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13 de mayo 2005 - 00:00

Kirchner ya dejó de creer en plebiscitos

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Eduardo Duhalde, Chiche González de Duhalde y Cristina Fernández de Kirchner.

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Por esa palabra de optimismo desafiante chocó contra un blíndex político. Aunque las encuestas -muchas rodeadas de suspicacias- le prometen éxitos masivos, la realidad de la futura consulta no es tan benigna. Además, hubo otro dato adverso: el amago de lanzamiento de Cristina Kirchner en Obras Sanitarias careció de esa fulminante repercusión que imaginaron en un principio: fueron menos de las voluntades esperadas, no hubo espontáneos, a pesar de un fuerte despliegue publicitario, numerosos nombramientos en el sector público y algún canje de simpatía con gremios hoy afines (UPCN, porteros, taxistas) que no son aquellas organizaciones de base que presuntamente auspicia el kirchnerismo. En rigor, lo que se vio en esa noche de Obras fue una notoria preeminencia sindical con mínimo vínculo, en apariencia, con los sectores de clase media porteña. Se podrá argüir, con picardía, que para no tener otro Cromañón el gobierno limitó la concurrencia multitudinaria.



Si esto parece anecdótico, hay otras evidencias que han complicado el uso del verbo plebiscitar para el 23 de octubre:

• No todos los peronistas del interior (por ejemplo, José Manuel de la Sota) quieren concurrir a elecciones bajo el paraguas del Frente de la Victoria, lema de Kirchner que pretende reemplazar al Partido Justicialista. Esa modificación de título y escudo hasta molesta a ciertos gobernadores, quienes por principios y por marketing electoral consideran imprescindible la conservación de los símbolos tradicionales, incluyendo las imágenes de Perón y Evita. Sólo Jorge Busti, de Entre Ríos, habría aceptado vestirse con la sigla oficialista, quizás porque el Frente de la Victoria -como se burlan algunos bonaerenses- se lo considera un título manosanta: a todo lo viejo que toca lo convierte en nuevo.

• Hasta ahora, Kirchner se desconectó del peronismo, no lo quiso presidir, tampoco contagiarse de su historia. Suma cero porque también evitó que otro se colocara al frente y, entonces, el edificio de Matheu -un lugar que se supone de discusión- se convirtió en un restorán para solaz gastronómico de José María Díaz Bancalari. ¿A cambio logró crear una alternativa seria, el Frente para la Victoria? Más que magro fue ese emprendimiento, cayó en Santiago del Estero con un delegado del cual ni siquiera estaban orgullosos, hace días en Neuquén fueron aplastados en una localidad donde nadie sabe para qué se presentaron.

Entonces, no logra insertarse en distritos clave, sus operadores carecen del respeto de sus colegas -aunque la promesa de obras y contratos permiten adhesiones transitorias-, ni un destello de mística se observa en ese marbete excluyente, poco participativo. Y sin una cobertura totalizadora, ¿cómo se podrá afirmar -en el caso de que llegara a ocurrir- que el kirchnerismo ganó en todo el país como sueña el mandatario?

• Lo de triunfar no es, tampoco, tan sencillo como bautizar un programa de televisión. En una mitad del país, Kirchner presenta debilidades extremas en varios centros: Capital Federal, dicen, se ha asegurado la derrota, en Santa Fe ensayan alquimias de improbable desarrollo, en Mendoza no da el pinet, Chaco parece inalcanzable, Catamarca como San Luis, La Rioja y Neuquén, son territorios ajenos. Ese concierto de provincias, para una elección global, no ofrece hoy expectativas para utilizar el verbo plebiscitar.

• Y en la otra mitad, la provincia de Buenos Aires, el cuadro se ha revuelto. Inclusive, el paso de las horas lo complica más a Kirchner (deseoso de un cierre interno y veloz) que a Eduardo Duhalde, ya lanzado a demorar entendimientos hasta el banderazo reglamentario. ¿O acaso nadie advirtió que Duhalde se enferma todas las semanas, también su mujer, su hijo Tomás, da largas, se prescinde de ciertas citas (encuentro en Brasilia o almuerzo con Tabaré Vázquez), viaja a lugares distantes (Alemania y Rusia) como si allí ni siquiera llegase el teléfono? Mientras, Cristina deberá volar por el mundo y sacarse fotografías cruzándose con jefes de Estado como si esos recuerdos tuvieran algún significado entre los votantes de La Matanza, Ingeniero Budge o en la villa La Rana.

Cayó mal, claro, el intento «K» de arrebatar la estructura duhaldista con un ofrecimiento -más bien, sonó a ultimátum- de cederle sólo 30% de los cargos en las listas (con lápiz rojo incluido para vetar a posibles indeseables), justo cuando Duhalde imaginaba que su sector dispondría de mayoría. Más cerril se volvió el aparato bonaerense cuando el oficialismo aumentó la presión con los medios periodísticos -asegurando que lo de Cristina estaba cerrado-, Julio De Vido engordaba con las choriceadas en las intendencias beneficiadas, los «K» menos jóvenes decían que terminaban con la vieja política corrupta y Felipe Solá encabezaba otras arremetidas. Si hasta el propio Duhalde, entonces, debió abandonar sus engañosas confesiones de que se estaba por retirar y su esposa Chiche -para aliviar al consorte- dejó trascender que se presentaría con o sin la aprobación de su marido (en la interna o en la general) para enfrentar a Cristina en las urnas. Y, por si fuera poco, hasta hicieron circular encuestas en las cuales el duhaldismo, si va contra el kirchnerismo, saca por peso propio más de 30% de los votos en la provincia. O sea, ¿para qué aceptar un obsequio mezquino si ese capital ya es propio? Además, si va la señora de Duhalde y, también el resto de la oposición, no sólo será imposible invocar el verbo «plebiscitar» sino también habrá que analizar la conveniencia de que la primera dama se ensucie en una campaña donde la victoria puede ser pírrica. Entonces, Kirchner debe pensar ahora que nunca es bueno comprar lo que uno mismo vende.

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