Néstor Kirchner atendió ayer sus intereses en el conurbano bonaerense con un acto en la localidad de Moreno (en la foto junto al intendete Andrés Arregui) y se dio tiempo también para terminar el armado de la nueva cúpula del PJ.
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Un ánimo semejante, aunque con más aires de desafío, ocurrió cuando un funcionario preferido de Kirchner, su hacedor de política Juan Carlos Mazzón, frente a los gobernadores justicialistas no supo responder el planteo que éstos le hicieron: «Nos gustaría saber si el Presidente quiere estar al frente del Partido Justicialista y representarnos o, al contrario, mantenerse ajeno a nosotros y al justicialismo». Mazzón no se atrevió a repetir: «Ustedes son el pasado, lo que quiero cambiar», pero eso estaba implícito en otra propuesta suya: «Vamos con Eduardo Fellner de titular partidario». Palabras más, palabras menos, fue lo que sucedió.
Recordaban los '70, cuando afines a Kirchner como Montoneros, arrasaban a medias en las universidades contra Franja Morada, en los sindicatos con la Juventud Trabajadora y facciones internas (amén de denuncias y atentados), mientras al partido peronista lo penetraban con personajes adhoc, reconvertidos a la revolución burguesa que hasta llegaron a presidir provincias. Meteórico y tumultuoso avance en ciertos casos, sin contar inclusive con la bendición del general Perón. Por más que duró poco ese arrebato, nadie olvida en el justicialismo la violencia y la discriminación de esos grupos, especialmente sus víctimas.
• Aunque Kirchner no dispone de aquella masa crítica de los montoneros y le cuesta corporizar en multitudes la adhesión popular (fracaso del acto del 1 de marzo y la dura realidad de que a la ESMA fue menos gente, el mismo día, que a la Plaza de los Dos Congresos), igual desplegó ofensivas. Sobre lo que él considera feudos repugnantes, como el de Santiago del Estero, paradójicamente quizá su mayor y querido aliado para vencer el año pasado a Carlos Menem. O sobre San Luis, amparado en desatinos de su gobernador. Y privilegia, a cambio, administraciones como la de Eduardo Fellner (Jujuy), no porque sea mejor, sino porque se sometió a sus dictados. Casi comparable a lo que en aquella década nefasta se llamaban los «quebrados». No en balde Alberto Fernández, al describir cierta rebeldía de los gobernadores para encuadrarse, les recordó que deberían pasar por su escritorio, en busca del cheque mensual. Algo así como lo que Alberto Rodríguez Saá ya hizo con la insurgente y turística Merlo: como votaron en contra del oficialismo, se regionalizó la ciudad y la postergaron del presupuesto.
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