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24 de agosto 2005 - 00:00

Cómo ganar amigos, según Kirchner en Conciencia

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La cena organizada por Conciencia reunió a varios candidatos. Junto con Lucrecia Lacroze estuvieron Patricia Bullrich, Enrique Olivera, Osvaldo Mércuri, Luis Brandoni y Ricardo López Murphy.

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Faltaron a último momento, a pesar de haber jurado presentarse, los discursos y los ministros Carlos Tomada (tema «Trabajar para educar») y Daniel Filmus (tema «Educar para trabajar»), también el gobernador Felipe Solá, habitual asistente y orador, y otro que reunía las mismas condiciones, Aníbal Ibarra. Y, aunque fue una pléyade de candidatos de todos los partidos -se buscaba la foto de los competidores brindando juntos en el escenario como momentánea forma de consenso-, tampoco concurrió el ministro postulante Rafael Bielsa. En Conciencia se miraban con inquietud por ese boicot oficial, quizá se culpaban por no saber cultivar el cariño de la Casa Rosada mientras hacían esfuerzos para suplir las sillas vacías, hasta que recuperaron la respiración al enterarse que el desprecio no era inspirado por ellos.



Convocaba a la risa, entonces, la excusa pública aducida en el hotel de que los ministros Tomada y Filmus -entre otros- habían debido presentarse a una reunión urgente y emergente en la Casa de Gobierno, como si a esa hora Kirchner debatiese problemas educativos o laborales. Tampoco podían aludir al desconcierto de Scioli, cuyas expresiones de la mañana no habían conmovido a nadie, sólo al Presidente que cree leer bajo el agua. En rigor, a través de un reportaje más bien acaramelado para Kirchner, el vice se había pronunciado por una frase que alteraría la inestabilidad recurrente en la Rosada: «Prefiero que en esta campaña electoral haya propuestas, proyectos, no agravios». Por esa mínima manifestación, que alguien asumió como una crítica personal, Scioli fue condenado de nuevo al destierro, luego de remar varios meses para rescatar el cariño presidencial. Curioso fenómeno el de la represalia kirchnerista: casi todos los políticos presentes, por no hablar de empresarios y otros afines, se le acercaban con su solidaridad, lo convertían en un Príncipe Valiente. Notable que alguien, con tan poco, se transforme en un personaje de novela.

En los salones, varios embajadores se solazaban con el caso (Bolivia, Perú, Rusia), también opositores como Ricardo López Murphy, Patricia Bullrich, Susana Merlo, Gabriela Michetti, Enrique Olivera, Luis Brandoni, Rodolfo Terragno, la canciller paraguaya Leila Rachid, Jorge Pereyra de Olazábal, también el vicejefe de la Ciudad, Jorge Telerman, quien parecía ajeno a esos menesteres mezquinos o, si le importaban, parecía poco dispuesto a aceptar que le indicasen a qué fiesta debía ir o no. Mientras, la gran parte de los empresarios, más grandes que pymes, se interrogaban por el perimido método gerencial que emplea el gobierno para zanjar diferencias internas.

Habló finalmente Scioli -quien no parecía nervioso, tanto que comió lo servido en el Sheraton y, luego, concurrió a Piegari para completar su dieta de elefante con dos platos de pastas y batatitas en almíbar con helado-, mensaje inobjetable para el gobierno: sólo producción y trabajo. A su vez, la titular de la entidad, Lucrecia Lacroze, se permitió un par de frases de protesta ciudadana que, en verdad, encajan en cualquier país. Nada más: lo picante y sabroso estaba en los corrillos, en los que la palabra boicot, desaire, desplante o venganza saltaba de labio a labio. Unos, cuestionando el exagerado y arbitrario poder que, más como patrón que como presidente, Kirchner ejerce sobre sus funcionarios o adlátares, sin importarle las consecuencias sobre otros (Conciencia, por ejemplo) que tomaron compromisos, pagaron y hasta se entusiasmaban con ver de cerca y escuchara ministros o dignatarios.¿Merecían ese destrato por una rencilla interna que, cuerdamente, se resolvía entre las 4 paredes de un despacho, como en otras ocasiones? Ni siquiera se justificaba esa mala educación si alguien pensara que la sorda reyerta de dos implique -lo que no saben propios, ausentes o presentes- una operación política de regular envergadura. No era una noche para conspiraciones. Finalmente, con la conciencia resignada por ciertas actitudes reiteradas, el reproche mayor avanzaba sobre aquellos que prometieron y faltaron, quienes más que obedecer debidamente y a pie juntillas, tal vez deban revisar su criterio sobre dignidad e independencia personales.

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