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7 de abril 2005 - 00:00

La pugna Kirchner-Duhalde se hace a costa del público

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Cristina Kirchner

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No pasaron siquiera unos comicios desde que Duhalde ungió a Kirchner presidente y éste, como premio, ya decidió desalojarlo de la provincia y, si es posible, escriturar a su nombre la casa que el bonaerense posee en Lomas de Zamora. ¿Apropiaciones de la década del '70?

Esta presunta falta de lealtad o de sometimiento estricto a las reglas cursadas por Maquiavelo se basa, según la versión disidente quizá, en la búsqueda de una mayor calidad institucional, lo que se advertirá en el currículum de algunos candidatos kirchneristas (siempre y cuando la Policía entregue sus correspondientes fichas), más acostumbrados a no pagar sus deudas que a incurrir en infracciones revolucionarias. No le van en zaga, claro, algunos de los que aparecen con Duhalde. Casi una naturaleza de la cúpula peronista que aprovecha el candor del voto de sus adherentes anónimos.

Hombres sin comunicación (la última vez que se cruzaron, en Montevideo, Kirchner le dijo a Duhalde que hacía tiempo que no tomaban un café y éste le respondió que estaba a su disposición, ya que tenía más tiempo y menos compromisos que el mandatario), van al enfrentamiento uno sin voluntad y el otro como conquistador. Si la obra avanza como aguarda el teatro, habrá escaramuzas inolvidables, típicas del PJ, ya que unos desde la Casa Rosada amenazan con los Tribunales para Duhalde (sin mencionar siquiera la causa del Banco Provincia, más bien otras carpetas), mientras la réplica de éstos se sintetiza en una frase: «Mejor que a este muchacho le vaya bien y pueda aspirar a la reelección en 2007, porque si no lo logra le vamos a llevar cigarrillos a la cárcel» (se supone que hasta esa fecha no imaginan prescriptas algunas causas, sin incluir en la insinuación los míticos y navegantes fondos de Santa Cruz). No son juegos de abalorios.

Aparte de acusaciones, el resto de los ciudadanos observará el magnífico espectáculo entre quienes han controlado el «aparato» bonaerense -bastante deshilachado por cierta prescindencia de la política bonaerense- y los que despliegan la captación moral de seguidores a través del billetazo. O sea, los especialistas en pesar votos más que contarlos, dominantes de una red gigantesca de punteros e intendentes afines (escabrosa, tal vez, pero suficiente para llevar hace menos de dos años a Kirchner a la Presidencia) contra los beneficiados de otrora ahora expertos en el suministro de subsidios oficiales y teledirigidos, en cuotas para mantener la obediencia, canalizado en obras para jefes comunales a quienes ni siquiera le conceden la administración de esas obras (sea por desconfianza en esa posible gestión descentralizada o por la excesiva y conveniente confianza propia en el control de administración centralizada). Lo que podría denominarse una cruzada moral.



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