Nunca, al menos quienes lo tratan en Capital Federal, lo vieron a Néstor Kirchner tan arrebatado como ayer por la mañana, en Olivos. Al margen de la rabieta -se supone que por los últimos acontecimientos con el campo-, comentaban la energía que dispuso en la reprimenda, casi de barítono bajo, dirigida contra dos de sus íntimos más apreciados. Ese descargo, ¿tal vez lo prescinda de alguna responsabilidad en los últimos episodios?
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