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Escándalo y piedra libre para imprecaciones de todo tipo, duras, dirigidas en exclusividad a Rueda. Ella seguía sin mosquear, aunque respondió luego de la inicial catarata: «Voy a consultar después y, si ése fue el compromiso, lo asumiré» (obviamente, se refería a consultar a su jefe en el gremio, Carlos West Ocampo). La presión se hizo más fuerte, inclusive discutiendo si el acta debía llevar la fecha del 31 de diciembre o de 4 meses más tarde (el acuerdo de la vigencia del triunvirato era por un año). Casi la forzaban a que hablara por teléfono con su superior en Sanidad, cuestión que estuvo a punto de hacer hasta que ocurrió una interrupción: entró, casi golpeando la puerta y con dos compañías de robusta complexión, Omar Viviani (taxistas), cigarrillo encendido en la boca, echando humo como expresión rebelde y atacando más que preguntando: «¿Qué es eso de que no vas a firmar el acta? ¿Desde cuándo no vas a cumplir los compromisos?».
Ella se justificó diciendo que, en todo caso, ése era un compromiso de West Ocampo que ella desconocía y, por lo tanto, no iba a firmar ningún acta, menos el de su propia defunción anticipada. «En todo caso -señaló- firmaré el día que pase a ser secretaria adjunta. Hasta entonces, nada.» Claro, ardió Troya, casi se le abalanzan, intervino Luis Barrionuevo para alcanzarle la lapicera, pero sin violencia, y José Pedraza (ferroviario) la sacó del atolladero. En su auxilio expuso su visión democrática: «Esto es un apriete, no se puede tratar así a una compañera, dejemos que consulte y luego decida». Conciliábulos, insultos, otras groserías en el medio, pero al fin se aceptó la posición del veterano dirigente gremial, en esa ocasión apoyado por Andrés Rodríguez (UPCN). Y, desde entonces, nunca más se volvió a hablar de esa acta compromiso (asumido por todos los grupos en una reunión en trabajadores rurales) que la devaluaba en el inicio a ella y a Lingieri, quien para evitar reyertas y complicaciones, en el medio de la confusión gritaba que él ponía su renuncia al cargo que hacía minutos había asumido. Todo pasó.
Clima espeso al principio en esa nueva central obrera, hoy poblada de gente como nunca antes, que se ha diluido en posteriores reuniones, aunque a ella la han prevenido por exponerse tanto en los medios periodísticos (el primero en advertirla fue Barrionuevo, quien después no apareció más en la CGT). En rigor, temían que ella declarara que Moyano llegó a la cabeza cegetista por importancia de gremio más que por influencia intelectual. Rueda escucha los celosos reclamos pero no atiende: estima que la promoción personal la preservará en el futuro. Así piensan también quienes la orientan, el «brain trust» de los «gordos», donde ella abreva. En la mesa de reuniones, mientras, se sienta en una punta y, a los pocos minutos, entran sus dos secretarias con mate y termo, para que se inicie en la infusión y comparta ronda interminable en la que participa hasta el hijo de Moyano. Casi una familia. A su lado, cuando va, ella lo sienta a Armando Cavalieri, una forma de precisar corresponsalía, mientras en los otros sectores de la apiñada tabla (y en sillas que se colocan en segunda y tercera fila) se arremolinan por afinidades, se quejan algunos por la inédita presencia femenina en la jefatura («Para eso me quedo con mi mujer en casa que también habla mucho») y otros, a escondidas, fuman como si estuvieran en el fondo de un aula del colegio secundario. Lingieri, a su vez, parece el hombre invisible: si todo va bien y dura, nadie le dirá nada por su participación en el gobierno de Carlos Menem.
Después, si bien casi todo los tres lo hacen como los «play mobil» (juntitos) y van en dulce alegría a diversos encuentros, también dispusieron desviaciones propias y algo enojosas: Rueda hizo su propio acto por Evita -donde reivindicó a Rodolfo Daer, hizo un convenio con el ministro Daniel Filmus prescindiendo de otras secretarías de la CGT y, ayer, se presentó solita y pimpante frente a Néstor Kirchner, quien la invitó para conocerla sin imaginar quizás el desasosiego interno que provoca un gesto así en la central obrera. A su vez, Moyano hizo rancho aparte con Evita (fue con los gremios de «Las Seis Dos») y, en la víspera, se corrió a Montevideo para entrevistarse con Eduardo Duhalde (aunque esa audiencia fue consentida por el trío, más bien una avanzada del camionero con autorización hacia el mundo bonaerense). (Ver nota aparte.)
Por lo que se ve, el triunvirato comparte criterios a la hora de pedir salarios y obras sociales, pero entre ellos -por el poder gremial de la cúpula cegetista-mantienen una sorda e imprevisible batalla, casi lo que puede ser una escisión más adelante. Mientras, continuarán las diferencias: cuando la semana próxima dialoguen con Roberto Lavagna, luego de recorrer todos los ministerios, el trío decidirá su entre-vista con los jefes piqueteros. Ya se pronunció Moyano: los quiere ver en la CGT (y, en su caso personal, tiene deudas y favores morales con Raúl Castells, nacida de visitas carcelarias y una enemistad común: Luis D'Elía). Rueda ya dijo que no, considera que el momento no es propicio para esa bienvenida. ¿Se impondrán faldas o pantalones?
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