Néstor Kirchner revisó otra vez su plan. Del vuelco hacia el PJ que ensayó a principios de año, ahora, en otra pirueta, salta a un operativo de resucitación de la transversalidad original, como recurso para proyectar un 2009 con soportable costo electoral.
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Con el peronismo en llamas y desafiante, y los aliados de la UCR en estampida, el patagónico sufrió su peor hora. En ese tránsito, además, perdió a los dos máximos gestores -e interlocutoresde aquel modelo multipolar: Julio Cobos y Alberto Fernández.
Furioso por los despechos, que llamó traiciones, y los desafíos, que jura vengar, Kirchner vive de algún modo un «deja vú» de sus tiempos de debut presidencial: debe alinear un ejército amigo que antes tuvo que conquistar y, ahora, debe reconquistar. Por eso, les ordenó a los ministros de su esposa que se entrenen en un ejercicio que todos estos años estuvo a cargo de Alberto F.: pactar, comprar simpatías, escuchar los lamentos; en resumen, atraer y contener a sectores de distinto origen y pelaje.
El miércoles fue el día de inicio de las maniobras de resucitación. El ministro del Interior, Florencio Randazzo, recibió a los gobernadores Gerardo Zamora y Miguel Saiz, y el jefe de Gabinete, Sergio Massa, hizo lo mismo con el neuquino Jorge Sapag.
Eso, sin embargo, fue sólo el principio: la indicación de Kirchner es establecer contactos orgánicos desde la Casa Rosada con el radicalismo K residual, los piqueteros, la centroizquierda y encarar, además, la recaptura de peronistas díscolos. En este tramo, Kirchner pondrá a prueba a eventuales nuevos interlocutores con la progresía K: Alberto Fernández ejerció esa tarea con agrado y cierta efectividad. Tenía la lapicera para «pagar»: el ex Frepaso, por ejemplo, cobró por esa ventanilla su neokirchnerismo.
Modelo dual
En estos días, Randazzo y Massa intercalaron agenda y recepciones, en un modelo dual que alguna vez se registró, a principios del gobierno Kirchner, entre Fernández y Oscar Parrilli. Pero éste quedó, con el tiempo, reducido al piqueterismo.
En teoría, el ministro del Interior estará a cargo de la costura política y, vía Massa, operará las cuestiones de gestión. Eso dicen en unos despachos. En otros, remodelados, dicen lo contrario.
Todo se explica: Kirchner les teme a las legislativas de 2009 y lo acecha la amenaza de que ese turno electoral sea para su proyecto lo que fue el 87 para Raúl Alfonsín y, más acá, lo que significó el 97 para las pretensiones de Carlos Menem y Eduardo Duhalde.
Ese juego de espejos obsesiona a Kirchner y, por eso, resignó su histórica rudeza y manda a buscar, incluso, a peronistas que lo desafiaron o a radicales como Zamora que no «alineó» a su senador, Emilio Rached, para que el gobierno pueda ratificar la 125.
El mapa con el que se mueven los operadores K es el siguiente:
En la UCR K, anotan en Casa Rosada, hay un paquete que se puede contener: además de Saiz y Zamora, van por el correntino Arturo Colombi, a quien le sugirieron, y este aceptó, suspender un acto que tenía ayer en su provincia con la presencia estelar de Julio Cobos. Un operativo más sigiloso apunta a Maurice Closs -uno de los protegidos, en su momento, por Alberto Fernández-, gobernador de Misiones, de formación radical, pero que se mueve como un provincial. Al que se ve lejos y casi inaccesible es a Eduardo Brizuela del Moral. Casi no les importa: Catamarca suma 2% del padrón nacional y, en todo caso, ahora en esa provincia hay un kirchnerista declarado: Ramón Saadi.
Sobre el PJ hay bruma: sólo, en este tramo, aparecen con castigo ejemplar -en parte porque no aceptan el diálogo-Felipe Solá y Juan Schiaretti. Al otro gobernador reticente, Mario Das Neves, Kirchner nunca lo consideró parado en la oposición peronista. El más deseado, por obvias necesidades electorales, es Carlos Reutemann. Pero, incluso, hay contactos con el pampeano Rubén Marín. Muy simple: si no reconstruye algunos acuerdos, el oficialismo podría poner en riesgo su mayoría en el Senado.
Por alianzas cruzadas, parecen improbables reacercamientos a Juan Carlos Romero y Jorge Busti: en Salta, la autopista es Juan Manuel Urtubey; en Entre Ríos, es Sergio Urribarri, «El Pato». Son casos emblemáticos de tratamiento particular: a todos los demás, por vías diversas, mandó a buscarlos.
Para la semana próxima, Randazzo planea un encuentro con legisladores e intendentes de la UCR K. También agenda citas con el Frente Grande, el Partido Socialista -que tiene en Oscar González a su « hombre» en Casa Rosada-, el Partido de la Victoria -sello de Alberto Fernández que preside Graciela Ocaña pero cuyos papeles maneja Aldo San Pedroy vecinalistas. En ese barrido, Randazzo podría incluir a grupos piqueteros. Quizá sea un poco tarde: un reservadísimo operador de Massa se vio en los últimos días con los principales caciques de las organizaciones K, a los que les prometió que el jefe de Gabinete, lejos de ser una encarnación del pejotismo, será su interlocutor en la Casa Rosada.
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