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El entuerto entre las partes -más allá de la hipocresía de Kirchner («tengo excelente relación con Duhalde») o la del bonaerense («estamos trabajando para el Presidente»)- ingresó en un capítulo de difícil resolución y, se supone, cualquier salida implica una «capiti diminutio» para el otro. Lo que el orgullo de ambos tal vez les impida aceptar. Y curiosamente, más allá de la velocidad y agravios mutuos que le imprimieron al conflicto (¿se podrá tolerar que a Chiche le dijeran que no tenía estatura para postularse o que a Kirchner le atribuyeran, sin que lo rectificara, que quería ganarle a Duhalde por un voto para terminarlo?), la realidad es que ellos hoy aparecen sometidos a la esclavitud de sus mujeres, a una dependencia que ni siquiera soñaron. Ya que en la posesión también está la servidumbre.
¿Se puede bajar Cristina Kirchner de la candidatura? Sin duda -ya que ni siquiera ha confesado su deseo de lidiar en la pobreza de la provincia-, pero ese retiro de un Kirchner supone el encumbramiento de un Duhalde. Y viceversa: si resigna su aspiración Chiche Duhalde, su marido es como si entregara el territorio que suponía escriturado a su nombre. O sea que más allá de entendimientos y promesas, negociaciones en las listas (tercios, mitades, vetos), acomodo de caudillejos y prebendas, el fenómeno simbólico de haber dejado prosperar las dos nominaciones femeninas ha encerrado a los dos protagonistas en un callejón sin luz. Complicación de esposas y de apellidos, default probable de cualquiera de los líderes, al extremo que algún imaginativo sospecha que la única forma de unificar al PJ en la provincia será con el apartamiento de las dos candidaturas y la habilitación de un tercero que no provoque rechazos.
Es cierto que Kirchner dispone de su mujer, políticamente, como si fuera un cuadro: la puede mandar a Buenos Aires, a la Capital o a Santa Cruz. También la puede descolgar o mandar a hacerlo. No sucede lo mismo con Duhalde, incapacitado de esa arbitrariedad masculina, por lo menos en estos tiempos. Debido a múltiples razones, ahora Chiche no es una dócil pieza a mover con facilidad en el tablero. Quizás él no haya pensado, al principio, que su dama sería la candidata; pero, la sucesión de provocaciones desde la Casa Rosada -lanzamiento inconsulto de Cristina, presiones del periodismo adicto, reparto de fondos a las intendencias y manifestaciones ultrajantes y personales de las que no se puede volver- lo han obligado a perpetuar su alternativa. Por si esto fuera poco, Chiche hace campaña a pie por la provincia, todos los días, besa y estrecha manos en todos los barrios -algo inimaginado para Cristina por el momento- y, en esa tarea, dicen que mejoró su exposición en las encuestas. Simultáneamente a ese proceso, acumula voluntades, adhesiones partidarias. Bajarla a ella, además de arduo, sería bajarse él.
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