Daniel Scioli escuchó atentamente las sugerencias. Todas coincidían: para 2008, año en que podría comenzar su eventual gestión como gobernador, la provincia de Buenos Aires arrastraría un déficit financiero cercano a los 8.000 millones de pesos.
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Eso, claro, si durante los pocos días que quedan de 2006 y todo 2007, Felipe Solá no decide otorgar nuevos incrementos salariales a los empleados estatales, o ampliar las partidas para obras públicas. Es decir: si la administración «no se desordena».
En el extenso besamanos que se desató apenas Scioli fue, extraoficialmente, postulado como candidato a gobernador del kirchnerismo, el planteo se repitió como un salmo: el vicepresidente debería tener algún tipo de incidencia o control sobre la gestión.
«Tenés que controlar lo que pasa en la provincia porque si no cuando llegues te vas a dar cuenta que salta pus por todos lados» le dijo un peronista que días atrás se acercó hasta el despacho de Scioli en el Senado. Y le recomendó que dialogue con el ministro de Economía, Gerardo Otero.
A simple vista, los números espantan. En 2007, Solá empezará el período con un rojo de 5.000 millones. Para 2008, se calcula que esa cifra se incrementará 40% y rondará los 8.000 millones de pesos. Además con una deuda acumulada de 18.000 millones.
Para Solá, claro, un desprecio. El gobernador considera que le ha dado racionalidad al gobierno y que, entre sus virtudes, figura justamente haber encarrilado la crisis de 2002 en la provincia luego de la salida de Carlos Ruckauf dejando como legado un rojo de 4.000 millones.
Solá quiere, en realidad, ser el lazarillo de Scioli en la provincia. Es, además, una intención inocultable del felipismo que caído el plan reeleccionista, ahora se quiere colgar del vicepresidente y poner a su disposición su estructura y su tropa.
El viernes, por caso, Emilio Pérsico y Fernando «Chino» Navarro, jefes del Movimiento Evita, se corrieron hasta aeroparque para fotografiarse con Scioli que viajaba a Bolivia para representar a Néstor Kirchner en la II Cumbre de la Comunidad Sudamericana.
Poco menos de una hora, antes de que se suba al avión, Scioli habló con Pérsico, Navarro y Carlos Kunkel, quien, un rato más tarde participaría de un encuentro en la Universidad de Lanús, una especie de fusión entre el Movimiento Evita y lo que, de existir, podría llamarse kunkelismo.
En ese encuentro, para poner a prueba sus dotes de sibila -anticipó que Cristina sería senadora por Buenos Aires- Kunkel pronosticó que en octubre los bonaerenses votarán a Scioli como gobernador y a la «querida compañera Cristina Fernández» como presidente.
Pérsico, que es vicejefe de Gabinete de Solá, y Navarro, que preside el bloque de diputados provinciales del FPV, le ofrecieron a Scioli ser sus guías en la provincia. Deberán ir a la cola: la lista de oferentes para actuar como edecanes está super poblada.
En rigor, primeriando a los dirigentes del Movimiento Evita, el jueves José María Díaz Bancalari se había encontrado con el vicepresidente para trasmitirle el respaldo del PJ bonaerense a su eventual postulación como gobernador. Lo visitó, de hecho, como jefe del peronismo de Buenos Aires.
Aunque Pérsico y Navarro tuvieron tiempo atrás reuniones con Bancalari existe una tensión entre los sectores del felipismo y el kirchnerismo con el PJ oficial. Y Scioli deberá convivir, quizá antes de tiempo, con esa crisis que persiguió a Solá durante casi toda su gestión.
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