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24 de julio 2008 - 00:00

Otra pérdida en la familia

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Explosión en el núcleo familiar: partió el hermano menor que se consideraba el hermano mayor ( entendía, discusión aparte, que él había sido el factótum de la llegada al poder primero de Néstor y luego de ella). Nadie, con excepción tal vez de Carlos Zannini, estuvo más cerca del matrimonio Kirchner en estos últimos años que Alberto Fernández, quien ayer renunció desde su domicilio, calenturiento por una fiebre neumónica (entre otras razones).

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Arrastraba esa dificultad de salud desde hace dos días, como una somatización del grave revés oficial en el Senado, a manos del vicepresidente Julio Cobos. Más: dimitió por esa derrota, como si él hubiera sido responsable, quizás con la voluntad de que el resto de los ministros lo acompañase en la decisión para oxigenar a Cristina. No pudo: el gobierno aisló la deserción y hasta promete mantener a todos los albertistas distribuidos por la administración (lista que, entre otros, encabezan Romina Picolotti, Héctor Capaccioli, Claudio Moroni, Beatriz Nofal -en su condición también de cobista-, «Pepe» Albistur, Graciela Ocaña).

Si por ahora este retiro no es un acelerador de la crisis en lo interno, abre interrogantes, en cambio, sobre el efecto en los medios ajenos al gobierno que observaban como auspiciosa cualquier renuncia (Julio De Vido, Guillermo Moreno, Ricardo Jaime), menos quizás la de él. Para esos sectores --inclusive para el periodismo involucrado en promover la salida de otros funcionarios-, siempre ofreció este simpatizante de Argentinos Juniors y de Los Piojos un flanco más contemporizador y bienpensante que el dúo presidencial; hasta parecía permeable en terrenos que los otros eran inflexibles. Pero, hasta ayer, sin rubores, Fernández acompañó y participó --justificando inclusive aquello con lo que no parecía estar de acuerdo-en todas las determinaciones de los Kirchner. Más que un simulador, tal vez fuera un soldado de la causa, seguro de que si había convencido a la gente de que votara a sus amigos sureños, más fácil le sería persuadir a sus dos amigos de que siguieran sus consejos. Una forma de sobrevivir en el poder, la actitud también de un dócil pariente, el más cercano de la familia en la actividad política (superaba con creces a la hermana Alicia).
Singular amalgama la de Fernández con los Kirchner, ya que él fue un agregado al matrimonio (la conoció a ella antes que a él), mientras el matrimonio nunca se incorporó al grupo familiar del cesante jefe de Gabinete (con ninguna de sus mujeres). Intima pérdida entonces para la pareja oficial de esta rueda de auxilio, justo a horas de otra cara desaparición, la de un ex diputado provincial santacruceño que los enderezó en política: Oscar Vázquez. « Primero se fue Cacho, ahora incierto lo que vendrá», letanía de una astróloga con infaustos vaticinios.

Aun en los momentos de esplendor K, Fernández derramaba melancolía sobre lo que había dejado de hacer por acompañar a la pareja (en ambiguos terrenos del Derecho, por ejemplo), como si ésta hubiera sido una obligación moral. Lastimosa monserga que, se supone, capturaba a su vez la incauta lástima de sus interlocutores. De ahí que nadie se sorprendiera frente a su depresión actual, la plañidera excusa sobre el escaso tiempo que le dedicaba a su hijo y, sobre todo, la bullente indignación de que cualquier «cuzquito» se le animara sin la represalia inmediata de sus padrinos Néstor o Cristina. Justo a ellos apelar para que lo sancionen a Mario Das Neves, por ejemplo, cuando revelan impotencia hasta para defenderse a sí mismos.

  • Flagelos

  • Venía este porteño bien cargado con los flagelos de Néstor desde el primer cacerolazo -por no hablar de los cilicios posteriores en sus frustrados correveidiles con los negociadores del campo-, más la presión constante de la pingüinera entornista, a la que pretendió liquidar cuando el gobierno pasó de un mandante a otro y él, en esa fotografía, se imaginaba el protector natural de Cristina. Arriesgó en ese momento hasta pronunciamientos vanos como «no seré jefe de Gabinete si Julio De Vido sigue como ministro». Una elementalidad de aficionado: el responsable de Planificación le había conseguido a la dama los votos peronistas y ganadores de la provincia -aparte del apoyo de la CGT-; él ni siquiera aportó sufragios en el distrito que dominaba partidariamente, la Capital. Como si la política se hiciera sólo por ciertos diarios.

    Pero su puja última, en verdad, ya no enfrentaba a esos nycs o pseudo-nycs de la provincia. Más bien, confrontaba con Néstor y su tremendismo, visiones dispares para asimilar el misil legislativo de Cobos. Y, tal vez, en su último y creído sacrificio por Cristina, le dedicó la renuncia creyendo que ese acto obligaría a un efecto dominó en el resto de los ministros, algunos particularmente nocivos según él, y un límite para las intromisiones de Néstor.

    Saneamiento profiláctico que no aceptó la pareja de Olivos, obsesionada ahora por contener el foco contaminante de Alberto. A él le atribuyen, al margen de la inconsulta dimisión -la pareja imaginaba que lo tendrían a su lado toda la vida-, un cañonazo a la credibilidad presidencial con reproches por el tren bala, las licitaciones de De Vido y Jaime, la valija de Antonini Wilson, las desmesuras de Moreno, la incompetencia oficial en la lucha con el campo. Lo que no había dicho, en apariencia, cuando estuvo en el cargo. Quizás esto sea parte de la imaginería de la prensa que no se apiada, siquiera, de quien como Segundo Sombra «se fue como quien se desangra». Aunque otros crean que así como debe haber contribuido para que la pareja llegara al poder, ahora con su retirada inconsulta los empuja al desalojo.

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