6 de noviembre 2003 - 00:00

Caso Belluscio: bien la bonaerense y mal gobierno imputador

En los tiempos que corren, es importante conocer los sentimientos que se apoderan de las personas que han sufrido un secuestro y de sus familiares. Para saber cómo reaccionar en caso de verse involucrado en un hecho tan dramático o, al menos, para ponerse como ciudadano en el lugar de las víctimas y contribuir así a aliviarles el sufrimiento. Esta es la temática que aborda este artículo, escrito por la psicóloga Gloria Soukoyan, especialista en estrés postraumático, y publicado por el diario «La Nación», cuyos tramos más importantes aquí se reproducen. Pero más allá de los efectos de la grave ola delictiva sobre sus víctimas directas, la situación tiene un fuerte impacto social. El gobierno intenta mostrarse activo, lo que está bien, pero a veces no acierta con los caminos más eficaces. Por ejemplo, se acaba de lanzar un Programa Nacional Antiimpunidad, en el que participan como asesores los deudos de María Soledad Morales, José Luis Cabezas, Miguel Bru y Exequiel Demonty. Es bueno que el poder no olvide a personas que han pasado por ese tipo de situaciones, pero la imagen que trasciende a la sociedad es que esto forma parte del afán oficial por sumar adhesiones. Además, ¿qué aporte a la lucha contra el delito se puede esperar de personas afectadas y conmovidas por lo que les ha tocado vivir? y que, además, no son técnicos en la cuestión. Ser víctima o pariente no da «experiencia», aunque sí consuelo para sobrellevar un nuevo dolor a alguien. El gobierno se vanaglorió de que «el Presidente habló y el joven Belluscio apareció». Pero hace una semana estaban identificados los autores y se hizo un pago para lograr su libertad y proceder a allanamientos sin arriesgar la vida de Belluscio. Un accionar impecable de la tan criticada Policía «bonaerense». Lo demás no sirve, como que «hay políticos» en los secuestros o la no menos simpleza de que «aparecen los delincuentes pero no el dinero de los rescates» cuando es sabido en el hampa que el botín (de robo o secuestro) se guarda con alguien de confianza y ajeno para que nadie haga ostentación de plata y favorezca la detención. Aparte, ¿qué importa que no aparezcan los $ 100.000 pagados por Belluscio si se detuvo a una banda de 7 secuestradores e identificados 4 más? El gobierno nacional se equivocó mucho en este tema, asustado políticamente por los «cacerolazos» del viernes pasado.

Un secuestro pone a una persona ante una situación con riesgo real de muerte. Eso genera en la víctima un estrés postraumático que trae consecuencias graves y debe ser tratado. Pero hay que tener claro que no sólo el que ha sido secuestrado es victimizado. También lo son, en diferentes grados, su familia y su entorno, por un lado, y la comunidad, por otro. El grado de victimización está vinculado directamente con la intensidad emocional del evento traumático y con el protagonismo. Es fundamental no revictimizar a la persona, porque una de las principales razones por las que eluden los tratamientos es el miedo a tener que abordar nuevamente la situación, a revivirla. Los especialistas tienen que poner especial cuidado en evitar que esto ocurra.

La víctima de un secuestro se convierte en un sobreviviente.
Este síndrome es muy particular porque muchos desean haber muerto con tal de no haber padecido momentos emocionales tan traumáticos. Los tratamientos tienen que enseñar cómo seguir la vida, tras haber sobrevivido.

Esta estigmatización requiere una atención especial para elaborar las distorsiones que se generan, relativas al mundo que le toca vivir. O sea, asumir que el mundo no era lo que pensaba y que le ocurrió lo que creyó que nunca le iba a pasar.

En los familiares, en tanto, empiezan a aparecer sentimientos de culpa y otro tipo de preguntas como «¿por qué le tocó a él y no a mí?» o «¿qué tendría que haber hecho para que esto no sucediera?». En la comunidad también aparecen sensaciones de impotencia y desesperanza.

Uno de los fines del tratamiento es que la persona y su entorno entiendan que esto le puede pasar a cualquiera, que entiendan que se puede superar, que pueden hacer cosas, como cooperar con la comunidad para tratar de defenderse, reclamar justicia o prevenir otros casos.

Lo que se recomienda a la familia del secuestrado es que se integre dentro del proceso terapéutico para paliar la sensación de soledad, de invasión.
Porque con el secuestro se sintieron invadidos, sin posibilidad a negarse. También tienen que ayudar y contener a la persona que ha sido secuestrada, ya que con el estrés postraumático pueden aparecer síntomas como malestares físicos, pesadillas, flashback de lo vivido, anestesia emocional (actuar como si no hubiera pasado nada), adicciones, compulsiones, recrudecimiento de síntomas o padecimientos anteriores.

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