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No fue improductivo en números para la causa de Chiche, sin embargo, señalarle a Kirchner el desafuero constante contra su marido Eduardo Duhalde y su organización política basadaen el peronismo. Ese solo reproche o llamado a la reflexión presidencial le permitió a una de las esposas aspirantes al Senado levantar en las encuestas, al menos en las que trascendieron, cuando era verdad revelada que Kirchner disponía de 70% de popularidad y el duhaldismo no arañaba 12%; mientras su adversaria, también esposa aspirante a senadora, descendía en los guarismos, al menos de una terraza en la cual nadie supo realmente si estuvo. Parecía una tendencia. Pero el tratamiento oficial de mafioso y padrino a Duhalde, de tráfico de drogas o de conspirador, se diluyó de repente hace diez días y el desafiante mandatario mudó su prosa flamígera y personalizada, aconsejado por quienes creen que esa beligerancia le hacía perder votos también en la audiencia porteña. Como un predicador, el santacruceño comenzó a invitar a su audiencia bonaerense para que le ofrezcan su mano, lo besen y lo ayuden, clamando en la esperanza bondades del Cielo. Más el pastor Giménez que un luchador de la tribuna. Hasta cambió el tono: ya no grita tanto. También encontró una forzada salida para su denuncia de un golpe de Estado que le endilgaba a Duhalde (su jefe de Gabinete, sin ruborizarse, lo explicó como un planteo político no como una amenaza a la institucionalización del Estado), al tiempo que cesaba en el ataque al peronismo en manos de otros, expresado en su punto máximo cuando un habitual repetidor de la marcha peronista, el ministro Aníbal Fernández, un día le recomendó a los bonaerenses que «se metan la marcha peronista en el culo». De eso ya no se habla, por el contrario, hasta promueven foros con sus candidatos para hablar -y persuadir- del peronismo que debe ser. Buenos muchachos, en suma.
Nadie sabe, en rigor, cuál es el verdadero Kirchner, si aquel de hace 20 días con encendida gola o este otro de edulcoradas promesas, casi un hippie de los '70, rubro que también orilló en su experiencia platense. Pero, ¿importa la definición de la personalidad presidencial para las elecciones? Lo que interesa es que el cambio de actitud de la pareja oficial logró congelar los índices de intención de voto en la provincia, al menos es lo que reconocen los expertos. O lo que padecen los duhaldistas, víctimas de sus propios consejos y hoy sin stock de ideas para enfrentar la nueva situación.
Desteñida en estas horas, la dama duhaldista se refugia en el ajedrez que no entiende de su marido, algo semejante a la función que cumple la otra dama, más bien oculta tras el destello ganador de su esposo Presidente, o sobresaliendo a su lado como en Naciones Unidas, desplazando a quien debía ocupar ese lugar, el canciller Rafael Bielsa, lo que motivó la indignación de éste, más de un brote nervioso, pues al revés de otros colegas del mundo le habían reservado fila 32, punta de banco, en lugar de la primera línea. La humillante diplomacia argentina no se aplica sólo con los franceses de Suez.
Ninguna, entonces, por sus medios deslumbra en Buenos Aires, mientras la movilidad electoral parece haberse estacionado. Respiran más cómodos en la Casa Rosada por esta situación y los duhaldistas, maniatados por no saber qué decir, se duelen además de que en esta batalla por primera vez sus rivales tienen más promesas de obras y subsidios que ellos, más heladeras y cocinas para repartir. Se lamentan en cada esquina porque Duhalde era un amarrete o porque Kirchner parece demasiado generoso. La impasse les ha quitado la euforia de hace 15 días.
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