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11 de noviembre 2005 - 00:00

Magia oficial: en 15 días se rifó el éxito electoral

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Néstor Kirchner, ayer junto a Julio De Vido antes de partir a Santa Cruz para un fin de semana en el cual se espera alguna definición sobre el nuevo gabinete que tiene que asumir el 10 de diciembre.

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No es menor la lista de episodios malhadados y hasta provocados por sí mismo para explicar ese declive:

• Los acontecimientos violentos de la estación ferroviaria de Haedo.

• La poco feliz conducción de la cumbre marplatense y las lamentables manifestaciones.

• La incapacidad legislativa que, a pesar del dominio proclamado y la docilidad de sus oponentes, le impidió sacar leyes que consideraba clave.

• La penosa transacción para incorporar a sus filas, sin elementales condiciones éticas, a un legislador porteño como Borocotó.

Todavía no se encontró una razonable justificación para entender la desidia del Estado en la contención de los incendios y asaltos en ese barrio del Oeste. Por más que fue una «argentinada», la absurda demora en contener esos desmanes (unas 6 horas) motivó que el propio mandatario reprendiera por inoperancia a su ministro Aníbal Fernández y al bonaerense León Arslanian. ¿Fueron ellos los únicos culpables en reponer un orden en el que pusieron presos hasta dos jugadores de Deportivo Español que iban a entrenar? Algo falla en el sistema de seguridad, aunque se arguya neutralidad para no provocar muertos.

Lo mismo sucedió en Mar del Plata, donde más de una sospecha indica que hasta el propio gobierno -por más que trate de mercenarios a los manifestantes- alimentó el carácter de la protesta basada en consignas anti-Bush. Fue un intendente insospechable como Daniel Katz quien comprometió a la administración al señalar que «hubo zona liberada» -o sea, permiso oficial- para posibilitar que los vándalos arrasaran con viviendas y negocios. Aún no se ha escuchado una respuesta seria, razonable, a esa denuncia. Y ambas situaciones de violencia no fueron el único costado que limaron la imagen del poder supremo de Kirchner.

En el Congreso, por ejemplo, donde el kirchnerismo jura carecer de sitio para encajonar a tantos trasvasados nuevos, esa hegemonía política no le alcanzó: ni para sacar la prórroga de impuestos a su medida, ni para resolver varios artículos objetados del Presupuesto. Por no mencionar las complicaciones que le niegan la habilitación de nuevos poderes a Roberto Lavagna, mientras en el Senado la primera legisladora y su equipo debieron transigir en la ley de las ejecuciones hipotecarias por la apretada de los deudores escandalizados. Toda una semana legislativa con malos vientos cuando, se supone, a los gobernadores dueños de los legisladores el gobierno los maneja con la caja y la instrucción telefónica. Inexplicablemente, allí el poder del 23 de octubre se filtró como el aire por alguna rendija.

Lo mismo ocurrió en materia de política internacional, donde por primera vez el Presidente se dispuso a actuar como máximo Canciller -postergando a un desgastado Rafael Bielsa- frente a 34 países del continente, ubicándose en minoría no sólo frente a los Estados Unidos, sino frente a otra mayoría que piensa diferente. ¿Y fue sólo por presumir adrede de que se pronunciaba contra Washington? En rigor, todo resultó tan confuso y casi personal que la Argentina hoy defiende la misma posición menemista de los noventa (Carlos Escudé, en documentos de la Cancillería, escribió entonces, cuando era asesor de Guido Di Tella, que vamos al ALCA siempre y cuando se reduzcan y eliminen los subsidios), pero enemistándose con EE.UU., México, Colombia, Centroamérica, Chile y Uruguay (entre otros), sometida con instrucciones a la guía espiritual de Brasil (seguramente se apoyará a Lula para el Consejo de Seguridad cuando siempre se opinó lo contrario) que, al día siguiente de la cumbre, como corresponde a la astucia de Itamaraty, se burló de lo que había empeñado con el Mercosur y se congració educadamente con George Bush como su mejor amigo.



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