Esta violencia

Política

Hay que admitir que es difícil para todo hombre público, de cualquier signo político, mientras sea medianamente sensible y opere en un país en democracia, solucionar el problema del accionar de masas en la calle. Si, además, ese accionar es deliberadamente violento, se produce en un país con nutridos precedentes históricos de violencia, sumido en un sorprendente índice de pobreza de 48% y con un gobierno con pecado de base sobre la forma bastante viciada en que fue electo, el problema es mayor. Para Néstor Kirchner y sus funcionarios adláteres la solución es más que difícil. Directamente parece imposible.

En 1919, el primer presidente argentino electo por voto universal y secreto, Hipólito Yrigoyen, enfrentó un problema similar que culminó en «la semana trágica», con muertos, sorprendentes tiroteos nocturnos a comisarías y huelgas salvajes. La anarquía en Buenos Aires, con un país mucho más rico que ahora, que se encaminaba a ser el sexto del mundo en desarrollo menos de una década después.

Que es un tema más que difícil -no sólo para el gobierno, aunque éste empeore las circunstancias-lo muestra que los críticos de la violencia piquetera saben hoy describirla y estigmatizarla pero no proponen soluciones. Cuando el crítico evoca encuestas obvias -no de las falseadas sino de las serias, como la de la Universidad de Belgrano que da 76% de rechazo ciudadano al accionar actual piquetero y del gobierno- es que demuestra desconcierto. Es no ver que hay soluciones pero que este gobierno, este especial gobierno que hoy tiene la Argentina, no puede aplicarlas.

Es la cruel realidad del momento nacional que puede llegar a un desborde mayor que tomar 9 horas una comisaría, invadir un edificio del Ejército -y no para protestar por el desempleo, algo que no tendría sentido en ese patio de armas-, violentar edificios privados o intimidar y golpear a transeúntes, aparte de negarles su derecho a circular.

Sin sus otros complejos -por empezar el natal-, el gobierno puede utilizar fuerzas de seguridad apenas antitumultos como cualquier país del mundo. Cuerpos policiales especiales con escudos plásticos, sin armas de fuego, con gases lacrimógenos o paralizantes, camiones hidrantes, las modernas armas de 12 wats que obnubilan al activista violento pero no lo hieren, la disuasiva Policía Montada como en Nueva York (aunque aquí a la jueza Servini de Cubría le haya parecido «barbarie» su empleo en diciembre de 2001), perros amaestrados y otras formas no sangrientas.

• Excusa

Sin embargo, el gobierno muestra que no están al alcance del presidente Néstor Kirchner. Pero no es, como él sostiene, por tener una «policía de gatillo fácil». Esto suena a excusa porque es evitable. Un comisario inferior de instintos perversos como Alfredo Fanccioti, de la Policía Bonaerense, que en junio de 2002 asesinó salvajemente a los activistas piqueteros Santillán y Kosteki es una excepción que puede darse en cualquier sector y momento. Bastaría recordar, para dar solo un ejemplo, a aquel policía italiano que mató en una manifestación antiglobalización. Por supuesto que arriesgar reprimir civilizadamente se agrava en «policías bravas», típicas de países subdesarrollados. Además, Fanccioti quedó al mando para resguardar el orden en Avellaneda, en aquel fatal junio de 2002, por esas ironías del destino, por una ausencia -por cierto torpemente no contemplada por superiores-de la seccional y del operativo.

Debe también contemplarse ese profundo concepto de Julio A. Roca a comienzos del siglo pasado que recordó estos días el analista Mariano Grondona: «No conviene forjarse ilusiones sobre nuestra organización -dijo Roca hace casi 100 años y poco antes de «la semana trágica» de 1919-. La anarquía no es planta que desaparezca en el espacio de medio siglo, ni de un siglo, en sociedades mal cimentadas como la nuestra».

¡Que visión la de Roca en un país que precisamente antes de cumplir un siglo, como predijera, vivió 6 golpes de Estado anticonstitucionales -sin contar subgolpes entre sus protagonistas iniciales-, la masacre en Plaza de Mayo el 16 de junio de 1955, los fusilamientos a peronistas en 1956, la masacre de Ezeiza de 1972, miles de muertos en la guerra subversión-antisubversión de la década del '70, los estudiantes y obreros caídos en manifestaciones -como Retamar y Mucci en la época del presidente Illia-y ahora la violencia callejera.

• Control

Por otra parte, ¿sucedería hoy un exceso como el de Fanccioti en el cuidado del orden en las calles, en resguardo de las instituciones y la propiedad privada, como en toda nación civilizada, con el férreo control que ejercen ahora León Arslanian en la Policía Bonaerense y el comisario Eduardo Prados en la Policía Federal? Cuando menos no es previsible una repetición de tal barbarie, aun cuando los jefes policiales se hayan cansado de ser usados como excusa cuando sobrevinieron problemas por reprimir. También frente al hecho de temer la organización de calle que hoy tienen los grupos piqueteros, tanto los «duros» como los «blandos» de Luis D'Elía, que acaba de tomar con su fuerza de choque de treinta hombres la comisaría en La Boca. Son formas desconocidas en el pasado porque se trata hoy de casi milicias profesionales pagas con fondos públicos y armas, como las visibles por ahora menores como los palos y capuchas. Más grave aún por impulsar los ideólogos como carne de cañón a sus adictos, a los que beneficiaron con gestión política de planes asistenciales para captarlos y sumarlos a los activistas idiologizados tradicionales o atraerlos con la obtención de fondos públicos para centros de comida.

Renovar y acumular víctimas fatales es indispensable al escalonamiento de la violencia piquetera porque es la norma de guerra aprendida de las tradiciones bolcheviques, trotskistas y maoístas del siglo pasado, sin vigencia hoy en el mundo -salvo en Cuba-, en las cuales se inspiran sus ideólogos -aun por arriba de los ejecutantes Raúl Caste-lls o Néstor Pitrola-y, como históricamente siempre sucedió, antecedentes de revoluciones proletarias desconocidos por las masas que sólo viven su pobreza y necesitan los alivios sin juzgar de donde provengan.

• Encrucijada

El Presidente -que arriesga mucho al inmovilizarse, incluyendo las inversiones para la recuperación real del país-, al negarse a cualquier acción de resguardo civilizado del orden en las calles y propiedades con empleo de fuerzas públicas procura evitar ser ubicado a la derecha en la encrucijada política deliberada que le ha creado ese sector ultra.

El «izquierdismo» de Kirchner existe pero, en definitiva, es «light», a la criolla. Es la «adolescencia» política que remarcó como peligrosa el cardenal primado de la Argentina, monseñor Bergoglio, en el tedeum del 25 de Mayo pasado. Es reivindicar un poco lo que no se haya hecho en lo personal en los años '70. Es el «izquierdismo» que tiene ideólogos tan endebles como Horacio Verbitsky, que vive bien manejando fondos públicos «por la memoria» más otros cuantiosos montos del exterior, engañando norteamericanos ingenuos de la Fundación Ford con posturas sobre los «excesos de los militares latinoamericanos», tema que a los del Norte les atrae sin indagar mucho y les calma cualquier atisbo de culpa, por lo menos hasta ahora que, «con sorpresa», descubrieron la violación de los derechos humanos de sus propios soldados en la cárcel Abu Ghraib de Irak.

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