ver más

Ya superaste el límite de notas leídas.

Registrate gratis para seguir leyendo

3 de diciembre 2003 - 00:00

"Ese es mi ministro" (Duhalde)

ver más

El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.

• Duhalde no tiene que hablar.

• Y, si lo hace, tanto él como su esposa, deben hacerlo para ayudar y no para entorpecer.

• Si quieren opinar en contra que lo hagan privadamente, no en público, menos con periodistas de testigos.

• Los dichos de Duhalde (a favor del orden, en contra de las «manos de seda») generan más confusión.

• La pareja ha cometido un exceso de protagonismo. Los dos se deben tranquilizar.

• A pesar de todo, entiende Pampuro que los Duhalde se llevan bien con Kirchner. «Armónicamente», dijo y, quizás, de ahí la derivación a la Lewinsky, aunque esa imputación típica de los graciosos muchachos de café apunta, con las diferencias del caso, a vituperar al que fue amigo íntimo en sucesivas ocasiones y, de repente, se convierte en un lenguaraz crítico de esos buenos momentos. Al menos, así se vivía ayer en el universo peronista bonaerense el impensado lanzamiento periodístico de Pampuro contra los Duhalde.

De Lanús a La Matanza, por no hablar del corazón familiar en Lomas, se horrorizaban del ministro, a quien los Duhalde -especialmente Chiche- lo conocen de «chiquito» por sus servicios al «chiquito».Y no sólo porque es médico o porque ha sido especialista en temas de obras sociales, actividad tan discreta que nunca nadie mencionó. Como su estrecha, casi íntima y poco abordable relación de ida y vuelta con Domingo Cavallo. Ella, Chiche, al rememorar sufría de ardor estomacal cuando menos, ya que no podía creer que Pampuro -«Pepe», para ella- la mandara a cerrar la boca. Ni siquiera podía hablar con su esposo, otro atragantado por la novedad, de viaje con Lula. Si ya estaban molestos por la actitud de Fernández, reconocían que no era del todo propio, que pertenecía a otro ramal ferroviario (Quilmes) y, en última instancia, resultó un timorato de ascenso con sus declaraciones frente a lo que dijo su colega de Defensa. Ni los ofendidos Duhalde creen que Kirchner les pida tanto a sus ministros.

Se cortaba el aire entonces y, como si fuera un entierro, se recordaban momentos pasados, de aquellos en que costaba decirle «doctor» a «Pepe» (cuestión que hoy, claro, con natural servicio hacen los militares), cuando le llevaba el bolsito a ella en el club o cuando se disfrazaba de arquero en el equipo de Don Tomás (la quinta que por alguna razón la familia Duhalde decidió donar). O, casi como un López Rega con bigote, se le enojaba a Duhalde como el otro hacía con Perón cuando éste lo ignoraba y le acometían lipotimias o pesadumbres tan intensas que era necesario recuperarlo con una palmada o una visita. Padecía los celos como pocos. El anecdotario era intenso, voluminoso, tanta la confianza que no se podía creer que él, ahora, les diera consejo a los Duhalde. Y a ella, sobre todo, su hada madrina y protectora, convertida por él en «protagonista» cuando esa definición todos saben que se apela para descalificar a una prima donna o a una María Callas rubia.

¿Quién hablará sobre la traición?, se preguntaban las fieras duhaldistas, ya que los Duhalde hoy no se reconocen en el espejo: los han inventado desde el gobierno como exponentes de una derecha extrema, dispuestos a matar a piqueteros hambrientos o a otros pobres, cuando el propio bonaerense alguna vez dijo que «si no fuera Presidente hubiera querido ser piquetero» (idea peregrina que, por otra parte, jamás se le ocurrió con buen tino a Kirchner). Cuando fue el bonaerense quien planteó quejas contra el «neoliberalismo» de Carlos Menem (¿habrá leído a Benedetto Croce en su cátedra inconclusa de la Universidad de La Matanza?) y propiciaba intervencionismo estatal a cada rato. Si el matrimonio no se repone aún de la celada política dispuesta por el gobierno (el mismo que había acusado de vagos a los piqueteros, manifestación que ya pasó al olvido), más convaleciente se encuentra por la actitud de Pampuro: algún ejercicio democrático les queda a la pareja bonaerense y, por lo tanto, les parece fascista que éste los mande a callarse la boca o, aún más despreciable, que los condene a resolver litigios en secreto, lejos de la opinión pública, en pasadizos o subterráneos. O que su amigo, el médico que nunca consultaron por desconfianza en la idoneidad, les recomiende un valium. Atónitos están los Duhalde, carecen de consuelo, olvidando que en Pampuro la conducta ha sido siempre la misma: no es que hoy odie a sus íntimos de la provincia, al matrimonio del cual ha sido confesor y beneficiario mayor, sino que ama demasiado a Kirchner. Todo lo de él es amor, siempre, y Chiche lo debiera saber. ¿O no fue acaso el ministro quien en la Casa Rosada sugirió que Cristina Kirchner se presente como candidata a gobernadora en la provincia de Buenos Aires para competir contra la esposa de Duhalde cuando finalice su mandato Felipe Solá? Y no es que ya no la quiera a Chiche, sino que ama más a Cristina.

Finalmente, también los nerviosos y asustados Duhalde ante la ofensiva oficial deberían razonar sobre otras actitudes del ministro Pampuro. Ayer mismo, luego de sus opiniones sobre el matrimonio, también se expresó sobre el aniversario del 20 de diciembre, alegando que esa jornada -como la del 19- serán «festivas», como en su momento. Para él, «festivo» fue el derrocamiento de un gobierno democrático, «festivo» fue el comienzo de una calamidad institucional sin antecedentes, «festiva» fue la crisis económica más brutal de la historia argentina, «festivo» fue una hilera de más de 20 muertos en menos de 48 horas. Tal vez Pampuro tenga razón: no se le puede brindar al periodismo tanta «festividad», menos a la población. Mejor que la reserve para la intimidad de su hogar.

Últimas noticias

Dejá tu comentario

Te puede interesar

Otras noticias