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Entonces, uno se retira de las grandes ligas, aunque cobrará como influyente en los próximos años y, el otro, venciendo pero sin poder arrasar ni plebiscitarse -salvo en dos distritos casi obvios, Santa Cruz y Buenos Aires- para aspirar al 2007 como primera minoría deberá ganar o comprar nuevas adhesiones.
Tiene hoy un capital insuficiente, una manta corta: difícil que insista ya con cederle la sucesión a familiares o delfines -jamás, aseguran sus íntimos, le asignaría responsabilidades ejecutivas a su hoy exultante esposa-, deberá él mismo encabezar y personalizar ese propósito de reelección dejando además la utopía del movimiento propio (recluta menos de lo que pierde) para volver por obligación al encierro de un peronismo robusto en todo el país, del cual seriamente nadie sabe si le valió la pena aislarse.
Tremendo esfuerzo el presidencial para los próximos dos años: con los números de ayer, en una segunda vuelta, frente a un rival presentable (no un Duhalde o un Braden), por sí mismo le costará renovar su mandato. Se refugiará por lo tanto en el PJ, naturalmente, ya que en la suma de varios distritos, ese llamador con rostros y rótulos diversos atesora 60% de los votos. Podrá Kirchner excluir a mínimos y devaluados peronistas, consentir la continuidad de otros, pero él mismo también revisará actos, declaraciones y actitudes de los últimos meses. Y, sobre todo, conductas. Es que, aun como jefe, deberá encuadrarse a los intereses del aparato que dice repudiar. Y unificarlo, ya que de ese núcleo se insinúan varias ofertas para la Casa Rosada: Adolfo Rodríguez Saá, Juan Carlos Romero, eventualmente José Manuel de la Sota.
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