En la Casa Rosada no imaginaban esta -para ellos- abrupta reacción y, por supuesto, no se imputaron el error de cálculo, que consiste en desconocer las restricciones del rival a la hora de las negociaciones. Como el cliente que abusa de la libreta negra del almacenero o el deudor hipotecario que al banco no le paga o afirma que sólo le pagará lo que se le antoja. Son antecedentes que el almacenero o la entidad no pueden aceptar -el sistema, en suma-para evitar multiplicaciones. Más cuando el deudor hace ejercicio publicitario y propaganda de esa falta y hasta agravia a quienes le prestaron. Se entiende así, quizá, la ofensa oriental de los japoneses, a quienes, si les cuesta entender la cultura occidental, más arduo todavía les debe resultar el jeroglífico de un país lejano de Sudamérica. A estas objeciones del G-7, por otras razones, también se sumaron naciones más comprensivas y vecinas como Brasil, distantes como Turquía, las que, sin estar en ese organismo, han procedido como celosos cumplidores de sus acreencias y truenan por el comportamiento argentino de seguir en el sistema sin honrar sus compromisos.
Aparecen entonces la realidad de Köhler en Florida, la resurrección de Anne Krueger (una de las estrictas con las inconductas argentinas), las diversas inhibiciones a bienes en los Estados Unidos (recordar que ya hubo embargos en Italia y en Alemania) y la cruda certidumbre de que no habrá más respaldo si no se cambia de sintonía. La verdad: hasta Roberto Lavagna -preguntarle a Eduardo Duhalde- ya había sospechado la turbulencia y se maldecía porque el gobierno impuso como dogma pagar sólo 25% de la deuda que, en rigor, era mucho menos. ¿Para qué esa tontería de fijar un número?, se debe preguntar como profesional, cuando todo el mundo sabe que 25% de un bono que vale 8 no es lo mismo de otro que vale 38.
Pero admitir los dogmas (o no dejarlos en la escalinata de la Casa de Gobierno) le ocasionó a él la vergüenza de aceptar, por contratación directa (lo que siempre genera suspicacias) y no por licitación, un banco negociador norteamericano, Merrill Lynch, con el cual siempre tuvo pesadillas. Basta recordar una anécdota de Guillermo Nielsen cuando, hace unos meses, despotricando contra Merrill Lynch y uno de sus ejecutivos menos influyentes, Jakob Frenkell -un íntimo de Domingo Cavallo-, le dijeron que algunas de sus críticas eran equivocadas. «Bueno, no importa. El dogma es pegarle a Merrill Lynch». El sapo de Merrill Lynch, en verdad, ya se lo habían tragado Lavagna y Nielsen desde el 23 de diciembre, cuando empezaron a conversar en el Ministerio de Economía para que participara en las negociaciones. Hoy, por decreto secreto, esa institución podría ser el salvador de la encrucijada en que se metió Kirchner. Al menos, será el mediador con la esposa enojada y dispuesta al divorcio que dijo «too little, too late». Y, por lo que se estima, las condiciones las pondrá el banco, no quien le entregó la responsabilidad de gestión.
Dejá tu comentario