El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Sorprende ese silencio cuando todos están en campaña, del mismo modo que cuesta entender la naturaleza del pleito entre Néstor Kirchner y Aníbal Ibarra, ya que sería demasiado ingenuo suponer que las diferencias por ganancias y extras responden en exclusividad al celo de poco conocidas reparticiones específicas como las loterías. Por un lado, está claro que la Casa Rosada pretende quedarse con el control total del juego en la Capital (de ahí que denunció un mutuo acuerdo de antaño) y, por el otro, el jefe de Gobierno revela interés por participar en la regulación y extensiones lúdicas que generan tanta prosperidad, sea en la tierra como en el agua. No es raro el desvelo de Kirchner, hombre más bien adicto a fichas, monedas y números, en su provincia y en países vecinos, sí en Ibarra que hizo campañas contra el juego (lo acusaba a Fernando de la Rúa por el casino flotante) mientras estaba en la arena, aunque una vez en el cargo tuvo amnesia repentina y robusteció lo que habían decidido sus antecesores. Hoy, claro, pueden alegar que defienden a su modo los intereses de sus representados.
La curva de estos negocios, mejorados en la calificación semántica como «ocio», ha explotado olímpicamente en esta década de 2000. Y en todo el país. Para felicidad de gobernadores y hasta de opositores, al punto que ciertas alianzas políticas se explican en esa usina, lo mismo que afinidades curiosas -como la de Kirchner con Carlos Reutemann- que pasan por la coincidencia de ciertas habilitaciones de casinos (por ejemplo, en Santa Fe). Un acuerdo de esas características, también, se concretaría en la provincia de Buenos Aires -donde bingos y casinos funcionan a full- para permitir que se instalen unas dos mil máquinas tragamonedas en el Hipódromo de San Isidro, vieja aspiración del Jockey Club trabada por la legislación vigente. Sin embargo, ahora parece que el intelecto bonaerense encontró un recoveco judicial y quienes sólo se entretenían con el turf también podrán distraerse con las tragaperras, como ocurre en Palermo, cada vez más horadado en su ecología por la instalación de estas máquinas.
Dejá tu comentario