Cristina Kirchner sigue siendo, desde que su esposo se sumergió -acaso con excesivo dramatismo- en las brumas de la derrota misionera, la principal inspiradora política del gobierno actual. Se está ganando, visto de otro modo, una candidatura presidencial que, hasta ahora, era vista solamente como una concesión generosa, machista si se permite, del Presidente. Ilustran esta evidencia innumerables episodios: desde la reducción del número de jueces de la Corte hasta la expulsión de Luis D'Elía del gobierno (arrastrando consigo, gracias a las afinidades bolivarianas, al ex embajador de Venezuela Roger Capella), desde la satisfacción de la comunidad judía con el pedido de captura de funcionarios iraníes hasta la remoción del senador Miguel Pichetto del Consejo de la Magistratura.
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Al comando de la política oficial, Cristina Kirchner parece dispuesta también a darles orientación a dos maniobras principales del gobierno: la política exterior y la campaña bonaerense, que casi equivale a la carrera presidencial de octubre próximo.
En este último campo, la senadora volvió a demostrar que ella tampoco deja las convicciones en las escalinatas de ningún edificio público: idéntica a sí misma, ahora vuelve a apostar por María Laura Leguizamón como protagonista de la saga oficialista. No le bastó a la primera dama con detectar la prehistoria bonaerense de Daniel Scioli, hasta convertirlo en candidato sobreponiéndose a antiguas irritaciones. Ahora está casi en las exclusivas manos de la senadora la designación de su vice. Y, como en el momento de reemplazar a Pichetto en el Consejo, la cabeza coronada es la misma, la senadora Leguizamón, compañera de banca y de aventuras estéticas propias de dos mujeres coquetas y pasablemente consumistas.
Sobre Leguizamón pesan los mismos argumentos adversos que debe soportar Scioli: supone un giro hacia el centroderecha peronista (se trata de alguien que pasó por el duhaldismo y el belicismo) y también es la importación de alguien que milita en la Capital. Leguizamón es senadora por ese distrito, después de una polémica captura de la banca que reclamara el ARI para Susana Rinaldi.
Pero si estos datos desmerecen la postulación de esta dirigente, están atenuados respecto de los mismos vicios en la foja de Scioli. Leguizamón ejerce una representación porteña pero nadie puede dudar de que haya ejercido la ciudadanía en la provincia de Buenos Aires. No sólo votó sino que fue votada en ese distrito, al que le dio voz y voto en la Cámara de Diputados, cuando en vez de sentarse a la sombra de la señora de Kirchner lo hacía a la vera de la de Duhalde, Chiche. Si al vicepresidente le faltan antecedentes bonaerenses, a Leguizamón le sobran. Tanto que hasta alguien puede tentarse en pensar si no es su actual cargo en el Senado lo que tiene un velo de usurpación. En cuanto a su orientación de centroderecha, la imputación se basa en antecedentes inofensivos. Es cierto, fue duhaldista y belicista. Pero no más que Alberto Fernández, el padrino del progresismo kirchnerista.
Está claro que no está dicha la última palabra sobre el ingreso de Leguizamón a la fórmula provincial. Si ni siquiera Scioli tiene asegurado lo que le prometieron hace tres semanas. Pero sí hay que computar que se trata de la opción más firme, tanto es el poder de Cristina hoy en las decisiones de su esposo (no tanto como para conseguir que concurra al teatro, como le confesó el martes a China Zorrilla durante un homenaje a Victoria Ocampo en San Isidro).
Si la esposa del Presidente no sorprenderá a nadie con esta determinación doméstica, tampoco debería llamar la atención el itinerario que prepara para sus próximos movimientos internacionales.
Además de prepararse para otra visita a los Estados Unidos, esta vez a Washington, la senadora Kirchner ya instruyó a Jorge Yoma, embajador en México, para que le tramite una entrevista con Felipe Calderón, el nuevo presidente de ese país. Se trata, es casi innecesario decirlo, del candidato del PAN, que derrotó al centroizquierdista Andrés López Obrador, dirigente del PDR que sigue reclamando para sí el cargo presidencial. Podría hablarse de un nuevo giro de los Kirchner esta vocación por cultivar a la derecha mexicana. Pero en Olivos no se ven las cosas de ese modo: «Los que piensan así se olvidan del pragmatismo de la política» se queja el Presidente cuando le hacen notar la postulación de Scioli, la expulsión de D'Elía y este acercamiento a las opciones más conservadoras de la política azteca.
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