La nueva conducción tripartita de la CGT entregó ayer, a Néstor Kirchner, un documento que plantea, entre otros puntos, la necesidad de convocar de urgencia al Consejo del Salario Mínimo, Vital y Móvil; blanquear al personal que cumple tareas «en negro»; reactivar la actividad productiva y cumplir con la legislación laboral. Pero la declaración con mayor contenido político fue la de José Luis Lingieri (Obras Sanitarias), quien reclamó que se tenga en cuenta «nuevamente a la CGT en el diálogo nacional» tras la reunificación. Es decir, que exigirán ser parte de la solución que el gobierno encuentre al conflicto social. «Adelanto que se establecerá una constante relación con el gobierno en las distintas áreas», advirtió Lingieri.
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Primera novedad: fue puntual Kirchner, no los hizo esperar y eso que ellos iban dispuestos al aguante tradicional. Pasadas las 10.30, como estaba señalado, Néstor Kirchner recibió a una treintena de dirigentes encabezados por el trío Susana Rueda, Hugo Moyano y José Luis Lingieri. Primero, a un salón; y luego, por comodidad, a otro donde había micrófono para todos. Innecesario el aditamento: había compromiso entre los invitados para que sólo hablaran -y así ocurrió- las tres cabezas, incluyendo hasta lo que cada uno de ellos iba a decir para que se filtraran controversias. Mujer al fin, emocionada tras unas palabras de Kirchner, la Rueda se salió del libreto acordado e invitó al Presidente para un presunto acto de la CGT, el próximo 26 de julio, en recuerdo de Eva Perón. Kirchner agradeció la invitación y dijo que difícilmente pueda concurrir, ya que la cercanía de la fecha y otras citas de la agenda quizá se lo impedirían. Para el resto de los gremialistas, algo azorados con la Rueda, la evasión presidencial fue un alivio: cada gremio, para ese día, tiene su propia celebración peronista y, por lo tanto, no tenían agendado un homenaje en la central obrera.
Sólo hubo agua para la muchachada y una prohibición: nadie pudo fumar, lo que para la cultura sindical es casi una afrenta ya que en ese sector hay algunos que hasta aún utilizan boquillas. Nadie se quedó sin estrechar la mano presidencial y, después, la entrevista se extendió hasta casi las doce; comenzó con una respetuosa presentación de los tres líderes, sin cartel francés para ninguno y, luego, como si él estuviera sentado del otro lado de la mesa, fue Kirchner quien habló larga y casi reivindicativamente. Ni siquiera esperó a que le hicieran planteos; él mismo se los autoimpuso.
Monólogo que sonó a guía futura de conversación, ya que insistió en el establecimiento del Consejo del Salario Vital y Móvil (la CGT quiere aumento desde ese organismo), la búsqueda del pleno empleo y la mejora de los sueldos en general. Por si no alcanzaba esa prédica gremial, agregó el intento para recuperar a los desocupados para las organizaciones gremiales (o sea, que no sigan siendo piqueteros) o que se incluyan en ellas los que sin haber trabajado hoy no tienen pertenencia (o sea, piqueteros). Música para los oídos de los visitantes.
Más entonado todavía, en la partitura sindical, cuando se refirió a las obras sociales. Expuso como ferviente partidario de la salud pública y en la necesidad de que los gremios participen en ese proceso. Palabras celestiales para esa flamante CGT que ni siquiera había hecho un pedido. Luego, ya cansado por la tirada oral, Kirchner le dejó el camino al trío, que habló sobre la distribución del ingreso y a Lingieri le tocó leer el documento. Casi todo innecesario, como confesaron los tres, ya que Kirchner se les había anticipado y habló por ellos, con más brío inclusive. En todo ese ciclo, sólo uno de los ministros hizo una acotación (técnica, Tomada, sobre el Consejo del Salario). Silencio para el resto, funcionarios o dirigentes. Las partes tomarán la palabra en el futuro, en nuevas reuniones sin Kirchner y de acuerdo con lo que facilite el gobierno (por ejemplo, recrear los inspectores en el Ministerio de Trabajo para controlar el trabajo en negro).
Previsor, Kirchner reparó en que no todos los presentes, ni siquiera la mayoría, disponían de una sintonía transversal (la CGT se unificó con 4 fragmentos políticos por lo menos, venidos del menemismo, de Rodríguez Saá, Eduardo Duhalde y otros sectores). Por lo tanto, luego de precisar casi cálidamente que «a Eduardo y a mí nos tocó gobernar la parte más difícil del país» -repitió otra vez la cantinela de que hoy se vive en el infierno-, sostuvo que no quería hablar del pasado con nadie, «no quiero herir» y hasta puntualizó que en alguna medida «todos hemos sido responsables». Manto de olvido de viejas o posibles rencillas, consagrado con «sólo nos ocuparemos del futuro». Debe recordarse, sin embargo, que el encuentro se consumó con una ausencia voluntaria o con un veto oficial: no estuvo el gastronómico Luis Barrionuevo, quien se fue a Catamarca como previo viaje a Naples (Florida) donde los aires le son más propicios que en la Rosada.
Si él zanjó diferencias políticas, los otros cargaron sobre su propio pleito sindical: le pidieron por paritarias para los trabajadores del Estado, actividad que se supone controla el rival de ellos (Víctor De Gennaro) y aliado de Kirchner. Metieron una cuña para perforar las omisiones de alguien que se dice combativo. ¿Hay alguien del Estado?, preguntó Kirchner como si no existieran otros gremios al de De Gennaro y puso su mejor cara para reconocer a Andrés Rodríguez (UPCN), uno de los ex «gordos» y confeso menemista en otros tiempos. Ni una sombra de resquemor en ese último saludo, como si empezara otra etapa.
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