Los caciques sindicales se juramentaron anoche permanecer unidos hasta la muerte. El bolero se escuchó en los altos salones del sindicato de Luz y Fuerza adonde el dueño de casa -como adelantó este diario- albergó una cumbre poco frecuente: los gordísimos Oscar Lescano, Andrés Rodríguez (empleados públicos de UPCN) y José Luis Lingeri (aguas) junto a los gorditos (se niegan a reconocer su real fisonomía) Hugo Moyano (camioneros), Juan Manuel Palacios (transportes), Omar Viviani (taxistas) y Juan Carlos Schmid (dragado y balizamiento).
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La reunión concluyó con la promesa de convocar a una reunión de los secretarios generales de todos los gremios que componen las dos CGT (Moyano y la de Rodolfo Daer) que se hará antes de fin de año con un propósito público y otro privado: el primero es sellar la unidad en una sola central obrera; el segundo, mandarlo a la casa a Rodolfo Daer (en realidad a Ginebra, alma mater del gremialismo criollo).
Lo primero lo justificaron en intenciones altruistas: concentrar fuerzas para enfrentar reivindicaciones que ven debilitarse por la desocupación que no baja. A eso agregaron algo que reconocen a regañadientes; si se muestran unidos es posible que el gobierno los reconozca como interlocutores. En la reunión que los ocupó durante tres horas el propio Moyano -el sindicalista predilecto de Néstor Kirchner- reconoció que en Casa de Gobierno lo reciben más por el temor que inspira que por afecto político.
Admitieron todos los presentes que Kirchner los recibe de a uno si plantean cuestiones de cada sector, pero que nunca los ha recibido en conjunto como anteriores gobiernos.
Sensibles como son, repasaron las carpetas contables y debieron reconocer que el gobierno les ha regularizado los pagos de los aportes a obras sociales en el rubro que más les interesa por la liberalidad que permite en su mane-jo, la llamada «alta complejidad». Se trata de fondos que el Estado aporta a obras sociales para pagar las prestaciones más caras de salud.
Se quejaron de nuevo, claro, de que les sacaron los $ 80 millones del presupuesto para dárselos a sus competidores del piqueterismo.
Cuando llegaba la hora de la cena, la franqueza fue mayor y hubo risas y autocríticas del tipo «Nadie se acuerda de De la Rúa, que arruinó todo, mientras que hay cosas de Menem que la gente extraña», algo que admitió hasta el rabioso Moyano.
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