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Consejeros sensatos le advirtieron de lo estúpido que significaba ocupar un país menor, atrasado, que no valía la pena gastar esfuerzos en esa tarea pues ni siquiera tenía mar. Aceptó a regañadientes la orgullosa dama y, como represalia, determinó simbólicamente que Bolivia fuera borrada de todos los mapas de la Corona.
Hay quienes, temerosos, han querido comparar ese exabrupto con la última boutade de Néstor Kirchner a propósito de G. Bush («le gano por knock out»). Son, claro, episodios diferentes en gravedad aunque más de alguno imagina un desenlace semejante: el comienzo de la Argentina ignorada, apartada del mundo, como en gran medida ha vivido Bolivia, y no sólo debido a que un atrevido presidente en determinado momento se le ocurrió zaherir y burlarse de una de las más grandes potencias.
No es una distinción minúscula, marca lo que es una carga o la vocación de servicio frente a las multitudes que descargan en otros sus responsabilidades. Por no haber tenido infancia, como algún personaje de Divito, o por narcisismo protagónico, la Argentina ha padecido una disrritmia cardíaca que la ubicó cíclicamente ante el colapso.
Y, en rigor, lo que más debe preocupar no son las respuestas que se le dan a Washington sino la certeza de que Néstor Kirchner le preguntó hace poco a Eduardo Duhalde, como si no supiera las consecuencias, «¿qué te parece si vamos a un segundo default con los organismos internacionales?».
Ya Perón, guía luminoso de Kirchner, tuvo sus escarceos con los Estados Unidos. Hasta fue presidente por haberse servido de Braden como enemigo. Pero, quizás, algo nuevo aprendió y pactó con los contratos petroleros de la California. ¿Sabiduría o humillación?
Uno no conoce la lectura que el santacruceño ha realizado de ese episodio, tampoco sabe «aunque él debe realizar en el gabinete un concurso para encontrar a su ministro más apreciado» la opinión presidencial sobre las bromas que antaño el general le propinaba a uno de sus servidores más fieles, por decirlo de alguna manera.
Decían que le entusiasmaba al gobernador de Buenos Aires, Vicente Aloé, con la guerra contra EE.UU. hasta preguntarle, luego, con esa simpatía cazurra característica: «Bueno, pero ¿qué hacemos si ganamos?».
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