio fue aquella corrección de los dichos de Juan Pablo II sobre la desocupación en el país, que Caselli se encargó de gestionar para indignación del finado cardenal Francisco Primatesta, quien había sensibilizado al Papa sobre ese flagelo social. Las deferencias de la Secretaría de Estado con el gobierno de Menem fueron en adelante caudalosas: tanto que no hay ministro del riojano que no haya accedido a algún tipo de mención o cargo honorífico de los que se utilizan en Roma para agasajar al feligreses VIP.
Enojos
Cuando el cardenalato de Primatesta eclipsó y emergió el de Jorge Bergoglio la influencia de Caselli siguió provocando nuevos enojos. Sobre todo porque muchos clérigos le atribuyeron a este operador eclesiástico y embajador de la Orden de Malta en Perú una influencia superior a la de la Conferencia Episcopal en la designación de los obispos.
Siempre se le atribuyó a Caselli incidir en favor de su amigo Antonio Baseotto en la terna que se propuso para la nominación del vicario castrense. Lo mismo sucedió cuando se cubrieron las diócesis de Rosario (José Luis Mollaghan) y Zárate Campana (Oscar Sarlinga). Las sugerencias del episcopado local, que lidera Bergoglio, no fueron tenidas en cuenta.
¿Cuáles fueron las razones por las cuales el atractivo de Caselli sobre el cardenal que hoy abandona la Secretaría de Estado fue tan poderosa, capaz de superar la del colegio de los obispos argentinos? Las fantasías y versiones conducen siempre a la generosidad de Caselli, quien habría auxiliado al hermano del cardenal, un constructor italiano, en momentos de angustia financiera. ¿Fue con aportes personales o del Tesoro Nacional (ATN)? Es difícil determinarlo. Lo único contante y sonante fue la eterna gratitud política de Sodano para con su sucesor. Tanta, que Néstor Kirchner temió que la Santa Sede le asignara a «Cacho» como lazarillo durante la ceremonia de encumbramiento de Benedicto XVI en la Plaza San Pedro ( hubiera sido una buena ironía en pleno «caso Baseotto»).
Alejado Sodano, asciende Bertone, quien no proviene como su antecesor de las entrañas de la diplomacia eclesiástica. Será muy interesante ver cómo se tramita en Buenos Aires el nuevo equilibrio. Difícil pensar que entre obispos existan los clásicos «pases de facturas» que caracterizan al «orden temporal». Acaso el retiro de Caselli y sus obispos amigos a un segundo plano se produzca de manera más delicada.
¿Cómo serán los vínculos entre la Curia de Roma y el episcopado local en la era Bertone? El salesiano conoce poco la Argentina. Estuvo en Buenos Aires el año pasado, alojado en la casa de su Congregación antes de visitar Salta y Perú. De regreso, pasó unos días en la casa de Emilio Noceda, empresario al que conoció en Génova a través de un feligrés adinerado de la que fue su diócesis hasta ahora. Quedará para el misterio por qué el cardenal no pernoctó en la Nunciatura de Adriano Bernardini.
Noceda es el empresario que, según explicó Daniel Scioli a sus íntimos amigos, consiguió la entrevista con Bertone que el vicepresidente publicitó la semana pasada.
Voceros de este hombre de negocios ligado al sector aeroportuario dejaron trascender que él participó del encuentro, muy fugaz, junto a religiosos de una congregación con sede en Roma. Otros voceros suyos dijeron ignorar la gestión. La incógnita es decisiva: ¿nace en Buenos Aires un nuevo «Cacho», sustituto de Caselli en la intermediación entre Roma y la escena local? Es posible que, si se atiende al estilo del nuevo pontificado, eso no suceda y Bergoglio conquiste, con estos cambios romanos, el control total de un vínculo decisivo para su gobierno sobre la Iglesia argentina.
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